
Por Carlos Piegari. Bs. As. BCN. Posadas. Escritor en fuga.
Si aplicamos esta dualidad a la creación literaria, no tendremos que ser muy despabilados para elegir a un Dante Alighieri, Cervantes o Arlt, antes que engrosar las cuentas bancarias de los Bucay, Laje o Coelho. No es ley, hay gente que se babea comiendo hormigas salteadas con aceite de oliva y otras que caen en éxtasis ante unas criadillas de res caramelizadas. Sobre gustos… aunque podríamos afirmar que si en mi vida no leí Ítalo Calvino me perdí una buena oportunidad de pasarla muy bien. Claro, por descuido, pude obviar a Federico Andahazi, tranqui, no pasa nada. ¿Por qué comenzar con esta dialéctica de lo esencial y lo subsidiario? Puede ser una introducción a uno de los formatos de dispendio, aparentemente inocuos, que está haciendo estragos en el mundo: comprar accesorios. Por ejemplo, antes la cuestión era que entrara el televisor en casa con perilla de diales y unas pocas más. Hoy sobre el sofá reinan al menos cuatro controles remotos, mucho más imprescindibles que el aparato al que sirven. Lo mismo sucedía con las camisetas, de tal o cual color, con o sin estampado y listo. Ahora son obligatorias tres o cuatro cadenitas doradas, siete medallitas y cinco pines. Ni que hablar de las mitológicas chancletas, que ahora se llaman “slippers”, y vienen en varias texturas y diseños uno más kitsch que el otro.
Esta transformación consumista se basa en otro de los virus sociales con que nos han infectado: Las plataformas de venta low cost modelo Shein, Temu o AliExpress. Podemos consultar horas por el celu y comprar desde zapatillas tachonadas de perlitas luminosas hasta calzoncillos verde fluo. Ya existen los análisis de márquetin y logística que fundamentan esta entronización de lo insustancial. A nosotros nos importa otro aspecto, el servicio que otorgan para que ocupemos nuestro tiempo en nada. Asesinaron al hobby, un/na adolescente puede pasar una tarde entera eligiendo y adquiriendo una sarta de baratijas, piedritas de colores. ¿Para qué dibujar cómics, pintar locomotoras o tocar la guitarra eléctrica? Si el goce consiste en elegir y comprar “accesorios”. La vida sucedánea, aburrida y el triunfo del alpedismo.
Pero no sólo de aturdimiento va la cosa. El monstruo del comercio electrónico Shein fue denunciado por la venta de muñecas sexuales con apariencia infantil en su sitio web. No tuvo mucha repercusión el riesgo pedófilo, el contagio se propaga impune. El último opiáceo social ha resultado ser la tienda online que se publicita como “honesta”: Dopamine, compra todo, paga nada. Vende la dopamina de comprar y el recibo no llega nunca. En Dopamine, hay varios sitios web de este tipo, se puede vivenciar el efecto de la hormona del estímulo que genera hacer compras, sin desembolsar dinero real. Reproducen todas las etapas de una transacción, pero el producto jamás llega a ningún lugar. Esta dinámica absurda se intenta fundamentar con estudios sobre el comportamiento del consumidor, pues la satisfacción vinculada con la compra no proviene del producto en sí, sino de las etapas previas: la búsqueda, la selección, la emoción y el seguimiento del envío. En realidad, privilegia el ritual previo a la consumación del acto, una suerte de liturgia de la zoncera. Una canonización del prolegómeno que atenúa dos cosas: el bostezo cotidiano y el riesgo de que la gente abandone la pasividad y active el hacer. Ya que “hacer” puede llevar a “cuestionar”, y una cosa tras otra llegamos a la casita del bosque, que ahora flota en una nube de servidores alojados en Internet, y encontramos a todos los ogros que nos gobiernan trozando a dentelladas nuestras ilusiones y sueños.
Lo “accesorio” en filosofía se entiende como “accidente”, la base con que actualmente se nos induce a la leer la realidad: todo puede ser accidental y no hay exigencia de buscar lo esencial. Se distingue también de lo necesario, porque el accidente es fortuito y contingente, puede existir o no existir. Es la política que justifica el abuso y la sumisión. No importa como trajinás tus días, todo podría haber sucedido así o de otro modo, no te afanés en cambiar una realidad programada, aceptala y no incordiés con berretines éticos. Es lo que hay, callate, tírate en la cama y activa el modo Shein.
Esta preferencia por los accesorios niega la cosa en si misma, transforma lo real en fenómeno, mundo Disneyworld perenne. Pedagogía para nuestra descendencia: no pierdas el tiempo leyendo un libro o escuchando una buena música, entra a la pantalla y atiborra el carrito de la compra, mata el tedio con más indolencia, verás que así veinticuatro horas pasan volando. Y sin que te des cuenta, Shein te birló la vida. Antes, venderle el alma al diablo resultaba más divertido.
“No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive? ¿Cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse “un concepto claro y amplio de la existencia”? Está equivocado, amigo; equivocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho”. Roberto Arlt en La inutilidad de los libros (Aguafuertes porteñas). Nietzsche también decía algo parecido sobre el maridaje entre el conocimiento y la infelicidad. Por supuesto el autor de El juguete rabioso escribía con ironía; y el filósofo alemán, con rabia. Los libros, y el conocimiento que ayudaron a difundir, es una hermosa fatalidad que aparecieron en los albores del capitalismo (no nato aún) y que lo retroalimentaron. Fueron y son un sustento (vaya a saber hasta cuando, creo que no mucho más tiempo) de la “melodía” espiritual del ser humano. Fueron y son necesarios, aunque el mundo, ahora, los esté acorralando en lo accesorio. Este fenómeno de empuje a lo accesorio se debe paradójicamente, a los avances tecnológicos. Y a la evolución vertiginosa del sistema social y económico. La “tesis” arltiana de la inutilidad fue una broma premonitoria de la actual realidad decadente.
Exelente descripción de la estulticia de nuestra época. Una nave de los locos flota en el océano de algoritmos que son las guías estelares de nuestra navegación idiota.
Antes de delegar completamente nuestras neuronas a la IA, nos aseguramos de anticipar sus efectos en nuestras conductas para una cultura descerebrada, dócil y enteca.