Ir al contenido
Inicio » Alberto Szretter reseña el libro La gente ve algo, pero no sabemos qué

Alberto Szretter reseña el libro La gente ve algo, pero no sabemos qué

    Para que el planeta siga, nosotros, el sistema solar, la galaxia, debe haber ciertas leyes que lo permiten. Gracias a estas las ordenanzas, consignas y posibles simetrías, podríamos imaginarnos a ese todo como esférico; o sea, condecorado de equilibrio. Sin embargo, no existe perfección sin alteraciones y desbarajustes, que la completan y desestabilizan; como si tuvieran cierta inclinación hacia delante. Esto hace, también, a que todo siga.

    Este libro cuenta una historia recortando un turno de esa agitación mayúscula y la organiza de un modo diferente. O sea, la metamorfosea, gracias a las palabras, en otra cosa. Es decir, el mundo sigue, pero ahora como literatura.

    El libro de Piegari (cuyo “Carlos” parece continuar el destino del autor de “La larga risa de todos estos años”, Fogwill, que dejó de ser Rodolfo para ser nombrado solo con el apellido), que son un largo andar ex profeso por el barullo, el revoltijo, la maraña. Aquel orden universal que hablamos, se suspende para instalarse la perturbación sin descanso. Aquí tenemos que invertir la regla con su excepción, para establecer la excepción como regla.

    Entonces la vida de los personajes, las retorcidas vidas de esta pesadilla gótica, va pasando por distintos ambientes y diferentes estados ilógicos, desatinados, porque el azar, el destino, el autor, no sé, los lleva a armar y desarmar, circunstancias que están en el lado de la bataola, bajo el signo del descalabro, la indisciplina. Resumiendo: en el caos.

    Por ejemplo, hay un profesor universitario que dicta la materia “Modernismo y fascismo” que mezcla la jardinería nazi con el denodado esfuerzo por desmalezar la supuesta hierba infecta de la sociedad de los hipotéticos brotes verdes y puros de un pueblo que durará mil años.

    Pero el desequilibrio no termina aquí, sino que recién empieza, porque este hombre deja la cátedra y la comisión directiva obtenida con amañe, y se refugia en un galpón abandonado de acopio tabacalero. Lo hace no por extravagancia o locura de ocasión, sino con el convencimiento genuino de que las cosas del mundo contemporáneo son o están rodeadas de desperdicios.

    Esta elección es extraña, porque termina intubado boca abajo, cosa difícil de lograr, pero no imposible. El autor escribe (cito) “emerger sintiendo que se tiene una cañería metida hasta el garguero demanda un desvarío onírico escalofriante, una alucinación calenturienta”. (Pág. 6).

    Si la literatura es una de las formas de la memoria, en este libro actúa como una retroexcavadora del pasado. Piegari hunde su pala en los pretéritos, por ejemplo, en el imperfecto, que es ideal para los escritores, porque tiene solo tres verbos irregulares en todo el idioma de cien mil palabras, y habla de acciones que ocurrieron antes sin decir cuándo empezaron o terminaron.

    El autor nos relata la supuesta geología sanitaria inventada o tergiversada de un hospital terrible, donde avanza implacable la quintaesencia de lo siniestro: la máquina del tiempo. El artefacto-tiempo con orugas, se desplaza por los pasillos, con sus dispositivos y herramientas, con sus cañones impiadosos y metales, deglutiendo todo a su paso; mientras el otro tiempo, el de referencia, el cronológico, es el tiempo imaginado, el sentido como transcurso, que el libro, con su caligrafía, marca mejor que el minutero.

    El antes, que esta literatura evoca por vocación irredimible, se transforma en un dulce amargor nostálgico, porque es difícil que vuelva a repetirse, y es más duro para uno de los héroes de Piegari que termina viviendo solo con un ángel disfrazado de muchacha que le jura entre las sábanas, que suelen ser un buen confesionario, que no lo abandonará jamás.

    La historia sigue su curso (excepcional, por supuesto, y con impar humor) que consiste en ir cambiando las piezas de la existencia. Lo podríamos graficar como esos juegos infantiles con cubos de colores y tamaños distintos que se van poniendo uno sobre otro. Justamente a la duración de esos trastoques lo denominamos tiempo, y a los edificios que se construyen, realidad; que como se sabe en seguida, es muy distinta para cada uno. Es más, es posible con base probabilística, que las muertes de algunos personajes de este libro no se deban a la incertidumbre o golpes-bajo del destino, ni a la parábola de meteoritos asesinos de dinosaurios, sino a hadas deplorables, a albóndigas sin ajo, al sable corvo de San Martín, su réplica, incluso a lecturas obscenas. Cualquier cosa puede suceder, y sucede. Como pasa o puede pasar por el efecto mariposa: puede subir un grado Celsius el agua del centro del océano Pacífico y como consecuencia de eso a miles de kilómetros, en Misiones, producirse lluvias torrenciales y vientos huracanados.

    Cuando uno lee, ¿vive?, digo su propia vida. O está viviendo, por ejemplo, la disoluta existencia de Aristóbulo Papasei, que figura en estas páginas. O las jornadas del otro personaje que va a entrevistarlo travestido de pai vidente, peligrosa profesión elegida en el abanico multicolor de oficios posibles. Un payesero va a ver a un científico, porque Papasei es Físico y los Físicos no joden, saben que el universo tiene un número infinito, o ahora es uno y cero de manera infinita, y que el llamado pluriverso no es otra cosa que un conglomerado interminable de deseos. Y para colmo curvo. Y lleno de cuerdas, en este caso de palabras.

    Pero no están en un laboratorio, sino cama de por medio internados en un hospital. Y los consejos de uno, por ejemplo de Saverio, no el cruel, sino el adivinador, pueden fallar, como la tormenta de santa Rosa. Porque la clarividencia es una disciplina solo aproximada, y la naturaleza, está comprobado, es una ensambladura de cosa vivas con cosas muertas. La falla, la frustración, se debe, creemos nosotros, a la lejanía del mar, porque los hombres sin abismos (para abajo) no somos nada. Y cuando vivimos lejos de mar, inventamos abismos (para arriba) hacia las estrellas. Entonces en esta nouvelle parece ser que la gracia está en vivir al borde de esos barrancos, prontos a caernos y no. La charla con el experto en ecuaciones y derivadas, valía la pena, aunque el profe por esa época estaba ingresando a un delirio numérico y a agujeros negros (Pág. 17), no negros de hollín de motores a explosión, sino negros de misterio. Pero la vida ¿no es así?

    Página tras página los ruidos aumentan como si tuvieran levadura prodigiosa. Se suman notas atonales, voces, portazos, ruedas que chirrían por ejes descentrados, bandejas de aluminio que caen, timbres, cuerpos como maracas, que aun postrados pueden rodar como zombis que ya fueron fantasmas y ahora regresan travestidos de sueños, y tropiezan con baldes de lavandina, con gasas usadas de salas purulentas. Todo impresiona como un carnaval psicodélico, alentado con redoblantes y clarines, y enfermeras sargentonas que a los alaridos dicen improperios y soeces de un diccionario prohibido. Aquí uno se da cuenta que el mundo no está tan ordenado, como hablamos al principio, sino más bien es la suma de ayes yuxtapuestos, o dicho mal y pronto, un corso a contramano.

    Podríamos figurarnos, ya que las digresiones abundan (e imaginar de soslayo) que de pronto hay un silencio profundo, y que, en medio de ese mutis, se escucha que alguien grita, la culpa es de los alemanes que inventaron la imprenta. La imprenta es un aparato para recuperar el tiempo pasado, fue ideado por Gutenberg a partir de la compresora de uvas. En vez de vino, el artilugio hacía libros: o sea, dejó de comprimir hollejos para imprimir palabras. No podemos echar la culpa a todo un pueblo, la ocurrencia de uno de sus integrantes. Esa máquina no aceleró el tiempo, lo amplió, porque de imprimir biblias y salterios, siguió con otras literaturas. Luego la tecnología con otras artimañas se precipitó tanto que ahora pensamos que en verdad apuró el tiempo.

    El asunto es que mientras el cacharro bulímico avanzaba rápido por los pasillos, cundía el pánico y el desparramo, todos corrían hacia cualquier lado, los pacientes con sus sueros, algunos en sillas de rueda, otros con yeso, otros amputados. Nadie quería morir. Y menos, morir antes de lo que correspondía. Un médico pedía calma y alertaba que todos tenían quebrada la salud, que eso de estar sano es mentira, un invento de las prepagas para subir las cuotas mensuales. Otro afirmaba que vivir es una enfermedad mortal, que no se preocuparan, que ya sabían el final de todos. Nadie hacía caso. Lo importante en estas páginas, y pensamos en la vida moderna, es huir, esfumarse de la lluvia de información de datos, de no sabemos qué; desaparecer de Medios que nos achican la existencia, evadirse -si es posible- dentro de sí mismo hacia posibles verdades íntimas y encuentros secretos, afables, cariñosos, tiernos. Entretanto el engendro fascistoide evolucionaba como si fuera un gobierno surgido de las urnas para destruir la nación con una motosierra.

    Podríamos agregar muchas cosas más, por ejemplo que Federico Nietzsche hace una aparición fugaz, una especie de cameo; que se presenta Clorinda Stiglitz, la enfermera que servía gelatina verde y sopa cocinada estrujando lampazos, que relata la organización de una empresa de venganzas, o para decirlo de modo elegante, una SRL de desagravios emocionales… y continuar con la parodia de Piegari, que intenta el resarcimiento por medio de la risa, la broma con experimentos genéticos o la experiencia casi mística de la galvanización con estaño, tuercas de goma y perros de tres patas.

    Es una obra sorprendente. Hay que leerla para que en algún momento consideremos que ser muy reales, previsibles o burgueses, aburre; y que es mejor soñar extraviándonos en páginas como estas y fantasear. Fantasear. Que nazca la necesidad de ficción, de contar; contar, porque los sistemas digitales nos quitaron la chispa de contar. Y es lo que hace Piegari, a contramano de estilos imperantes es que cuenta, cuenta con ironía. No a lo Disney, sino con sustancia, con espesor. Cuenta su inquina contra el tiempo. Tema del libro.

    Al finalizar la presentación de este trabajo me pregunto si aquel mundo del principio, ese que tiene leyes que le permiten seguir (y que queremos entender con literatura, ciencia, cartas de tarot, leyendo la borra del café o el formato que hacen las nubes hacia el atardecer de un sábado de otoño, o como sea), si ese mundo -decimos- no ha empezado a tener dimensiones monstruosas, ética y estéticamente monstruosas, que están destrozando las relaciones humanas, con ayuda de la tecnología.

    La gente ve algo, pero no sabe qué. Yo opino (es una interpretación personal, disculpe, escritor, no voy a revelar nada, solo haré una conjetura) que lo que ve no es el tiempo implacable, que termina por matarnos (y quizás, está bien que lo haga), lo que ve es la locura de la autodestrucción, una especie de agonía apocalíptica. Lo que seguro ve sobre ese maldito tiempo, obsesión del autor, es que el sistema en que vivimos ha alentado el mercado y la estupidez para que consumamos más, inoculándonos la cultura de la inmediatez, la cultura del YA (que nos quitó el futuro), la hiper conectividad y la pérdida del pensamiento. Porque cuando el pueblo ocupa un shopping es saqueo, pero cuando el sistema roba a los trabajadores y ciudadanos, es mercado. El mismo mercado que ha sembrado la avaricia, la insolidaridad, el despropósito de ir contra el conatus humano. ¿No será eso lo que la gente ve?

    No voy a decir más.  Cortázar afirmaba que en las presentaciones de libros hay que decir, en minutos, una frase de la obra y luego hablar una hora, de otra cosa, del clima, por ejemplo, o del cierre de las pasarelas en la Garganta del Diablo, incluso de recetas de cocina.

    Como se habrán dado cuenta yo no hice caso del consejo, conversé sobre el libro, dije algunos aspectos del mismo, solo algunos pocos, de los cuales posiblemente el autor no esté de acuerdo; tal vez él seleccionaría otros.

    La culpa no la tiene Piegari, la tengo yo. Ahora que Piegari nos diga algo de esta historia atrapante por la cual lo felicito y la recomiendo.

    Alberto Szretter. FCSyH, Posadas, Misiones.

    16/10/26

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *