
En el género de la prosa, más precisamente en narrativa, los dos conceptos enunciados en el título son evidentemente antagónicos, a pesar de que la realidad, más concretamente su proyección, la mayoría de las veces determina la concepción inicial de la obra narrativa. Un gesto, una mirada, una palabra, pueden ser base y sustento de una historia sin término, con personajes y situaciones insospechadas en el instante inicial, que Aristóteles denomina poiesis
Ahora bien. ¿Qué se entiende por realidad desde el punto de vista interior, esencial, de una narración, sea cuento o novela? Es necesario conceder que la trama, la peripecia e incluso los personajes deberán guardar cierta armonía con la lógica endógena de toda obra. Es lo que se entiende por íntimo realismo, es decir, lo que determina que una historia sea verosímil, que se parezca a la verdad, como lo señala la etimología del vocablo. Acaso el defecto capital de no pocas novelas sea la inverosimilitud, deficiencia que produce en el lector común cierto parpadeo de desorientación y en los técnicos un gesto de rechazo y arrepentimiento de haber encarado tal o cual lectura. Por supuesto, quedan excluidas de estas consideraciones las tendencias del realismo mágico y de la literatura fantástica, que se rigen por otros cánones y que carecen de la lógica a la que hacía referencia. En la literatura fantástica todo es posible, desde los animales cuadrúpedos con el don del vuelo hasta hongos y pájaros que parlan como los seres humanos. En el realismo mágico, sin embargo, puede apreciarse algo más de mesura, a pesar de la lluvia de peces o del ascenso al cielo de algún personaje llevado por el viento con el auxilio de una simple sábana.
Muchos críticos literarios han languidecido perorando y escribiendo sobre el tradicional antagonismo de la realidad y la ficción. Por su parte, no pocos lectores rechazan subconscientemente la ficción porque prefieren los hechos reales a los que son frutos de la imaginación. Eso explica la razón por la que algunos escritores afirman falazmente que todas sus historias se basan en hechos reales.
En cuanto a la opinión de algunos escritores fundamentales acerca de la ficción y la realidad, no se cometerá un acto de imprudencia al afirmar que los criterios son coincidentes. En la feria del libro de 1985, en Buenos Aires, Juan Rulfo emitió conceptos acaso no totalmente originales pero de una verdad incontrastable. Afirmó que la literatura es una mentira que dice la verdad. Recordó que luego de la publicación de Pedro Páramo un grupo de profesores visitó el pueblo donde transcurre la acción para verificar la autenticidad del lenguaje de sus personajes. Cuando se comprobó que dicho lenguaje no respondía a las modalidades de la región lo denostaron duramente. Rulfo adujo aquella noche que jamás se deberá buscar fuera de la novela lo que exclusivamente le pertenece. Declaró finalmente que todo escritor deberá ser un mentiroso profesional.
Cuando Juan Ramón Jiménez visitó la Argentina en 1948, en una de sus cuatro conferencias refirió una llamativa anécdota. Recién editado El Quijote de la Mancha en enero de 1605, cierto funcionario del ayuntamiento de una población de Castilla declaró que conocía a ese señor Quijano, pero que Cervantes había cometido un notorio error, puesto que el caballo de aquel señor no se llamaba Rocinante.
En una disertación en la Biblioteca Nacional, en 1983, Borges afirmó que la realidad es un elemento ajeno a la literatura, y que contamina la idea inicial si el escritor carece de la necesaria asepsia en la elección de lo que el medio le propone. Y las palabras finales: La ficción es más trascendente que la realidad.
Mario Vargas Llosa refiere en su libro La verdad de las mentiras que cuando le preguntan si lo que escribe es verdad o mentira, cualquiera sea la respuesta se queda con la extraña sensación de que no dio en el blanco.
Esta suerte de entronización de la no-realidad, la ficción, confiere a los narradores la atribución de no reproducir la simple realidad externa, la de todos los días, tarea que indiscutiblemente no le concierne. El autor de novelas tiene la misteriosa potestad de recrear el mundo sometiéndolo a leyes propias que pueden estar reñidas con lo que ven los ojos pero que se presienten con una remota claridad Es la mirada interior la que cuenta, el universo cuyos contornos son indefinidos pero que rigen el impulso de la creación, sin duda el acto que reivindica la condición humana.
Foto. Milena B. Duarte – Ana Abian