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Ramón Ayala: viaje psico, testimonial y vegetal

    Por Café Azar. Buenos Aires, Posadas, Misiones. Antropólogo y gestor cultural

    Fuente original: https://elauradelosdesangelados.wordpress.com/2022/03/11/ramon-ayala-viaje-psico-testimonial-y-vegetal/

    Noventa y cinco años cumple el maestro (hoy, diez de marzo del año dos mil veintidós). Su aura brilla cada vez que cada una de sus canciones, sus pinturas o su poesía sale a la luz. Vuelven a sonar, a iluminar, a señalar el sendero del paisaje de la psicodelia abismal e inasible. Sobre Ramón Ayala, el Mensú, estoy tanteando estas palabras. Con su aniversario aparece en las plataformas de streaming musical su primer álbum: Viaje vegetal. Grabado en el año sesenta y tres, nueve canciones y un arte de tapa tan personal como maravilloso. Paisajes íntimos de fina factura y sensible devenir. Psicodelia local, alucinaciones de impecable precisión y explosivas metáforas que aturden de belleza lacerante y asombrosas fractales de diminuta y trabajada exactitud.

    El año pasado, ya lo había hecho. Un diez de marzo había publicado en las plataformas: Monte Adentro. Grabaciones encontradas del catálogo de Music Hall recuperados por el Instituto Nacional de la Música (INAMU). Entre las catorce canciones que componen esa obra hay tesoros que estuvieron escondidos mucho tiempo. Una canción compuesta en parcería con Gilberto Monteiro: Para ti Guría (en donde suena el sabio bandoneón de Chaloy Jara). Panamby Hovy  (“Panambí Jovhé / Revevé rejhovo / Que volando vas / En mi corazón / Milagro de luz.”). Un retrato crudo, melancólico y espectral de la guerra, los fantasmas que habitan en una casa junto al río.

    “Casa enclavada en el tiempo / con ruidos de otras eras / cuál si por sus muros fuera el destino. / Tu imagen en los añares / trae las voces perdidas / con rostros de extrañas vidas, en delirio. / Mujeres, niños, abuelos / que partieron, que no existen / y regresan por tus lindes / con sus gritos.” (La casona y el río, Ramón Ayala)

    También forma parte de ese material la primera grabación de la canción registrada como El Gualambao, un registro de mil novecientos cincuenta y nueve, y  Cocoriché (“Voy vestido de oro y plumas / en mi ser canta la flor / soy marrón como el silencio / con palabras de ilusión.”).

    Viaje vegetal – publicado hoy en las plataformas digitales – comienza con La vertiente. “Solita, en la penumbra verde del monte, libra sus pájaros de espuma, la vertiente.”. Sólo esta frase, a la manera de  un creativo e iluminado fake haiku, da lugar a la guitarra que describe y relata un paisaje de selva y agua que brota desparramando brillos y reflejos que brotan de la profundidad de una tierra salvaje.

    Después los trabajadores que dan la vida, la sangre y la palabra en un tiempo de explotación y sacrificio. El hachero, El Cachapecero, El jangadero y El Cosechero. Cuatro canciones que retratan al hombre que se debate entre la inmolación, la resignación, la magra esperanza y el desafío.

    “El túnel verde del monte llevando el cachapé de ruedas grandes, el Jangadero como una rara flor del agua, río abajo y el cosechero del algodón perdido Chaco adentro, crecieron en mí, con la necesidad de realizar este primer disco, este canto redondo al litoral, a sus caminos de tierra colorada, a sus hombres anónimos con los que he compartido horas, tomando sus imágenes y sueños en la canción a la pintura, a la sinuosa anaconda del Paraná llena de ranchos ribereños, pescadores y guricitos, piernitas chorreadas y ojos profundos. Para ellos, para la gente simple de mi tierra, pero llena de luz, va este homenaje de “guitarra y canto” escribió Ramón Ayala para presentar esta remasterización de su ópera prima.

    Hachero “no olvides que el árbol pudiera llorar / la tierra de hoy, tu sangre te da” dice en la canción El hachero con letra de Soledda Legar y letra de Ramón Ayala. Después, unos arpegios ominosos reverberan para el relato de un viaje final: “Y va encendiendo la floresta el chicotazo al estallar / Y es una música doliente por la agreste soledad / Camino y carro van marchando y al rodar van despertando / En el hombre todo un mundo de ilusión.”  Flota, la música flota, y las palabras van relatando, – en inspirada melodía –  la travesía arriesgada del jangadero. “La marea prende en los juncos / un grito de espuma, cuando el río brama violento / como un viejo puma / y es el jangadero una sombra / perdido en la bruma.” Un rasguido doble va meciéndose contando y cantado la esperanza golondrina del cosechero,  “Un ranchito borracho de sueños y amor quiero yo.” La esperanza que alimenta el sacrificio de los trabajadores de la tierra es el horizonte hacia donde van, golpeados, maltratados, envueltos y visibilizados  en una justicia poética los personajes de las canciones de Ramón Ayala. Ellos son como Adán García de Rubén Blades, Hattie Carroll de Bob Dylan y Homero de Pity Álvarez, espectros que denuncian la crueldad de un sistema y ejercen su compromiso vital con la integridad.

    Después, Ramón, nos cuenta la historia de Irupé. Vieja leyenda de origen Mbya, Muchacha enamorada de la luna vio su reflejo en el río, y este – tal vez –  enamorado de ella se la llevó. “Y en su lecho de barro, / peces de plata, / con brazos de agua la acariciaban / mientras la muerte los acechaba” canta el trovador  sobre la novia vegetal.

    El gualambao viene a marcar el origen, el lugar desde donde se inicia el viaje sideral del verde misionero. Trae la canción y la poética de ese paisaje alucinado de brumas, reflejos y embrujos que flotan inasibles y sutiles en el aire. “Soy de la selva virgen / vengo de la frontera / zumo de los naranjos / mojados de sueños / traigo para ti. “

    En El Moncho la palabra es en primera persona. A la manera del gran Mario Millán Medina se escucha la voz del hombre correntino. Sus formas, sus modos de decir. Ramón Ayala en coautoría con el músico de Villarrica – Paraguay – Prudencio Giménez escribieron este arraigado chamamé. Clasico en el repertorio de Don Ernesto Montiel. Ramón lo envuelve de guitarras que con su cadencia van marcando el rítmo y la melodía chamamecera que se conjuga con el fraseo cantor,

    Cierra este viaje vegetal otro homenaje al trabajador de la selva profunda. Música de ese mágico melodista como lo fue Vicente Cidade y letra, iluminada, de Ramón Ayala. Canto al hombre que dio – y da  – su vida poniendo su cuerpo en la explotación extractivista de la planta de la yerba. Naturaleza y hombres violentados por fines de acumulación. “Rumbeando pa San Ignacio, / toda vestida de yerba / vi pasar a la galopa / con un dolor en la boca, / ensangrentada de tierra…”  recita Ramón aunando el testimonio y el género. Y otra vez, la esperanza: “¡Neike! ¡Neike! / El grito del capanga va resonando. / ¡Neike! ¡Neike! / Fantasma de la noche que no acabó. / Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza, / día bueno que forjarán los hombres de corazón.” Una noche, la de la explotación del trabajador, que no termina aún en el utópico amanecer.

    La canción popular, sus creadores, siguen siendo quienes rasgan el velo que oculta las formas y las maneras de la desigualdad. Sus poetas, sus músicos, saben de la riqueza de los lenguajes, que el poder es literal y la resistencia, poética. Como las brujas en el medioevo, como los chamanes y sus medicinas ancestrales, como los alquimistas impredecibles y alucinados los artistas crean las canciones – apuntan – y abren nuevos sentidos.

    Vaya esta reseña como un feliz cumpleaños y un sentido agradecimiento.

     

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