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Bacterias y Capital

Por Matías E. Wendt. Puerto Rico – Oberá. Escritor, estudia Historia y Filosofía.

“Lo que mejor describe la célula bacteriana es efectivamente el modelo de una fábrica química en miniatura. (…) Lo que la bacteria quiere producir sin cesar son dos bacterias. Este es su único plan, su única ambición”.

Jacob, F. La lógica de lo viviente.

“Las máquinas de este fin de siglo han convertido en algo ambiguo la diferencia entre lo natural y lo artificial (…) y otras muchas distinciones que solían aplicarse a los organismos y a las máquinas. Las nuestras están inquietantemente vivas y, nosotros, aterradoramente inertes”

Haraway, D. Ciencia, cyborgs y mujeres.

En “El mundo interior del capital”, Sloterdijk utiliza la expresión “Palacio de Cristal” para referirse a la creación del espacio de interioridad de la sociedad moderna. Esta expresión había sido acuñada por Dostoievski, en referencia al edificio que se había levantado en Londres a fin de albergar la Exposición Universal. El edificio era una maravilla arquitectónica para su época, no sólo por sus dimensiones y los materiales utilizados para su construcción, sino además porque estaba artificialmente climatizado en su interior.

Dostoievski veía que ese suntuoso edificio tenía una dimensión simbólica: era la sociedad entera la que se mudaba al interior del palacio, transformándose en un objeto de exposición ante sí misma. De acuerdo con Sloterdijk, lo que simboliza ese edificio es el comienzo de una nueva “estética de la inmersión”, por la cual el mundo exterior en su totalidad es absorbido en un mundo interior, ordenado y planificado ‘a su imagen y semejanza’.

Si bien la imagen del invernadero es sugerente para pensar en un interior artificial, para Sloterdijk, lo preocupante del palacio de cristal como “espacio interior del mundo” del capitalismo, como una figura que hace alusión a la fuerza creadora de interioridad del capitalismo, demarcando el horizonte de condiciones en los que se desarrolla la vida, incorporándola lisa y llanamente a la órbita del mercado, no es tanto la imagen de una vida social integra dentro de una instalación de confort permanente, sino su tendencia a cristalizar, es decir, a normativizar las condiciones en su totalidad. De acuerdo con Sloterdijk, Cristalización: designa el proyecto de generalizar normativamente el aburrimiento e impedir la irrupción de la historia en el mundo al que presentan como poshistórico.

Una vez dentro del palacio, la vida social tiende a la relajación porque las circunstancias se cristalizan de tal manera que la existencia histórica, en el sentido de la participación en la realización de la historia, es inhibida. Sin proyecto de historia, la sociedad domesticada se transforma en una asociación de consumidores cuyo único horizonte es el confort ilimitado, y en la que predominan fantasías como la paz social, la amabilidad y la cooperación recíproca.

En este contexto, me interesa pensar la experiencia de lectura como una operación de transducción, en la exacta medida en que no es una experiencia oblativa.

En la lectura es posible lo mejor y lo peor, es el terreno del error, de la sospecha, del encuentro, ahí está el problema. Es en su condición de encuentro en donde la lectura deviene inconveniente. No hay encuentro inocuo, dice Spinoza, porque en la base del encuentro está el deseo.

Podría decirse que la lectura funciona cuando da lugar a otra cosa, habilita un movimiento, funciona en la medida en que una transformación ocurre, de hecho, cuando ocurre, la transformación ocurre recíprocamente, ni el lector es el mismo, ni el libro, y sin embargo permanecen.

Podríamos decir que, de acuerdo con Simondon, el libro es el objeto técnico por excelencia, en la medida en que nace para comunicar y entablar relaciones directas, intransferibles e inalienables.

Los objetos técnicos no son otra cosa que humanidad cristalizada, dice Simondon, ocultan en su interior una naturaleza humana. En otras palabras, hacerles la guerra es como pegarse un tiro en el pie.

Por otra parte, las obras de arte se defienden solas, no precisan de interlocutores ni de presentaciones, toda su fuerza y todo su valor está en ellas mismas. Lo fundamental sigue siendo cómo leemos, si somos capaces de rehuir de una lectura lineal y si cuando discutimos una causa la causa no es una causa originaria, y si el juicio acaba a favor o en contra, o si se ve la luz al final del túnel que expone la falta de un sentido metafísico del mundo y de la vida y de la obra, o si se nos revela el mundo como un infierno, tendremos que preguntarnos otra vez, de qué se trata, de qué habla, qué nos está diciendo esto; o aún como prefiere Deleuze, no quedarse a preguntar simplemente qué quiere decir, significado o significante, no siempre hay algo que comprender, ni siempre es preciso comprender, tan sólo preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya, con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo, a dónde nos depara o en dónde nos deja. Una obra sólo existe gracias al afuera y en el exterior. Si nos es posible imaginar que una obra es como una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mensurable, mantiene esa máquina que leemos con una máquina de guerra o una máquina de amor o una máquina revolucionaria, o con una máquina indefinida que las propicie?

Ángelus Silesius, un escritor y místico increíble del siglo XVII, decía hace cuatrocientos años que si no se publicaran tantos libros la gente leería más.

Me pregunto si su planteo es una crítica al libro como fetiche, como un adorno o instrumento decorativo, o si se refiere acaso a las condiciones propicias para que la lectura sea efectivamente una experiencia singular y profunda y tenga la magnitud de un acontecimiento. Acaso es más fértil tener menos libros para leer más y mejor, para que nuestra experiencia de ellos sea más significativa; acaso leer millones de veces el mismo libro, recitarlo y aprenderlo de memoria, puede llevarnos más lejos que leer un millón de libros diferentes una sola vez, al punto de no recordar ni un comienzo ni un final de alguno de ellos. No sé, no creo, no me parece que la cantidad exprese la dimensión de la lectura, de qué hablamos cuando hablamos de una buena lectura o de un buen lector.

Pienso ahora en la figura del perfecto lector de Nietzsche, de quién quería él que se acerque a su escritura. Llamativamente en Hecce Homo, justamente Nietzsche que dice que somos animales pretenciosos y que nuestra desgracia es la de hacer promesas, escribe:

“Cuando me represento la imagen de un lector perfecto, siempre resulta un monstruo de coraje y de curiosidad y, además, una cosa dúctil, astuta, cauta, un aventurero y un descubridor nato. Por fin: mejor que lo he dicho en el Zaratustra no sabría yo decir para quién únicamente hablo en el fondo; ¿A quién únicamente quiere contar él su enigma? A vosotros, los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles, a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos: pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir.”

Para finalizar, más preguntas:

 ¿Cómo leemos ahora? ¿En qué condiciones? ¿Cuándo? ¿En qué momento del día? ¿Antes de dormir? ¿Mientras corremos o cocinamos o vamos de un lugar a otro? ¿En el trabajo? ¿Los fines de semana? ¿Cuándo no tenemos nada mejor que hacer? ¿Cuándo tenemos tiempo? ¿Cuándo tenemos, tiempo? ¿Cuánto tiempo? ¿Todos los días? ¿Cuántas horas al día? ¿Leemos en casa? ¿En plazas o parques o desiertos? ¿Salimos a leer? ¿Qué buscamos cuando leemos? ¿Qué clase de lectores somos? ¿Autistas, esquizofrénicos, paranoicos, narcisistas, cínicos, insoportables, apurados, desordenados, remolones, orgullosos, chupamedias, ácratas, silenciosos, gritones, comentaristas, mudos, cobardes, intrépidos, famélicos, arrogantes, finos, brutos, leales, inconsistentes, seguros, inseguros, vacuos, memoriosos, buscapleitos, sinvergüenzas, atrevidos, aburridos, necios, predecibles, tartamudos,  trotamundos, miopes, ceremoniales, legisladores, justicieros, idealistas, vengativos, depresivos, ansiosos, absurdos, infelices, obedientes, vacilantes, obsecuentes, inclasificables? ¿Tenemos aspiraciones? ¿Queremos que alguna dimensión de nuestra vida se modifique al empezar o al terminar un libro? ¿Leemos en voz alta? ¿Qué vos escuchamos cuando leemos? ¿Muchas voces o una sola? ¿Siempre la misma? ¿Leemos solos? ¿Leemos para alguien? ¿Con alguien? ¿Desde alguien? ¿Contra alguien? ¿Nos resguardamos de la realidad metidos en los libros o en los dispositivos que inundan nuestras vidas de lecturas, que nos rodean y nos sitian de palabras sobre palabras y sobre palabras y sobre ruido? ¿Nos recostamos en ellos? ¿Nos perturba más lo que leímos o lo que no leímos? ¿Qué clase de transformación nos produce la lectura? ¿Cómo elegimos qué leemos? ¿Con qué criterio? ¿Lo elegimos nosotros? ¿Pensamos en ello? ¿Nos preocupa siquiera? ¿Cuántas veces leemos los mismos libros? ¿Qué tan dedicados somos? ¿Abandonamos los libros o somos incapaces de hacerlo? ¿Leemos por placer o por deber? ¿La lectura nos calma o nos turba? ¿Leemos felices y dóciles como vacas hindúes o leemos nerviosos y saturados de espantos? ¿Creemos todavía en algo como que la lectura puede cambiar al mundo? ¿De qué manera? ¿Somos, más bien, lectores apocalípticos o integrados? ¿Qué criterio seguimos? ¿Leemos filosofía, poesía, historia? ¿Leemos a un montón de muertos o algo de las novedades de entre los vivos nos interesa o nos conmueve? ¿Nos conmueve la literatura o nos desola? Quizá es lo mismo. ¿Qué hacemos con lo que leemos, a dónde va todo eso?

1 pensamiento en “Bacterias y Capital”

  1. ¡ Abundantísima adjetivación!… Loable.
    Coincido en que la lectura crea ámbitos de encuentro, y éstos se dan únicamente entre seres, no entre los seres y las cosas.
    ¿Qué clase de lector soy? A estas alturas del tiempo… Leo sin tiempo. Y no me considero ni apocalíptico ni integrado, eso se lo dejo al admirable Umberto.
    Un placer leer Neoconatus.

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