
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico
Desde Misiones, Argentina, el escritor Alberto Szretter se suma al diálogo entre dos orillas que abrió el artículo de Paco Mancera Romero en Málaga, España. Y abre su respuesta afirmando que el intelectual, según los libros, es una persona cuya actividad o trabajo utiliza la inteligencia. Persona que se destaca en diferentes áreas del conocimiento. Persona que se dedica a las letras y las ciencias, que estudia la realidad y reflexiona sobre ella, y sobre problemas sociales.
Como dice Carlos Altamirano es una palabra que posee muchas definiciones, “es multívoca”. Parece que no por lo que escribe Paco, alguien experto en un ámbito qué opina de un tema distinto a su especialización. Este sería un charlatán.
Gramsci afirmó que todos los hombres son intelectuales (Cuadernos de la cárcel), pero hay algunos que por su tarea específica son intelectuales orgánicos, porque generan contenidos ideológicos que tratan de cohesionar y concientizar a la clase social.
Siempre que surge este tema (por otra parte, cíclico en el ambiente cultural) aparece la polémica Sartre-Camus: el compromiso sartreano de los intelectuales de la palabra con la acción revolucionaria; y la lucha camusiana contra la ideología hegemónica que expuso en El hombre rebelde (1951). Révolté no tiene la misma acepción que rebelde en español; en francés aquel término tiene una connotación de indignado, molesto, inquieto, incómodo, cuestionador. Era, justamente, la posición de Camus frente al régimen stalinista, y el pensamiento dominante en ese entonces, de la izquierda política en Europa y en el mundo.
El “efecto Dunning-Kruger” siempre ha existido, porque el caradurismo es eterno. Ahora está potenciado por los datos que se difunden al instante por las redes sociales y los Medios, y que le llegan al “cuñado”. Este opina, habla, sin darse cuenta que en realidad es hablado por los formadores de tendencias.
Los datos son sesgados, por supuesto, porque en cada sitio y en toda ocasión debe “bajarse”, inculcarse, el mensaje del poder. Tener información no significa nada si no es contextualizada, digamos, procesada, para formar una narración que la explique. En cuanto a Ortega y Gasset más que advertirnos acerca del fenómeno, se espanta en La rebelión de las masas de las multitudes que “salen a la calle” y quiere alertar a las élites para prevenir los desbordes. El pensador español fue un conservador, como Fernando Savater y otros.
En cuanto a la cuestión central del artículo de Paco, que va buscando ajustar el sujeto de la pregunta para averiguar qué hace frente al fascismo, más precisamente ante el avance en puestos de poder de la derecha política y económica (que van juntas; recordar: son indisociables) tendemos a decir que el escritor debe escribir y el intelectual debe pensar. Con esto decimos obviedades, pero si observamos más detenidamente esas funciones “naturales” de cada individuo, que se supone leído, instruido, observador, cultivado, notaremos que, en muchísimos casos, el escritor escribe y el otro razona y especula, pero de manera alejada de la problemática actual. Esto es grave. Es grave porque mientras el mundo se desmorona ellos dejan de ser contemporáneos para encerrarse o protegerse o desligarse, en lo arcaico.
Habría que destacar dos puntos más, al menos en Argentina:
1) no todos los intelectuales son de izquierda. ¿Cómo hay gente que se supone pensante que está en la acera de enfrente de lo popular? No luchan contra la pobreza, la desigualdad o la injusticia social. Es increíble pero ahí están, y están en la derecha política explícita, por ejemplos, Alejandro Rozitchner que llegó a decir que los despidos laborales durante el gobierno de Macri, eran una ilusión armada por la oposición; Santiago Kovadloff, que es un derechoso fino y quizás el más astuto oligarca del “círculo rojo”, Juan José Sebreli, Beatriz Sarlo, intelectuales y críticos de literatura que están en la trinchera opuesta a los gobiernos del pueblo, que en Argentina se llaman, peronistas; y escritores: Borges, Marcos Aguinis, Marcelo Birmajer, el peruano Vargas Llosa, que América le regaló a España, al empresariado de Madrid. Todas estas personas no van a enfrentar al fascismo, hablarán y harán declaraciones públicas, que la libertad, la fraternidad y etcétera: en contra de la intolerancia, pero en el fondo son elitistas, sectarios, bien reaccionarios.
2) La casi ingénita cobardía de los intelectuales, excepto contadas excepciones como Rodolfo Walsh y unos pocos más. Los escritores poseen dos sustos: a la acción (a la militancia, al compromiso expreso partidarios, a la “calle”, a la multitud); y el susto a escribir ensayos y obra poética y de ficción, donde se note mucho su preferencia por los sectores postergados de la sociedad. En algunos artículos hemos leído que esto se debe a la clase media a la que pertenecen, o sea, existe en los intelectuales (los escritores) un prejuicio de clase. Ellos se ubican apoyando a la fracción popular, en la izquierda política, pero en general es una izquierda de café. Pero ya sabemos que la clase media es la más traicionera e inestable de las clases sociales. Cuando le va bien son de derecha, cuando le va mal son de izquierda.
Quizás el avance de la derecha se deba a que uno de los logros mayores del neoliberalismo es haber conseguido que cada persona se sienta un individuo exclusivo y responsable de su destino, independientemente del sometimiento laboral colectivo; y que crea que es dueño de sus propias decisiones, como si no existieran otros fenómenos externos a su voluntad capaces de alterar opciones y búsquedas, ignorando que incluso hay sistemas que diseñan distintas y especiales “realidades” para cada uno; y modos de internalizar dispositivos que luego las personas los piensan y sienten como íntimos, privados.
No hay ciudadanos, hay consumidores, clientes, contribuyentes. Y no hay personas felices, sino conflictuadas porque la realidad se opone al deseo, a los deseos de cada individuo. A los deseos “básicos”, elementales, profundos.
La literatura carece de propósito para cambiar el mundo, amplía la mira sobre el mundo y rompe la unidireccionalidad del pensamiento, aquí reside su modestia contribución para modificar el planeta, que no es poca. Pero cómo pedirle a los que escriben literatura un apego a la lucha por la igualdad social.
¿Qué respuesta puede dar un escritor al mundo? Ninguna. Aquí reside el problema.
Porque no tiene función, carece de objetivo político partidario. Es inútil. En su inutilidad está su utilidad. Parece contradictorio, pero es cierto. Como decía Nuccio Ordine no todo en la vida debe ser utilitario, no hay que buscar en todo, el pragmatismo. Igualmente, por qué anhelar una explicación de todo. Hay cosas que carecen de respuesta. Lo inútil y lo inexplicable suelen ser las cosas que nos hacen felices; y uno es improductivo y lo otro, un misterio.
Y faltaría responder una pregunta (de las tantas que posiblemente faltan) es que los escritores de literatura están convencidos de que la inutilidad de su obra puede en algún momento ser un cross a la mandíbula de una sociedad adormilada, absolutamente playa, superficial, vacua. ¿No tendrían que rever su estilo? ¿No deberían buscar nuevas formas expresivas, nuevas temáticas? ¿No habría que buscar, como hicieron los impresionistas, salones alternativos “para exponer”?
Como dice Paco, ser equidistante, dejar de ser combativo y entregarse, son opciones del fracaso, de la decadencia. Un hombre, decía Hemingway en El viejo y el mar, nunca debe rendirse, puede ser destruido, pero rendirse, jamás