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La derechización de Colombia

    Por Zacha Tamayo Dhiel. Colombia. Periodista. Especial para Neaconatus

    Me ha llegado una revista virtual, Neaconatus, con un tema interesante, en el cual deseo participar si me permiten los hermanos argentinos: el fenómeno de la derechización política de nuestros pueblos latinoamericanos. Quizás pueda aportarles algunas características de mi tierra, Colombia, reconociendo, antes, la complejidad del asunto que bien hizo el magazine de reflotarlo.

    En primer lugar, bueno es saber que Colombia es uno de los países de América que está más a la derecha política; concretamente las últimas elecciones presidenciales nos ubican tercero, luego de República Dominicana y Honduras.

    Lógicamente el fenómeno de oscilación periódica entre izquierda y derecha, que ha ocurrido en todo el continente, también sucedió en Colombia, pero en los años recientes, siguiendo la tendencia mundial, hubo una evidente derechización; inclinación debida a coyunturas globales, pero también a un estructura y tradición propia de nuestra nación.

    La zona de Bogotá es más de apoyar a la izquierda. La zona caribeña se recuesta más a la derecha. Esto a grandes rasgos.

    Claro que hay que entender la cultura política doméstica, de tipo súbdito-parroquial, con bases tradicionalistas y carismáticas entre los ciudadanos, con un subsistema casi de sumisión de las personas a un líder regional o nacional, desde donde se deduce la legitimidad del que sobresale como conductor.

    La idea de un sistema político moderno (el estado de Derecho, las libertades, la tolerancia, el pluralismo, etcétera) se ha matizado en Colombia con los tintes del sistema tradicional de mando y sumisión, dando por resultado un híbrido donde las viejas costumbres logran imponerse. Es así como los sectores mafiosos penetran el andamiaje y lo contaminan. Son esas asociaciones paraestatales que proveen seguridad y brindan asistencia económica a sus favorecidos, frente a la debilidad del Estado o a su ausencia.

    El gobierno, entonces, se encuentra en problemas para ser el mediador en los conflictos, porque la mafia toma los bretes como suyos y los soluciona a su manera condicionando la política y las relaciones sociales en su territorio, haciéndolo por sobre el bien común general.

    La infiltración del narcotráfico (en Colombia esto es algo endémico) favorece a la derecha porque promociona el egoísmo, la meritocracia, el sálvese quien pueda, más allá del interés de todos. Entonces se dan múltiples circuitos paraestatales de comportamientos ilegales, con amiguismo e individualismo exacerbado, el rebusque, las herramientas del todo vale, y la valoración del dinero por sobre el trabajo y el sentido ético.

    Frente a esto los partidos políticos ven permeadas sus prácticas sociales, pierden legitimidad y se atan a intereses particulares y no generales.

    En este magma ¿dónde puede quedar la democracia? Estamos en un dilema. Como ejemplo, cito la participación de Carlos Ledher en la política nacional, y la inclusión de Pablo Escobar en listas del partido liberal.

    Carlos Ledher fue el cofundador del Cartel de Medellín. Cuando Belisario Bentacur (Presidente entre 1982 y 1986) decretó la amnistía, Carlos Ledher aprovechó para legalizar sus propiedades, dinero y negocios, y se involucró en la política al fundar el Movimiento Cívico Latino Nacional.

    Quizás en Argentina no sepan, pero Ledher cayó preso y en EUA le dictaron 135 años de prisión, que después -por colaboración- fue rebajada a 55 años. Como dato pintoresco les digo que en Colombia tenía, entre otras cosas La Posada Alemana que era un enorme complejo turístico, popularizada porque, a la entrada, tenía una enorme estatua de John Lennon desnudo con una guitarra Rickenbacker 325, acribillada simbólicamente por los disparos de Marck Chapman el asesino del músico.

    Sobre Pablo Escobar Gaviria se sabe más y no voy a abundar. Fue muerto a tiros en 1993 cuando escapaba sobre los tejados de un barrio de Medellín. Como detalle citemos que el padrino de bautismo del narcotraficante más famoso de Colombia fue el reconocido diplomático e intelectual Joaquín Vallejo Arbeláez. Así están mezcladas las cosas en mi país.

    Volviendo al tema planteado por Neaconatus, hay que decir también que la derechización que se da en nuestro país, en parte se debe a las acciones erráticas de la izquierda, que la fueron excluyendo de la vida política, más aún con la formación del Frente Nacional (acuerdo entre las fuerzas liberal y conservadora) que limitó desde “arriba”, o sea desde la superestructura, cualquier manifestación o proyecto ajeno a la filiación del Frente. Pero por las noticias y cartas de colegas, estimo que los yerros en las estrategias y alianzas de los partidos de izquierda, son a nivel continental. Sin embargo, si investigamos un poco más detenidamente, notaremos que con las izquierdas pasan cosas similares en diferentes partes del mundo: hay como un retroceso de su capacidad de acción, de la injerencia en la cosa pública, incluso pérdida sustancial de su poder político. Aparentemente carece de respuesta frente a la inmigración, el cambio climático, las enormes hambrunas. O sea, los grandes problemas globales. O sus respuestas son impracticables. Disculpen, pero qué hacen los partidos de izquierda europeos ante la tragedia de los desplazados subsaharianos que se ahogan en el mediterráneo. Y yendo al tema de la revista, qué hacen los intelectuales frente a esos datos fácticos inapelables.

    Pero además habría una pregunta previa a todas ¿el concepto de intelectual no es en 2023 un anacronismo? Lo planteo porque nunca ese colectivo fue homogéneo y porque en los últimos años han sucedido infinidad de factores socio-político-económicos que casi seguro limaron la vieja idea sartriana del pensador responsable, que reflexionaba sobre la contemporaneidad, que era leído, culto. Según mi modo de ver, ese hombre o mujer, existe, pero con un prestigio en lo académico, científico y artístico, deteriorado por la ineficacia de sus consignas que solo son brillosas para el grafiti. Siempre con buena voluntad no alcanza.

    En fin, los intelectuales colombianos me atrevo a decir siguieron los flujos y reflujos de sus pares latinoamericanos, con la impronta de la idiosincrasia nacional, pero no muy distantes del resto.

    Escucho aquí y allá las preocupaciones generales. Palpo intenciones y propuestas que nacen briosas, pero se quedan en los círculos habituales. Mientras tanto el pueblo quiere y no puede sacudirse el lastre de los estigmas que han infectado a la sociedad.

    Zacha Tamayo Dhiel trabajó en El Espectador, Canal Caracol, Revista Shock y Radio Blu. zatadh@gmail.com

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