Ir al contenido
Inicio » Regresa Ítalo Calvino y el NO posible

Regresa Ítalo Calvino y el NO posible

    Por Alberto Szretter. Posadas – Puerto Rico. Escritor y médico

     

    Gian dei Brughi (Breve reseña de un capítulo delicioso)

    Excepto el Quijote no hay un lector tan cabal como Gian dei Brughi.

    Gran lector que es, además, encantador.

    Al principio era un desarrapado ladronzuelo de poca monta, pero fue creciendo en el arte del bandidaje hasta volverse el rey de los salteadores de camino, el delincuente máximo de la zona de Ombrosa, que hábil, escurridizo, perpetraba sus atracos y desaparecía.

    Era tan famoso y fantasmal que no parecía real.

    Pero un día cuando estaba a punto de caer preso, Cosimo, encaramado a un nogal le tiró una soga, pudo trepar y salvarse de los esbirros que lo perseguían.  

    Allá en las alturas arbóreas los dos muchachos se conocieron; Gian dei Brughi, aún asustado, de ojos verdes, con cabellos y barba hirsutos y rojos, con hojas secas y palitos entre sus abundantes pelos, por un lado; y por el otro, Cosimo Piovasco di Rondò, el Barón, que estaba hasta entonces con un libro, tranquilo, en una horqueta del árbol, y que ahora no sabía qué decir, por eso continuó leyendo.

                -¿Qué estás leyendo?

                -El Gil Blas, de Lesage.

                -¿Te falta mucho? Porque quisiera que me lo prestes.

    Y le contó que se pasaba escondido en su cueva de malandrín, aburrido, y que sería muy distinto si tuviera un libro. Al rato Cosimo terminó la historia y se la prestó. Después le consiguió otras obras. Así comenzó la amistad entre los dos. En cuanto Gian concluía un libro corría a devolvérselo, y Cosimo le conseguía otro y otro y otro.

    El bandido, a quien deseaban apresarlo para ajusticiarlo con la pena máxima, se fue volviendo un lector voraz, pero como no podía aparecer por el pueblo, era Cosimo el que le conseguía la biblioteca. A medida que devoraba novelas iba dejando su viejo oficio de tránsfuga, porque se pasaba el día con la lectura de tomos, olvidándose de las andanzas.

    Entre el joven que vivía en las ramas y Gian, el pelirrojo, habían pactado días para la entrega y devolución de las historias, (y plátanos y encinas del bosque para encontrarse, porque allí vivía el Barón) pero en muchas ocasiones Gian regresaba antes porque había terminado un volumen. Esto era peligroso: la policía estaba al acecho. Pero la fiebre por leer cuentos era mayor que sus temores. Hasta comenzó a leer de noche con una linterna y los ojos se le enrojecieron, como su pelo, por el esfuerzo de pasar las páginas. El asunto fue peor cuando Cosimo le dio Clarissa, de Richardson, de kilométricos capítulos (unas dos mil hojas). En esos días aparecieron dos compinches a proponerle un atraco.

    Él quería seguir leyendo Clarissa. Los forajidos se enojaron y le sacaron el libro.

                -¡Devuélvanme el libro! Estaba en el momento culminante…

    Los atorrantes empezaron a romperle las hojas para que acepte el plan del robo. Al final, obligado, tuvo que disfrazarse de leñador como sus amigotes y plegarse al asalto. Hay que decir que el asalto fracasó, y Gian dei Brughi cayó preso. Seguro que lo iban a ahorcar. Sin embargo no pensaba eso, él quería saber qué pasó con la heroína. Cosimo subido a un pino se acercó a la ventana enrejada de la cárcel y preguntó adónde había quedado.

                -Cuando Clarissa escapa de la casa de la mala vida.

    El muchacho encaramado en el follaje, buscó ese pasaje y leyó en voz alta el desenlace. Eran los días del juicio. Cosimo lo vio muy triste por el final de Richardson y decidió leerle una novela de Fielding. Gian se entusiasmó con las aventuras del nuevo personaje, Jonathan Wild. Pero antes de que terminara este libro llegó la orden de ejecución: la horca.

    Cuando en el patio de la prisión, lo subieron a unos escalones y pusieron en el cuello la soga, Gian dei Brughi sintió un silbido entre las ramas. Alzó la vista. Era el Barón.

                -Dime como termina la historia -preguntó el condenado.

                -Me apena decírtelo -respondió Cosimo subido al árbol – a Jonathan lo cuelgan.

                -Gracias -exclamó Gian y tiró él mismo la escalera.

    Así concluye el capítulo XII, de El Barón Rampante, de Ítalo Calvino. Esta obra es un elogio de la desobediencia, una exaltación de la rebeldía, el dulce y simple decir “no” (adverbio que todos deberíamos usar en algunos días de la vida). “No” que no es una oposición gratuita, tonta, caprichosa, sino una postura con trasfondo filosófico y moral.

    La vida entre los árboles de Cosimo es una metáfora del abandono de la comodidad y la búsqueda de la libertad. Pero no de una libertad a lo loco, sino con reglas y esfuerzos, donde el juego y la imaginación son el aire, la atmósfera, que deberíamos respirar los seres humanos para alcanzar un poco de felicidad.

    Ítalo Calvino tenía una relación especial con Argentina, quería mucho a nuestro país. Estaba casado con una argentina; lo reporteó al Che Guevara; fue entrañable amigo de Cortázar; impulsó desde la Editorial italiana, donde trabajaba, la difusión de nuestra literatura; vino para inaugurar la Feria del Libro de Buenos Aires en 1984. Le dijo a Alfonsín que no había querido venir antes porque no le gustaban los dictadores militares. Su ponencia en la Feria fue “El libro, los libros”. Unos meses después de la Feria, en septiembre de ese año, coincidiría con Borges, en Sevilla, en un Congreso de Literatura Fantástica. En un momento, Borges estaba rodeado de gente y Ester Judith Singer, Chichita, la esposa del escritor se acercó (su marido quedó algo separado). Le dijo “Borges, también vino Calvino”. A lo que Borges respondió “Ah, sí, lo reconocí por su silencio”.

     

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *