
Por Alberto Szretter. Posadas – Puerto Rico. Médico y escritor
Una nena le pregunta a su papá qué es la patria. El padre piensa un poco y le responde, te acordás cuando vivíamos hace unos años en tal casa, en tal pueblo, y había una puerta que solía golpearse, y que ese ruido se repetía constantemente, tanto se repetía que fuimos incorporando ese chillido al inconsciente; bueno, la patria es como eso: el lugar ya es otro, la casa también, la puerta que golpeaba ya no está, pero tenemos adentro aquel sonido. Lo llevamos con nosotros donde vayamos (De un cuento de Stephen King).
Le faltó decir que esa introyección se produce a partir de una fábula. No existe patria que no esté construida sobre un mito. Doce siglos a.C. la puerta comenzó a sacudirse, y andando por ahí y por allá, esos pueblos ancestrales, bajo infinitos avatares fueron ligándose, navegando, comerciando, construyendo comunidades afines o enfrentadas entre sí.
En los EUA uno de los componentes más importantes de su gran relato fundacional es la implantación del concepto de meritocracia, de esfuerzo de cada uno, de trabajo, de riesgo y creatividad siempre individual, metido a fuego o machacado como una puerta agitada crónicamente por el viento, en el inconsciente de su pueblo. Hay miles de ejemplos, porque los norteamericanos erigieron su nación a partir de ese apetito por la conquista social y personal, por ocupación de su entorno y el espacio vecino, por asalto al continente o mandar infantes de marina a otras orillas. Es el capitalismo. Pero dejemos el análisis económico-político y mencionemos, en cambio, algunos casos paradigmáticos del uso del cuerpo como símbolo y mecanismo de acceso al éxito, como plataforma del triunfo.
Ángelo Siciliano era un esmirriado y pobre muchachito de Brooklyn a quien los sabandijas lo molían a palos en los callejones sin salida, con vapor saliendo de los respiradores del subte, y con tachos volcados de basura. Un día fue al zoológico y vio cómo el tigre presionaba sus patas contra el suelo, se desperezaba y desplegaba su cuerpo fuerte y armónico. Ahí se le ocurrió la tensión dinámica. Los yanquis tienen esas cosas: una pavada les enciende la lamparita y hacen genialidades, que luego patentan y se vuelven millonarios.
Siciliano diseñó cuerdas y poleas y empezó a desarrollar un gran físico. Se transformó en Charles Atlas. Creó una empresa y vendió por 30 dólares el curso para masa muscular a millones de personas de varias generaciones. Abrió sucursales en el extranjero y daba exhibiciones, movía buques y trenes, traccionando con los dientes y con vinchas frontales y arneses de cuero. Se hizo famoso. Su método fue incorporado a las fuerzas militares para entrenamiento de la tropa, con el pago de regalías, of course. Todo gracias al ingenio y a la preocupación individual. Hay un hermoso cuento de 1976 del nicaragüense Sergio Ramírez, “Charles Atlas también muere”, que nos dice cómo terminó el musculoso; en clave literaria, claro. Antes de pasar al otro caso tenemos que decir que Charles Atlas existió.
Edgar Rice Burroughs (norteamericano, 1875-1950) escribió la historia de un hombre blanco, hijo de una selecta familia inglesa, perdido en la selva africana, criado por monos, porque sus padres murieron luego del motín de un barco, y que deviene en héroe justiciero o en las aventuras del europeo en tierras exóticas, o sea, la conquista de territorios. Antes de seguir debemos decir que Tarzán casi existió.
El primer Tarzán, Elmo Lincoln, fue en tiempos del cine mudo. Cuando apareció el sonido no pudo dar con el alarido exacto y lo echaron. Algunos otros fueron: Lex Barker, más famoso, antes que por su actuación, por casarse con la bígama baronesa Thyssen, y después con Lana Turner; James Pierce, que desposó (palabra antigua pero valedera) a la hija de Rice Burroughs, (pícaro, el muchacho) pero fue un fracaso: cero en histrionismo; Frank Merrill, que tras dos o tres film, fue expulsado de Hollywood, donde todo el mundo es reemplazable; Jack Mahoney, que ostentaba un físico impresionante, pero tuvo la desgracia de enfermar de dengue en Malasia donde fueron a filmar, adelgazó, se deshidrató, tuvo fiebre prolongada, y los estudios MGM lo desecharon; Cristopher Lambert, interpretó a un Tarzán que de la civilización volvía a la selva; viceversa de la historia que fue un éxito fugaz, pero solo para salvar los gastos. Además, era miope y no le permitían usar anteojos ¿dónde se ha visto un Tarzán con gafas? y perdía los lentes de contacto; Casper Van Dien, que figuró en una producción Disney, con una película que dio pérdidas; Alexander Skarsgard, el Tarzán de abdominales como una tabla de lavar ropa; pero los Estudios perdieron una fortuna con el proyecto y los efectos especiales, con monos virtuales creados por computadora que eran incluidos mediante montaje, que fueron espantosos. Este actor sueco había hecho de vampiro vikingo de más de mil años de viejo, en otra película anterior, y le quedó el tic de inclinarse sobre el cuello, buscando la yugular, de la actriz que hacía de Jane, la mujer de Tarzán, por eso repitieron incansablemente hasta la exasperación el acto del beso en proscenios que simulaban altura cuando en realidad estaban a cincuenta centímetros del suelo y la cámara en un pozo. Luego de este acontecimiento al director del film lo internaron por un ataque de ira, cuando lo agarró a Skarsgard a las trompadas e insultos. Una digresión sobre Skarsgard: se anotó en 2013 para una caminata al Polo Sur para juntar fondos para los heridos bélicos, la Walking With The Wounded, en el equipo norteamericano, en el team inglés iba el príncipe Harry, pero había gente ilustre, celebrities, de otros países, en una especie de procesión de millonarios migrantes invertidos (de la civilización a los extremos del mundo). Ellos hacían las guerras, y luego trataban de subsanar las consecuencias, no porque hayan tenido culpa, sino porque en el fondo, bien en el fondo, son gente querible, con ansias de recaudación de más dinero, ¿qué hay de malo en esto? Luego de unos días, suspendieron todo, vaya a saber en qué latitud, y se pusieron a tomar whisky y comer arenque ahumado que les acercaban en helicópteros.
Hubo otros musculosos que se pusieron el taparrabos y ejercitaron, con distinta suerte, el famoso alarido, y casi todos terminaron en la vida real, mal, muy mal, a pesar de que anhelaban pasar a ser ejemplo de la libertad, la salud, la vida natural… la felicidad, ¡bah!
El más conocido Tarzán -sin duda- fue interpretado en cine, porque también hay historietas, por un invencible campeón de natación: Johnny Weissmüller, que superó con voluntad y determinación la poliomielitis, la adaptación a EUA (había nacido en el imperio austrohúngaro), y el obligado olvido de la salchicha alemana, la cerveza y el chucrut.
Johnny Weissmüller actuó (es un decir, porque era un zoquete) en 12 películas y fue el que inventó el grito disfónico y golpearse el pecho. Los que saben dicen que se golpeaba el timo, una glándula pequeña pero poderosa que tenemos atrás del esternón, y que dicha molleja (nombrémosla como la conocemos) al ser percutida segrega sustancias que disminuyen el estrés y dan valor para el ataque o la huida (esto último no es el caso de Tarzán).
El Sir John Clayton (después de todo era un aristócrata) no tuvo hijos, o tuvo en algunas versiones. Al final, en la selva y con la rubia Jane, qué podrían hacer (entre nosotros, parece que hicieron poco). Se llamó Korak, el matador. Boy, otro vástago del héroe, es en otros films, un hijo adoptado.
Las interpretaciones, no de los actores (los fisicoculturistas son pésimos comediantes en el escenario) sino de la historia, da para mucha tinta y papel. Nos inclinamos por elegir una y lo decimos sintéticamente más arriba y repetimos ahora: Tarzán es el símbolo del colonialismo. Pero para los yanquis representó (y representa en la memoria de la gente) el ideal norteamericano de un atleta que se hace millonario, un nadador exitoso, que vendió su imagen para promocionar calzoncillos (en una época le decían suspensor, ahora slip) salir en comics, y gritar en los shows de Las Vegas como ninguno golpeándose el pecho.
Los mismos gritos al final, en la vejez, que le salían en el hospital, cuando después de dos derrames cerebrovasculares, no quedó bien de la cabeza. Tal vez creía que aún estaba en la selva, o en un set de filmación o en la sociedad que lo promocionó, le sacó el jugo y luego ya anciano, se olvidó de él.
El culto por el cuerpo no fue creado por los yanquis, viene desde antiguo, probablemente desde los griegos, que son los que concibieron prácticamente todo. Lo que sí hicieron los norteamericanos es la explotación comercial de todo lo que estuviera relacionado con la imagen, la apariencia, lo exterior, el ideal de belleza física, requisito casi indispensable para tener éxito y dinero en la vida. Tendencia que no ha cesado: la explosión de la industria del deporte, la apertura infinita de gimnasios y el tema de los suplementos, las dietas, las calzas en las damas, los accesorios, el aceite en los pectorales, el yogur descremado, el running, los cosméticos, las cirugías estéticas… siguen reinventándose y dando ganancias.
La figura de ruido de la puerta que golpea en el inconsciente colectivo del país del norte, es el de la libertad individual para abrirse camino en la vida. En realidad, en ese liberalismo profundo, la libertad es la del mercado, que ahora quieren imponer en Argentina. La habilidad del liberalismo fue y es equiparar o hacer creer que la libertad individual es lo mismo que la libertad de mercado. En el mercado se hacen los negocios, luego cada persona está embretada, no en la idealizada, buscada (y presunta) libertad existencial, sino dentro de las pautas del medio donde se compran y venden cosas.
Una de esas cosas que se ofrecen para el comercio es el cuerpo, el cuerpo que podría ser como el de Charles Atlas, de Johny Weissmüller, de Marilyn Monroe o de cualquier otra/o modelo, deportista, o dama, secretaria, CEO en Wall Street, actriz porno o taxiboy. Con esto machacan, es decir, hacen el ruido de la puerta que golpea. Porque en esa sociedad (ampliemos: en la sociedad occidental) el cuerpo se ha vuelto objeto de transacción, y para subir su valor de cambio, se lo alienta como instinto de vida, plasmación del erotismo, pulsión del deseo. El cuerpo debe ser joven, fuerte, perfecto en sus dimensiones y potencialidades. Su aprovechamiento como símbolo fue y es utilizado para mover una nación y sobre todo para sacar usufructo con las formas (muchas veces ocultas) de la propaganda. El cuerpo se vende ya no como fuerza de trabajo frente al capital sino como cosa. Y pensar que cuando nos morimos, los deudos y amigos exclaman, ¡no somos nada!
Se nos termina el artículo: ¡Aaaoooaaaaooaa!