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Álvar Núñez Cabeza de no sé qué

Por Santiago Morales. Posadas, escritor

“…Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del sur.”

Cuando dice arrabales ya sospechamos quién escribe; al ubicarse en el sur la sospecha ya está confirmada.

Sabemos. Se está refiriendo a Carlos Argentino Daneri, por supuesto.

Tal vez la obsesión por estas notas la produzca el acento doble, la repetición y rima de la letra e acentuada en las palabras sé y qué precedidas por la negación. (No es lo mismo decir No sabemos qué o No se sabe qué.) No sé qué. Con cierto desinterés por lo no sabido. Una ignorancia no muy preocupante.

Juana de Ibarbourou en Raíz salvaje escribe:

“…Tiene aún mi epidermis morena

no sé qué fragancias de trigo emparvado”.

Y mi renuncia expresiva preferida de la uruguaya está en Alabanza del álamo:

Cobra no sé qué resonancia de música gemidora el viento al cruzar por los pinos.

No es importante lo omitido más que la energía del gesto de omisión. En cambio, algunos nosequés parecen querer saberse: “No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.” Así busca Fabio Cáceres cómo expresar lo que le pasa al observar irse a Don Segundo S.

Todo esto porque quería llegar a Álvar Núñez: Trabajos de sed y de hambre, libro de Marina Closs (Ed. Contexto2019):

“…Me alejé, apesadumbrado. Fui a mirar el monte y vigilé por un tiempo largo las espaldas de mis compañeros. No sé qué, si la luna huyendo, o las estrellas declinando, estaba ofendido.”  El qué explícito, fácil, es la luna o las estrellas o las espaldas de los hombres. Pero lo que le fuerza a decir No sé qué, el doble descargo acentuado, en vez de optar por No sé si miré tal o tal cosa, es la pesadumbre y la condición de ofendido. “…Hablábamos en tono de voz diferente, sintiendo no sé qué calor de moho en nuestras lenguas.” Y claro, por supuesto que el adelantado no sabe. ¿Quién podría saber qué calor de moho invade una boca? Y bajo el acaloramiento, el cansancio y la sed las sapiencias son menores. Sobre todo cuando se está ante una nueva cultura: “…estaban allí los indios que habíamos traído, los guardianes del sacrificio, los servidores de no sé qué demonio.” “No sé qué lodo era aquel, que a veces se me abría sin que yo apenas lo golpeara”.

Cansancio de manoseo y mutación refleja la apatía geográfica de Osvaldo Lamborghini en tan extraordinario poema ¿Yo soy el hombre? (cito):

“En Stalingrado

Ciudad, no sé qué país

De muy buen grado

Buscaban con las manos

En los excrementos HUMANOS

Granos de maíz”

Dostoievski en Los endemoniados también no sé qué hace. Cuando, al ser echado de la universidad, Stepan Verjovenski publica un estudio referente a “…no sé qué caballeros de no sé qué época, o algo por el estilo.” Tenemos una triple elusión. Con ese Algo por el estilo está diciendo que realmente no importa el objeto de estudio del desdichado y que sigamos no más con la novela que es bastante larga. ¿Deja el narrador en estos casos de ser omnisciente al no saberlo todo? O sabe, pero no hizo fuerza para recordar detalles.

“Cerca del mediodía entraron al antiguo pueblo de Tobatí. Era grande y hermoso, pero parecía desierto. Sólo se veían algunas indias viejas, como petrificadas bajo recovas en ruinas. Tenía un no sé qué de fantasmal que impresionó a Inocencio”.

En vez de decir tenía un aire fantasmal, Juan Bautista Rivarola Matto, en El santo de guatambú, parece reconocer la derrota expresiva… pero el no sé qué no es una incapacidad de expresión, siempre es una decisión de incredulidad, de tan alta impresión que carece de comparativo alguno. Al hablar de “un” no sé qué Rivarola Matto es el único que sustantiviza lo no sabido. (Las tardecitas de Buenos Aires bien podrían haber tenido ese no sé qué ¿viste?)

En el poema Otoño, del libro Desolación, Gabriela Mistral reemplaza un cuánto al decir “…y estoy ya no sé qué tiempo tendida bajo los álamos” No solo por una cuestión silábica, y no solo porque se habla así en Chile, sino por darle mayor importancia al tiempo que la mera cuantificación. 

Para el adelantado Álvar todo es nuevo. “No sé qué cosa fue, si yo o mi nombre, que me dije: —No nacer, pues aún es tiempo”.

Si estuviera en tercera persona sonaría aburrida la desagudización: No sabe qué. En plural tampoco funciona.

Este es un texto de citas. Como el libro de María Elena Walsh Novios de antaño. Citas y novios. “Se casó con ese gringo, muy instruido pero más raro que no sé qué.” Escribe Walsh en esa novela que tiene más citas literarias que no sé qué. Esa comparación que se desvanece la aplico desde la infancia. Todo era más grande, más raro, más divertido que no sé qué. No había herramientas para la metáfora completa.

Y ya al final de los Trabajos de sed y de hambre agoniza aislado Cabeza de Vaca en una cárcel de Asunción, en el libro de Closs. Una india le llevaba comida todos los días. “Y siempre, escondida en qué lugar del cuerpo, una carta…” En el último tramo del libro, cuando faltan apenas dos páginas, se renuncia al cansador No sé qué para guiñar el ojo sobre el sitio impúdico. En clave de adivinanza verde el narrador por fin se rebela y exclama: Sí sé qué. Todos sabemos. 

https://salvajefederal.com/productos/alvar-nunez-trabajos-de-sed-y-de-hambre-marina-closs/?fbclid=IwAR0aqD19o3fzqCeApk4d8JZdKJEPgPBVW9t4P7i7Jn7I9vMFh40kE0rGR_M

1 pensamiento en “Álvar Núñez Cabeza de no sé qué”

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