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La diosa y el santito

    Por Carlos Piegari. Posadas – Barcelona. Escritor sofista

    El 30 de diciembre, se cumplió un aniversario más de la tragedia de Cromañón. Comparto este texto, un fragmento del libro Summa Baiulus que editorial ConTexto publicó en el año 2022. Oportunamente el escritor Roberto Maack lo replicó en el diario El Territorio de Misiones. El libro puede aún encontrase en la librería Tras los Pasos de Posadas, Misiones, y en los locales de ConTexto en Resistencia y Corrientes.

    Kevin ahorró diez meses para poder comprarse las Nike truchas en la feria de La Salada de Lomas de Zamora. No le importaba que eran falsificadas en China o en Paraguay, ni ro- bando un quiosco por día durante un año podía juntar el dinero para unas importadas, tenían los dos dibujitos de alas a cada lado y con eso se sentía el Dee Dee Ramone de Ciudad Evita.           

    Había nacido en Ecuador, emigró y se juntó con otros pendejos en Barcelona, trapicheó anfetas para una pandilla latina, se quedó con varios vueltos, hombre muerto. No le quedó otra que salir pitando. Recaló en Buenos Aires en casa de la tía Puri, que tenía una panadería en el barrio de La Matanza. Kevin «el hermanito» Latin King ahora era el «gallego». Le pegó bien la cumbia y el rock cabeza, tocaba Callejeros ese fin de año, las fieras de fiesta.

    Las zapatillas de Kevin terminaron colgadas en un santuario en el barrio del Once junto a otras de todas las marcas y medidas, rotas, sin cordones, sucias de sangre y barro. Relicarios de los mártires que fueron sacrificados por el suplicio necio aquel 30 de diciembre de 2004 en la discoteca República Cromañón, suelas que se arrastraron buscando una salida de emergencia clausurada con cadenas, suelas arrancadas por las llamas, dejando atrás los pies ampollados y carbonizados. El Tormento de Cuauhtémoc, la planta, los dedos, los talones ardiendo y deshaciéndose en un sebo aceitoso, oleo negro y rojo, un mural de Siqueiros pintado en las paredes del infierno.

    Kevin subió con el número 110, diez minutos después que una bengala empezó el incendio en el boliche de Omar Chabán en Buenos Aires. Al tiempo, el chico conoció a Lito, Hermann y Joan, también a Omar. Se mantuvo alejado de las tertulias de la camarilla que repetía el mismo catálogo de obsesiones: que si el amplificador perdido de Paul McCartney, que el misterio de las galletitas Oreo de Beto, que los anarquistas catalanes, que la sinagoga de Berlín.

    Los cabecillas empezaban a cacarear y Kevin prefería meterse dentro del baúl en la cueva de la locura precoz. Abrazándose los huesos descarnados de sus hombros, moviendo la cabeza como un muñeco roto, tocándose los muñones de los pies sin las zapatillas.

    Porter se daba cuenta cuando Kevin abría la puerta trampa disimulada en el suelo por unos rollos de esparto, y bajaba los diez escalones apoyándose en los codos, arrastrando sus restos como un reptil embalsamado. Lo seguía hasta la caverna húmeda con bóvedas de cal y piedra cavada bajo el taller, abría la tapa del baúl y ahí estaba él. Entonces le hablaba y decía que el sentido de las cosas no tiene sentido, que Omar era un delegado porque el rey no decapita, el general no fusila y el ministro de economía no esconde la comida en los merenderos de las villas. Siempre un perejil cumple las órdenes, entonces sí, se producen muchos cadáveres, torturas y desapariciones. Cuando callaba Waldo, preguntaba «¿Adónde quedaron mis Nike?». Y Porter le respondía que ahora las usa una diosa.

    Así aprendió que una zapatilla es una intersección cautelar. El estudio de Ubaldo Grassi―Shouters define ambos términos: una intersección sería un roce espectral entre dos entidades, y la acción cautelar la observación de un sacrificio.

    La clave estaba en la ficha anexa, que abre esta summa, no incluida en el estudio El poder de las intersecciones y sustituciones. La memoria gravitatoria del espanto, que Porter encontró, luego de buscar con mucha paciencia, dentro del baúl negro. La pista era la palabra griega θυοσκόος, que en latín se traduce como haruspex, derivando al español como arúspice. También localizó otras fichas ocultas bien en el fondo, con citas de autores muy antiguos. No eran tarjetas de cartulina como las que escribía antes de dormir, no recordaba haber archivado esos papeles viejos. Solo creyó que el baúl, además de las transferencias phonohápticas, también comenzaba a revelar las escrituras que alguna vez portó.

    El título del primer documento era Strategematon ― Iulius Frontinus (100 a. C.), Bibliotheca Teubneriana, Leipzig, 1849. A continuación, alguien había apuntado que: Alejandro de Macedonia, con la complicidad de su adivino, escribió con tinta negra sobre la piel del hígado de un animal sacrificado. Su arúspice alzó las entrañas calientes con la palabra «triunfo» y las mostró a los soldados. Confiados por el buen augurio y sin sospechar el fraude, fueron a la batalla con coraje como si el dios mismo les hubiese prometido la victoria.

    Otra ficha también trataba el tema de la cautela preventiva basada en la lectura profética ofrecida por la muerte. El título ponía: Frontinus ― Polyaeunus ― Plinio el viejo. Con la misma letra de la ficha anterior se había registrado: Los tres autores mencionan que el arúspice Sudinus, en el momento en que Eumenes de Pérgamo iba a combatir con los galos del Asia menor, repitió ante sus tropas la simulación de escribir una palabra de buen augurio sobre vísceras. Tiempo después el rey Atalo también grabó la palabra «Nike» en el hígado de una víctima antes de enfrentarse a los gálatas.

    Cole Porter ya podía considerarse, no un filósofo como Ubaldo Grassi―Shouters, pero sí un entendido en mundos que, por ser apócrifos, no eran menos probables. Nike, la diosa griega de la victoria, y las zapatillas del santito Kevin que colgaban en el santuario del barrio del Once en Buenos Aires: una intersección cautelar más.

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