
Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela
No quiero asesinar a nadie, pensé, mientras pensaba en los asesinos que no lo son por elección, en las personas que no quieren combatir, no quieren matar a nadie. Ninguna es razón suficiente para ellos.
Pero están aquellos que invocándose presidentes, (antes fueron reyes, el nombre no importa), deciden combatir contra otros, porque desean sus tierras o sus minerales o su energía o por venganza, lo que fuere, tiene que ser algo que no tienen.
Y entonces no van por ello, mandan a los gobernados, a los súbditos, a apoderarse de eso que apetecen y para lograrlo usan armas que matan, obvio.
Ahora veamos a la persona ordenada a matar y que se niega, que no quiere, para ella, sea un motivo u otro, es asesinato.
Pero si no lo hace, el orden legal y no solo el del país de turno, sino el orden mundial, lo considerará un desertor, un delincuente que deberá ser apresado y enjaulado. Porque la ley es matar.
Los pacifistas estamos en el horno.
¡Cuántos países están aumentando su prepuesto armamentista y su capacidad bélica! Y son del primer mundo de occidente y de oriente. Si crean armas, cada vez más sofisticadas y precisas, en algún momento las usarán o las vendarán a países a quienes impulsarán a guerrear.
Ahora pongamos nuestra mira del otro lado, en el país atacado por personas que vienen a matar y por las que no quieren, pero deben hacerlo.
El país atacado también tiene un presidente que ordenará a sus ciudadanos defender y les ordenará matar. Supongamos que esos ciudadanos (algunos) tampoco quieren hacerlo, aunque por el orden mundial serán traidores. Paso siguiente: a prisión o al paredón.
Entonces los pacifistas de ese otro país también están en el horno, sin salida y bajo fuego.
Pensaba una solución: que esos dos presidentes, y a las autoridades que los rodean (suelen ser 3 o 10, no más) y deciden guerrear desde sus sillones refrigerados, vayan ellos a un combate cuerpo a cuerpo, tipo circo romano, y peleen a muerte contra los otros tres o diez, a matar o morir y el triunfador que se lleve los laureles y los bienes que apetece. Que allí termine el conflicto. El perdedor debe respetar el resultado. El costo en víctimas sería ínfimo. Diecinueve a lo sumo.
Así nosotros, los pacifistas, mientras miramos a los gladiadores luchar, nos quedamos con nuestras vidas y cuerpos intactos, seguimos haciendo el trabajo y la vida que teníamos; al fin y al cabo, las fábricas sean de uno u de otro país, seguirán produciendo, al trabajador no le cambia demasiado, ni al que estudia, ni al que hace arte, ciencia, al que labra la tierra, al que cocina, a los pilotos, todos seguirán sus tareas, las máquinas deben seguir funcionando.
Así los pacifistas nos quedamos amándonos, en paz.
Tal vez tendremos que aprender más idiomas, más himnos, agregar banderas, pero sería un precio mínimo comparado con el de perder hijos, padres, hermanos, casas y la vida. Un precio menor a tener que recordar cada noche los rostros de los hombres, mujeres y niños que habríamos matado. Aunque hayas funcionado como asesino ciego y lejano, el que aprieta los pulsadores de las bombas y misiles, las noticias te mostrarán los rostros de aquellos que mataste y los verás. Siempre los verás.
Yo no quiero matar a nadie, clamaba ayer alguien ante las cámaras de un país extranjero y distante; por solo decirlo lo apresaron y perdió su libertad y su familia.
No crean argentinos, chilenos, brasileros, digamos americanos, que porque esos combates pasan en otros continentes no podrán sucedernos.
Si la guerra es la solución que dan a nivel internacional para resolver las diferencias entre países y regiones, si esa es la manera que el mundo impone, no estamos exentos de que en alguna hora nos obliguen.
Y yo no quiero asesinar a nadie.
Sigo pensando y preguntando, ese es el problema de pensar, te lleva a la reflexión y cuando uno se dobla y mira el fondo de las cosas aparece la oscuridad. Y descubres que según sea el origen y el motivo de la orden de matar, te conviertes en ciudadano honorable o en asesino. Si el mandato llega de quien inviste la autoridad, de la presidencia (para no confundirnos), entonces sí puedes matar a diestra y siniestra, libre de toda culpa.
Entendía que la libertad consiste (entre otras cosas) en el derecho de elegir la conducta a seguir y responder por ella. Pero en los casos de guerra, la fórmula no funciona así. La causa para matar a humanos, la determinan otros, los presidentes y sus secuaces. Por lo que he advertido de la historia y del presente, las razones tienen que ver con cuestiones territoriales, de poder y religiosas.
Con mas razón entonces, la solución que propongo es válida: Los que deciden y apuestan a la violencia, haciendo honor a su palabra, que dejen la vida en el campo de batalla.
Y todos nosotros, los pacifistas, seguiremos con nuestras familias y trabajos, porque las máquinas del mundo, reitero, deben seguir.
Sigo pensando y preguntando si en los momentos de decisión, los que presiden, desde sus salones refrigerados y protegidos, alcanzan a imaginar (que es otra forma de ver) sus sangres derramadas, sus cuerpos mutilados, los vientres abiertos, sus vísceras, sus carnes quemadas, el dolor; si lograran imaginar el dolor, quizás buscarían otra forma. Y si algo de imaginación les sobrara, si el ego les permitiera salir de sí, y alcanzaran a ver a sus hijos, padres, hermanos y hermanas bañados en sangre (Potosí, Cochabamba y La Paz,) despedazados, quizás elijan otro modo de solucionar los diferendos.
Para que se haga esa luz entiendo positivo repetir: no queremos matar, no queremos ser asesinos de guerra.
Como les decía, pensar lleva a la reflexión y podríamos decirles más. Por ejemplo que si los presupuestos en armas nucleares fueran utilizados en hidroaviones para extinguir incendios, en máquinas excavadoras para los casos de terremotos y otras catástrofes, si a los presupuestos bélicos los destináramos a descontaminar y dejar de contaminar el planeta, a producir alimentos sanos y a distribuirlo entre los hermanos que viven en condiciones paupérrimas, evitaríamos las invasiones, los éxodos, los refugiados y el dolor de ver como se ahogan en los mares.
Podríamos sugerirles que no inviertan en la muerte.
Ya que estamos, podríamos decirles: que imaginen otro mundo, que es otra forma de ver.