
Por Carlos Piegari. Posadas-Barcelona. Escritor sofista.
Ha pasado algún tiempo desde que conocimos a La barra de los Filósofos Serios. Contingencias políticas y económicas hoy los han transformado en La barra de los Filósofos Serios y… Desocupados. Los ajustes nos llenan el alma de mufa. Pero en el bar les fían. Así que cada tarde, al caer el sol, siguen las tertulias y el dolce far niente. Estaban escanciando una botella de licor Pineral con manises (ellos no aceptan decir maníes, creen que es un plural en código secreto que sólo usan los amigos petiteros del ministro Caputo, para encubrir sus actividades ilícitas, por ejemplo: “¿Cuántos maníes ganamos esta semana?”, “Hoy nos compramos tres billones de maníes…”, “Ayer echamos a la calle a 10.000 maníes”).
El Griego rompió el fuego, hablando con la mirada perdida. Siempre tiene la mirada perdida, cuenta que cerca no hay nada que valga la pena ver. Y está convencido que charlamos como náufragos que tiran al mar una botella con un mensaje que, jamás será hallado por nadie. Son intentos por espiar detrás de las palabras y descubrir si sostiene algún sentido lo que escuchamos a diario. Son cosas dichas por personas que tienen en sus manos el destino de naciones y continentes. No importa la época ni el momento histórico, les doy vueltas de un lado para el otro, y nada. Siempre los que lavan la vereda todos los días, gastando agua que otros no pueden beber, repiten las mismas figuras retóricas. Y nosotros creemos, así, por los siglos de los siglos. Hay días en que lamento no poder dialogar con mis gatos y perros. Abrigo la presunción que guardan cosas muy importantes para decirme, entonces los miro fijo (ojos tristes de perro y sarcástico de felino) e imagino que piensan: “pobre humano, la de pelotudeces que tiene que oír”.
El Negro Aristóteles (es uruguayo y toca las tumbadoras que da calambre) terció. Hace unos días nos metimos con la “seriedad”, hoy propongo sumar una frase a nuestro vocabulario de las sentencias que suenan como los timbales en las orquestas sinfónicas, más como recurso emocional e instrumental que como elementos decisivos de la partitura. Propongo dar unas vueltas alrededor de la expresión “tomar medidas”. Porque el coso de los perros dijo que “no hay plata”, entonces va a tener que hacer gualichos mágicos con la hermana.
No existe grupo político que acceda al poder que reverencie su declaración de principios, con enunciados del tipo: “Hemos llegado para tomar medidas impostergables”, “Es necesario tomar medidas estructurales”, “El pueblo necesita que tomemos tales o cuales medidas para garantizar el futuro de nuestra nación”. También en la dimensión doméstica: “Cuando llegue tu padre tomaremos medidas…”, “En esta casa hay que tomar medidas…”, “Nunca tomás ninguna medida a tiempo…”.
La cuestión es “tomar medidas” caiga quien caiga y, esencialmente, no expresarlas de manera directa o clara, sino con un porcentaje de misteriosa ambigüedad. Pues se suelen “tomar medidas” polisémicas. En un mismo paquete de providencias, pueden convivir medidas de diferente tamaño, color e intensidad. Algo así como administrar una pastilla de aspirina o ejecutar una cirugía cardiovascular. Da igual. Siguiendo este hilo galeno pueden gestionarse con o sin anestesia. La cuestión es “tomar medidas” lo antes posible, para que el enfermo imaginario de Moliere no se nos muera antes que termine el carnaval.
El Griego pidió una botella de Amargo Obrero y retomó la palabra. “Tomar medidas” desde un punto de vista fáctico remite a la operación de realizar acciones concretas o adoptar decisiones con el fin de afrontar una circunstancia determinada.
No estamos hablando de “medidas” en el plano de la mensura, me viene a la mente el magnífico libro de Daniel Kehlman: La medición del mundo. En el cual Carl Friedrich Gauss y Alexander von Humboldt sueñan el sueño de comprender el mundo, Gauss apenas asomando fuera de su residencia en Gotinga, y Humboldt asumiendo serios riesgos en sus aventuras geográficas por Sudamérica.
El Negro Aristóteles lo interrumpió preguntando si era el mismo Humboldt que anduvo de juerga con Bompland. Porque ese Bompland medio quedó en banda por Corrientes.
El Griego se clavó el último trago y advirtió, voy a hacer foco sobre la dimensión simbólica de mandatos que intervienen sobre sujetos u objetos. Por favor no me distraigan con boludeces. Me refiero a actos que pueden, o no, tener en cuenta factores éticos o que alteren la esencia de lo afectado. Entonces, pasamos por alto la medida en acepción numérica (física) y nos enfocamos en el concepto de medida desde su sentido ontológico. A partir del patrón de realidad que utilizo para considerar, quizás juzgar, otras realidades ajenas a mis convicciones, puede que si no se encuentran cercanas a mis intereses deba modificarlas. Aquí entra en juego la necesidad de “tomar medidas”. En este caso el concepto de medida está relacionado con la noción de “dar una orden”, porque no me satisface el encuadre de mi entorno. Para mí, hay un cierto “descontrol” y debo “tomar medidas”. Enfatizo el aspecto egocéntrico que no tiene en cuenta la opinión del otro. Quien suele “tomar medidas” que afecten a otros, resultó aplazado en la materia “Respeto de la alteridad”. Cabe aclarar a esta altura de mi diatriba, que no desmerezco mandamientos que hacen al bien común, sino las consignas sectarias que responden a intereses solapados. Como los tipos que se comen todos los “maníes”.
El Rubito, primo de los Peaky Blinders, guardado en Misiones por un tiempo porque mató a otro pandillero de Manchester, aportó que el filósofo inglés Hobbes ya advirtió sobre la confusión entre dar una orden y aconsejar. El que manda utiliza el imperativo “Haz esto”, lo contrario de dar un consejo. Lo que hoy está pasando en casi todo el planeta y, en particular, en la Argentina. Sin embargo, la cuestión de “tomar medidas”, esa obsesión mental, nació en la Edad Media. Pero hacia el siglo XVII surge un filósofo alemán atípico Christian Thomasius, quién al reflexionar sobre las normas tiene en cuenta los mandatos como preceptivas que generan obligaciones que pueden dar lugar a daños injustos y ventajas inmorales. Si “tomamos medidas”, o sea mandatos imperiosos, nos caerá encima la sanción humana, otros hombres nos castigarán. Una ética para nada natural. Se manifiesta el temor, se aplica una coacción sobre la voluntad individual y colectiva. Lo contrario del mandato es el consejo, y este conlleva esperanza. Se notaba la prosapia europea del Rubito.
Pero llegó el turno del Tano Genaro y para él, aunque la realidad actual es: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate (“Abandonar toda esperanza, quienes aquí entráis”) la inscripción que Dante Alighieri encuentra en la puerta del infierno, antes de emprender su viaje. Hoy estaríamos, nuevamente, más cerca del Arbeit macht frei, frase alemana cuya traducción es el trabajo hace la libertad o con el trabajo se consigue la libertad y que coronaba la entrada a los campos de concentración.
El acto de decidir por mí mismo el destino de los otros, implica factores que suspenden la existencia real en la nada, se comprometen vidas sin medir consecuencias, en solitario. Sin importar la naturaleza, la sociedad ni Dios. Nada ni nadie interviene en mi arbitrio de “tomar medidas”.
El Griego remató y pidió que le anotaran una botella de licor Tres Plumas y para darle un poco de seriedad a esto de “tomar medidas”, nos contó la biografía de Groucho Marx. Resulta que tuvo un padre sastre: “el más inepto” que podía existir. “Nuestro vecindario estaba lleno de clientes de papi. Era fácil reconocerlos por la calle, porque todos andaban con una pierna del pantalón más larga que la otra, una manga más larga que la otra…” Evidentemente el papá de Groucho Marx, debió prever “tomar medidas” a tiempo y haber sido cocinero.
Luego de varios tragos, fue lapidario. Por estos días en la Argentina, si no se aplican las “medidas” del DNU, nos han amenazado con “catástrofes sociales de proporciones bíblicas”, equivale a perder el decorum que remite a la magnanimidad para con el prójimo. Porque esta sentencia es una decisión arrogante cercana al pensamiento luciferino, aunque semeja a la rabieta de un personaje evangélico que destroza furioso las Tablas de la Ley porque, después que se tomó el trabajo de bajar del Monte Sinaí, va y encuentra a la peña adorando un becerro de oro. Y si la gente decide adorar toros y terneros ¿De qué va tanto escándalo? A lo mejor se logra bajar el precio de la carne y recuperamos nuestro asadito familiar de los domingos. Sólo se trata de “tomar medidas”. O no.
Dobló la esquina y pasó frente a nuestra mesa la piba Gigliola, la hija del verdulero. Y el Negro Aristóteles se puso a cantar una de Rada: “Los muchachos de la barra callejera / Que sentimos el candombe bien de bien/ Nos sentamos a cantar en la vereda / Con tambores algún tango de Gardel / Y una muchacha que pasaba / Relojeando el tamborín / Suavemente me decía / Que calor hace en abril…”
El Griego dijo: Se me hace que el Negro está enamorado. Hay que tomar medidas.