
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico.
-A ver, a ver -dijo el Juez, frotándose los ojos -vamos a ver si nos entendemos.
La sala estaba llena de gente, estaban los acusados, había abogados defensores y fiscales, testigos verdaderos y falsos, periodistas, curiosos, gente de la calle, vecinas de la esquina. Y por supuesto la jefa de los organismos represivos y sus segundos. El juez se dirigió a uno de los imputados,
-Usted ¿qué hacía allí?
-Yo trabajo allí -respondió el aludido.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Soy peluquero. Estaba en la peluquería, porque es mi lugar de trabajo.
La jefa de la pesquisa se movió incómoda en su asiento, levantó la mano como en la escuela y habló fuerte.
-Con permiso, su Señoría, este señor que dice ser peluquero, aunque no tiene título habilitante, y es de origen paraguayo, iba a recibir el paquete.
El paquete que iba a recibir, según la versión de la funcionaria, venía de los países árabes, dijo, y era Trinitrotolueno. El Juez levantó las cejas.
-TNT, señor, y otras cosas -habló ella.
Hubo flashes y rumor en la sala. El juez pidió silencio y dio un martillazo, pero había silencio, ese rumor no molestaba para nada, y el martillazo, sobraba. Se escuchó a uno de los defensores: era una ridiculez mandar por encomienda, como si tal cosa, 35 kilos, según comentarios, de un explosivo; dijo que eso no pasa ni en los cuentos. El juez miró a otro de los acusados,
-¿Y usted qué hace?
-Soy profesor de ping pong.
-¿Vive de eso? ¿De dónde es?
-Vengo de Colombia donde tengo una cadena de gimnasios. Ahora iba a abrir uno en Argentina. Señor, vivo de esto, doy clases en mis escuelas y de manera virtual, previo pago de un pequeño estipendio Pin, pagan, pon, enseño, ¿está mal?
Hubo otro murmullo en la gente. Y de nuevo ¡Silencio! y el golpazo.
-Si me disculpa, Su Señoría -habló de nuevo la funcionaria investigadora- este señor morocho que dice ser colombiano, es sirio libanés. No se deje engañar. El paquete que iba a llegar a Ezeiza, para el peluquero, debía ser entregado a este sujeto.
De nuevo ruidos en la sala. El juez aclaró que debía haber orden porque si no desalojaba el recinto. Pero era una advertencia superflua: no pasaba nada. Había orden, al menos en los expedientes. Las cámaras de televisión enfocaban a uno y a otro. Afuera los movileros entrevistaban a los que no pudieron ingresar, la calle estaba cortada al tránsito. Muchos canales transmitían en directo. Su Señoría se dirigió al otro acusado,
-Usted es el que hizo la denuncia del complot. Tiene carnet de periodista y se dice que es agente encubierto de la embajada de los EUA. ¿Cómo supo la preparación del acto terrorista?
-Porque estaba cortándome el pelo en la peluquería. También dándome un toque de color. Y usted sabe, señor Juez, que en las peluquerías se habla mucho. Quiero aclararle que soy argentino, y con mucha honra, e hincha de Racing.
-¿Y con solo esos datos llamó al 911, a la funcionaria aquí presente, a Cancillería y molestó al señor Embajador?
-No, Señor -respondió el interpelado – tuve otros datos: también me avisó de algo sospechoso, Pedrito Jerez, que es mi amigo, del Hotel La Española de la Avenida de Mayo, porque había una reserva a nombre del susodicho, y me dijo que a él le sonaba todo muy raro. Y a mí también.
-Permiso, Su Señoría -interrumpió la funcionaria especialista en contraterrorismo- este individuo es creíble, y gracias a él activamos los reflejos republicanos de defensa, pero no sabemos hasta qué punto, porque lo tenemos fichado como activista de una organización criminal indígena mapuche de la Patagonia…
-Estaba infiltrado – acotó el espía.
-…Y como agente activo de una banda de trata de personas -continuó la funcionaria.
-Eso no es cierto. Me hackearon el celular y difundieron algunas imágenes íntimas, privadas -se defendió el mercenario encubierto.
-Imágenes de pedófilo -aclaró un fiscal, que hasta entonces estaba callado.
-Calumnias -dijo el hombre.
El Juez volvió a refregarse los ojos, en una actitud de desorientación total.
-A ver, a ver -dijo a modo de resumen – Un peluquero perfumista, un profesor de ping pong colombiano o árabe, da lo mismo, y un espía free lance, por un lado: muy bien. Por otro lado, una encomienda desde los Países Bajos…
-Países árabes -corrigió la funcionaria policía.
-Sí, perdón, países árabes. Con, según tengo acá en la denuncia, bombas, fulminantes, cebos, cartuchos, rompe portones, barrenos y mechas varias…
-Y posiblemente, clorato de potasio -agregó la funcionaria -para fabricar bombas molotov, que iban a hacer pasar como fuegos artificiales, donación para la Navidad, de un jeque saudí.
-Encomienda que nunca llegó -dijo el Juez.
-¿Sabe qué pasa? -intervino un abogado- a mi defendido, el señor coiffeur, le pedían una coima de 900 dólares para entregarle el paquete.
-¿Quién? -pregunto el Juez.
-Yo no -dijo el profesor de tenis de mesa..
-Yo tampoco -siguió el espía o alcahuete marginal.
-El pedido era anónimo -aclaró la funcionaria -Aquí el problema, Su Señoría, es la planificación maléfica de un atentado, de estos señores, a una institución judeocristiana.
-¿Cómo judeocristiana? -quiso entender el Juez.
-Sí, sí. Si no atacan a los judíos, atacan a los cristianos. Son parte de una asociación patibularia internacional, especialista en ataques, no importa quién fuere. Ellos atacan, arremeten sobre todo contra la sociedad blanca occidental y las instituciones y los hombres de bien.
-¿Pati…qué? -preguntó un abogado que estaba medio dormido. Esa palabra no estaba en su léxico
El Juez se refregó de nuevo los ojos. Parecía que quería irse. Habló de jurisprudencia nacional y extranjera, citó artículos de leyes que nadie conocía. Se iba enardeciendo cada vez más con su discurso. Mencionó la impoluta ley madre de todas las madres santas. Mentó a Santa María, a la Virgen de Luján y a la de Itatí. Dijo que era inadmisible cualquier conspiración contra la patria, la constitución, la propiedad y la familia; pero no tenía pruebas. Se cuestionó dónde estaba el cuerpo del delito, que él, no encontraba.
Porque, se expresó fuerte, qué hay de malo en cortar el pelo a la gente, o en enseñar, raqueta en mano, cómo se devuelve una pelotita, o en chismosear con conserjes de hoteles que leen cartas de huéspedes, escuchan por el interno las conversaciones telefónicas, y espían por la cerradura.
-Eso está mal, muy mal -habló exasperado, dando un martillazo -pero hasta ahí no llega el brazo sagrado de la Justicia. Todos están libres -gritó de repente-retírense y no me molesten más en hora de la siesta.
Dio otro golpe, se levantó y se fue.