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Humpty Dumpty, Bibring y las selfies

    Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico

    Las palabras no deberían tener propietario. Deberían estar sueltas en el pueblo, para que la gente con ellas exprese sus necesidades, se celebre a sí misma, contagie sus alegrías y alivie sus tristezas. Cuando las palabras están prisioneras del poder político-económico-mediático, la mentira tiene piedra libre. Es lo que está sucediendo actualmente en nuestra tierra. No hablamos ni escribimos por nosotros, sino que somos hablados y escritos por otros.

    El problema, le diríamos a Humpty Dumpty, el de Alicia en el país de las maravillas, estriba en que, en vez de leer, somos leídos: nos privaron de la palabra. Humpty no tiene que ser el dueño del diccionario. Las palabras son de todos. La corpulencia, el espesor de todos los términos, sus profundidades, se han transformado -intencionadamente- en chatura, en algo plano, en las dos dimensiones de la imagen.

    Por eso nos exhibimos todo el tiempo. Por eso actualmente el sujeto no se construye desde la interioridad de cada uno, sino desde la mirada del otro.

    La sociedad de hoy día desplazó a la palabra, porque solo necesita la confirmación de la mirada ajena. El “visto”. Algo así como “yo valgo o yo soy, o yo existo, porque estoy en FB, en Instagram, en grupos de WSP”.  Allí trato de mostrarme interesante, de tener amigos (muchos, si es posible) y seguidores, de hacer cosas, que aunque sean tontas, parezcan maravillosas.

    Entonces subo una foto desayunando con medialunas y café espumoso en primer plano, o comiendo empanadas y levantando una copa de vino, como si eso fuera importante, lo más sublime de un sábado a la noche. No lo digo por despecho, ni por envidia, lo digo porque parecería que esa imagen gastronómica, brindis incluido, tendría que guardarse en la intimidad; concepto este, ya antiguo.

    El smartphone, como si fuera una bomba de las que tiran paneles, edificios, construcciones, tumbó las paredes, los límites de las casas, para transformar la intimidad en extimidad. Lo privado ahora es expuesto. La gente se exhibe motu proprio, nadie la obliga, es “la onda”, porque es cholula.

    Pero además parece que debemos estar conectados en todo momento, online constante. Esto lleva a la dispersión, por eso somos cada día más playos, porque tenemos la atención dividida en tareas simultáneas. Estamos en la cultura del deslizamiento (con el dedo). Quizás por eso en la actualidad la estupidez humana se ha agravado, y los chicos aprenden mucho menos. Andamos por la calle mandando mensajitos, o en el auto, con el semáforo en rojo, contestamos un WSP.

    ¿Qué nos queda?

    Creo que lo mejor es reflexionar, pensar por nosotros mismos, abrazar a la palabra, ya no solo con las extremidades superiores, con las manos, sino con toda la anatomía. Estrecharnos fraternalmente. Nuestro cuerpo unido al cuerpo de las palabras.

    Dos pequeñas observaciones. Antes de los chirimbolos electrónicos actuales, antes de la informática, también hubo guerras, porque falló el diálogo. La palabra, hay que decirlo, estuvo ausente cuando podía haber servido para conocer acuerdos y diferencias.

    En segundo lugar, la imagen de la Biblioteca de Londres bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, la Holland House, con sus anaqueles ordenados después de la desgracia podría ser un símbolo de que a pesar del desastre la esperanza sigue ahí, firme. Lo digo así así porque lo creo así. Porque sabemos que en los folios, en las hojas, en los capítulos de estos volúmenes y de todos los libros de todas las bibliotecas del planeta, se preserva la memoria de la cual nace la esperanza. Sin memoria los dirigentes sociales y políticos, el pueblo todo, sufre las consecuencias del Alzheimer social, y las pifias vuelven a cometerse.

    Hace 20 años el pueblo argentino y sus gobernantes cometieron los mismos errores de ahora. El año pasado (2023) en diciembre, el pueblo sin la memoria de las palabras eligió repetir una triste experiencia pasada. Ya en enero 2024 comenzamos a sufrir las consecuencias del olvido, de la ignorancia, de la intolerancia y el desdén por el prójimo. Sucedió como con las guerras. Seguimos equivocándonos. Continuamos repitiendo tropiezos.

    En los libros se guardan los recuerdos de la humanidad. Y los sueños. Son los libros los que transportan el oxígeno de la libertad.

    ¿Qué falta, entonces? Falta esta secuencia de gestos de los tres hombres de la fotografía. Que, en realidad, si la miramos bien, son un solo hombre: uno que mira y elige (el de la derecha), el otro que trata de sacar el libro elegido (el hombre del primer plano a la izquierda), y el tercero: ya lo sacó y lee (el de la izquierda, atrás).

    Y falta que aprendamos. ¿Cómo? Recuperando la palabra de los libros. Y escuchando, como en aquellos viejos buenos tiempos de nuestros abuelos, la palabra de los mayores. Si algo sabemos los que, ahora, leemos este artículo, es porque lo hemos aprendido de los libros, y si alguien nos enseñó algo es porque lo leyó en los libros, o porque oyó a sus padres.

    Parafraseando a Bibring (es el tercer señor, que en la foto ya está leyendo) que escribió que su sociedad metida en el conflicto bélico, excluía la vida, nosotros podemos decir que nuestra sociedad contemporánea excluyó a la palabra, y que, a pesar de los Planes de Lectura, no lee nada.

    ¿Qué está leyendo Bibring? Está leyendo justamente un libro de historia, era el quinto tomo de la Historia de Polibio (203-120 a.C.). Lo sabemos porque ese hombre, que era empleado de la Biblioteca, llevaba un diario y anotó hasta la página y los párrafos que repasó luego de la destrucción del día anterior.

    Lo que nos falta -entonces- es que “movamos” la biblioteca, que abramos los libros. Falta lectura. Lectura de historia argentina y latinoamericana. Si no leemos no podremos recuperar la palabra. Falta “desarreglar” esta y todas las bibliotecas de la Tierra. Pero no con una bomba, sino con las manos y los ojos; y cotidianamente.

    Para continuar -o empezar de alguna vez por todas- la búsqueda y la construcción de un mundo mejor.

     

     

     

     

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