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Inteligencia Artificial

    Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico

    Dejemos en claro algo básico: la Inteligencia Artificial (IA) no piensa. No piensa en el sentido clásico, de desarrollar ideas nuevas, porque no conceptualiza; combina las viejas ideas. La IA permite elaborar nociones y representaciones en base a su banco de datos, no en base a los sentidos ni al entorno, ni motu proprio.

    Como toda técnica, no es neutra. Cuando alguien inventó el cuchillo, por ejemplo, sirvió para comer, pero hubo gente que lo usó para matar. La pólvora era para fuegos artificiales, no para las armas.

    Quizá la tecnología es la maña que utilizamos para extender las capacidades humanas. El lápiz, el teclado ¿no son la extensión de la mano? ¿La calculadora no nos evita sacar cuentas? ¿Google no nos ahorra memoria?

    Y aquí podría estar un problema: la anatomía cambia según el uso. Si los pies cambiaron con los caminos pavimentados romanos y el uso de calzado, si la mano hipertrofia el pulgar (por los deslizamientos de pantalla) y empequeñece a los otros dedos, qué puede pasar con el cerebro que ya no necesitará almacenar datos.

    Otro problema consiste en antropomorfizar la IA, acusándola del peligro de querer reemplazarnos. Le asignamos un ánima con intenciones siniestras.

    La IA no tiene alma, ni intenciones, ni es siniestra: no piensa en nada. Somos nosotros los que andamos con cola de paja. En vez de temer fantasmas, pensemos, investiguemos, leamos historia. Tal vez de este modo, evitaríamos, entre varios desaciertos, votar en las elecciones a nuestro verdugo, el que ahora nos pone la soga en el cuello.

    Lo que habría que hacer es lo que no se hace: abocarse al tema, ubicarlo en la agenda, legislar, regular la aplicación, poner normas sobre el uso “del cuchillo”. Hay que llamar a los expertos, abrir el debate, comunicar a la población, señalar a los interesados en esto o aquello (siempre están los negocios atrás) y sacarse el miedo. Porque los cucos nacen de la ignorancia.

    ¿Sabían que la IA habla todos los idiomas, pero no entiende ninguno? ¿Conocían que carece de deseos, que reacciona ante una obra de arte sumando y restando reacciones de miles de opiniones anteriores, y no las de ella (porque no tiene propias)? ¿Estaban enterados que la IA puede hacer una novela con el estilo de García Márquez, si la cargamos con todos sus libros anteriores, artículos periodísticos, entrevistas, etcétera, pero jamás será una nueva novela de García Márquez?

    La IA dice frases por el método de probabilidad estadística, “conoce” que luego de un determinado término va otro también determinado, porque eso es lo más probable, consultando millones de archivos en un instante. Pero una cosa es la gramática (que domina) y otra la semántica (que ignora). La IA es como el loro, repite sin saber qué dice. Si permite el ingreso a las Universidades o los exámenes, es porque copia, ahí lo que falla es la Universidad y su método de evaluación.

    Ahora está de moda, una serie de “juegos creativos” con imágenes de famosos o de gente común, en videos pornográficos, o casi, incluso se la utiliza como consulta científica, creyendo que la IA guarda una lógica objetiva; nada más erróneo: la IA es una suma monumental de subjetividades.

    Un peligro concreto, esto sí es un riesgo inminente, de la IA es la destrucción de trabajo, el aumento infinito del almacén de datos (que nosotros damos gratis a través de Internet), que es un commodity valiosísimo para la publicidad, el manejo político, la vigilancia o el control de la población.

    El programa AlphaGo derrotó al campeón mundial de go. Luego una generación más moderna de la máquina, ganó cien a cero, a la versión anterior. La Deep Blue de IBM triunfó frente al campeón de ajedrez Kasparov, pero como después el humano volvió a ganar, hicieron la Deeper Blue (1997) y definitivamente derrotó al campeón de mundo. La máquina podía calcular 200 millones de posiciones por segundo.

    Ahora una cosa, ninguna de estas invenciones podía abrir una puerta, decir “te amo” sin que viniera a cuento, o “asustar a un notario con un lirio cortado” (Neruda dixit). 

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