
Por NEACONATUS
Hoy, casi nadie quiere estar en ninguna parte. La ansiedad que nos provoca esta crisis (¿terminal?) nos lleva a movernos lo menos posible. Por causas naturales y materiales. Pero existen instancias inevitables, que nos obligan a concurrir a algún lugar. Y debemos juntar retazos de voluntad de dónde podemos para ponernos en marcha.
En realidad, todo está vinculado con la noción de atención. Esta puede ser considerada como espontánea o voluntaria. Filósofos como Destutt de Tracy afirmaron que la atención es un estado de ánimo que supera todo esfuerzo consciente por mantenerla en acto, por una cierta temporalidad, más o menos, permanente en el tiempo. O sea que su duración puede ser limitada.
He aquí que, al factor de la atención, debemos sumar una “obligación del ánimo” en tanto alma convocada, officium animi. Otros jurisconsultos escolásticos hablaron también de una “obligación del corazón”, officium cordis.
Asimismo, cabe considerar que la atención es una experiencia existencial, dado que dicha actitud es propia de quienes, de manera formal, deciden “estar en el mundo”. Abiertos al entorno vivencial, algo que nos diferencia de los animales. Pero ¿Qué sucede cuando un ser humano declina perseverar en el “estar atento”? Pues, decae su potencia y energía de conciencia. Signos posibles, y muy evidentes: comienza a bostezar, se rasca la nariz, no logra acomodar sus nalgas sobre una silla, le lloran los ojos, divaga su mirada hacia un infinito inexistente, en fin, comienza a sentirse muy incómodo en la forma de “ser y estar” en el fragmento de mundo circundante que lo rodea. Sintetizando, no soporta más estar en un lugar.
Las reuniones sociales, digamos aquellas cuyo número de personas ronda entre diez y cien o doscientas, pueden ser de muchísimos tipos o caracteres: desde un velorio a un casamiento, una presentación de libros, la entrega de diplomas, el otorgamiento de un honoris causa, la asunción de un cargo, por ejemplo, municipal, etcétera. Estos conglomerados anatómicos poseen la impronta del protocolo; o sea actos y ceremonias oficiales y oficiosas que siguen determinadas reglas. Pueden ser más o menos laxas, pero son reglas al fin, y hay que cumplirlas. Por lo tanto, requieren que se les preste atención. Una vez más surge el concepto germinal: presencia y urbanidad comprometida con en el modo de tener en cuenta los acontecimientos que nos interpelan.
Estas reglas de las confluencias generan tedios insoportables. Podríamos citar también peñas, mítines, asambleas, conferencias, concilios, corros conspirativos… y seguir casi hasta una cuadra antes de la eternidad. No importa cómo se llamen, son juntadas variopintas a las que uno es invitado o llamada (también de múltiples maneras) por un grado de acercamiento parental, fraterno o de simple camaradería de cófrades.
Como aporte solidario para mitigar la necesidad de huir adonde sea, pero muy lejos de este lugar fantasmático, aportamos algunos ejercicios prácticos.
La técnica de Michael Jackson
A los velorios, casi siempre, debemos asistir por consanguinidad con el fallecido/a, al cual posiblemente no vemos desde hace treinta años. Nos encontraremos con primos añosos, con tías que están en tratamiento oncológico, con adolescentes extraviados y primos olvidados con cara de ocasión. Imposible saber a quién saludar, o qué preguntar, en el sentido de quién es quién, porque seguro la mayoría es desconocida, además, como la vida trastorna el devenir, ya hay nuevos matrimonios y los hijos son de la primera mujer o del segundo marido, y si se recuerda a alguien es estadísticamente probable que también ya se encuentre muerto. Es en esos momentos cuando uno toma consciencia de la crueldad del tiempo, porque todos están viejos, blancos, obesos, reumáticos o diabéticos o con varios stens o sin una pierna. Y en cada uno de los presentes hay que ejecutar las reglas y las frases que vienen repitiéndose hace siglos. Lo siento mucho. No somos nada. ¿Qué le pasó que estaba tan bien? Pero ahora va a descansar. Mis pésames.
Y es natural que uno quiera irse, no digo salir corriendo, pero se puede comenzar por ir caminando hacia atrás con la vista siempre al frente, retroceder desde los cirios y el cajón, hacia los ramos de flores, pasar, reculando, por la sala donde sirven café y sanguchitos de miga, y continuar replegándose, siempre mirando hacia los deudos, llegar al exterior de la funeraria, cruzar sin darles la espalda, superar los jardines, finalmente pisar la vereda, cuidando no tropezar, para doblar la esquina, momento ¡ahí sí! en que se puede dar vuelta y apurar el tranco, a toda carrera, en dirección al horizonte.
Es una destreza inspirada en Michel Jackson, hacer sus pasos de baile como caminando siempre en el mismo lugar. Imaginemos una posible fuga. Puede aplicarse esta habilidad, por ejemplo, en el velatorio de un tío brasilero que se llamó Meopilato Alcíbíades Loreiro, Meo, para los íntimos, que vivió cien años molestando al resto de la familia con caprichos dictatoriales. Construyamos la imagen del tirano.
Cuando en su casa se juntaban a comer, hijos, parejas y nietos y bisnietos, él se sentaba en la punta más apartada de la mesa, y nadie podía hablar sin su permiso, ni tomar agua hasta el final de la comida. A veces se le ocurría agregar mayonesa a su plato, para eso alargaba la mano con una cuchara y traía el cremoso aderezo, desde el otro extremo, que por supuesto iba cayendo sobre el mantel durante el trayecto. Todos veían ese enchastre, pero ¡cuidado Jesús! Nadie podía decir nada, ni siquiera acercarle el bol de la salsa. El reguero de mayonesa amarilla, de un extremo al otro de la mesa, era una obra de arte.
Resulta que por un albur del destino nos toca vivir la experiencia del último adiós al tío Meo, no lo veíamos hace añares y una nieta, contó que al fin murió el abuelo, nos sentiremos en la obligación de concurrir al velorio. Pero el acto de dolor y pesar durará poco.
Huir con el método de Michael Jackson resultará un éxito. Lo promocionamos sin interés pecuniario, ni pretendiendo monetizar por el copyright, solo para comenzar a capacitar a nuestros lectores en el arte de la fuga solapada, en uno de los escenarios más plúmbeos a los que debemos enfrentarnos en la vida: los velatorios.
El modelo Macedonio Fernández
Nos inspira la obra de un autor más pensador que escritor. Y montamos nuestra evasión subrepticia en una cena de Navidad. Cabría especificar si la situamos en el hemisferio norte o sur. No creemos que la toponimia influya demasiado, ya sea en España o Argentina siempre existirá un cuñado propenso a tomar de más, y uno a no esquivar el bulto, con tal de soportar la paliza, a botellas de cerveza, vino, sidra o cava. Con la que está cayendo no creo que podríamos beber más que “pajarito” carcelario, cáscaras de mandarinas fermentadas, mezcladas con azúcar y aguarrás.
Bien, nuestro familiar toda la noche nos dará la lata con seminarios exprés sobre diversos temas. El favorito será, sin duda, la mecánica automotriz. Pero pueden colarse enlaces a la robótica, la física cuántica o la inseminación artificial del ganado vacuno. Habiendo trascendido el tiempo la medianoche, será operación ineludible: huir. Pues entonces es cuando tomamos la palabra luego de intensos esfuerzos, y comenzaremos la estrategia del no-ser propuesta por Macedonio Fernández en su indefinible libro Todo y Nada. ¿Cómo? Pues diciendo cosas fértiles, verdades, certezas que nadie comprenderá. La sorpresa, avalada por los excesos etílicos de los comensales, nos concederá pocos minutos de silencio en la fiesta navideña. No se deben desaprovechar. Atacaremos de inmediato con una perorata sobre la Utopía de Tomás Moro y, sin dar tregua, narraremos como los habitantes de una isla fabulosa detestaban el oro a tal punto que lo destinaban a la fabricación de orinales. Preferían comer y beber en platos y copas de arcilla. Será una alocución tan cierta y sorpresiva que logrará el efecto deseado. Madres, abuelos, primas, parejas, hijos y, sobre todo, nuestro inefable cuñado, considerarán que nuestras palabras han sido un pasajero soponcio. Y nadie recordará que uno siquiera, ha existido. Cuando regresen de su estado de inconciencia, ya no estaremos allí.
Basta por hoy, muy pronto regresaremos con nuevas técnicas para lograr fugas de lugares y circunstancias donde no queremos o estar o padecer. Por ejemplo, la actualidad.