
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico
Pocos días atrás Carlos Piegari elucubró la posibilidad de que estuviéramos ante un nuevo género literario, el Gótico Político. En este artículo, sigo el hilo de conexiones y planteo la posibilidad de un Kintsugi Político. Aunque desde un sutil arte japonés, termino en una sórdida Chinatown. Subamos al tren fantasma de la argentinidad e iniciemos un viaje de pesadilla.
¿Cuántos de nosotros antes de abrir un libro nos lavamos las manos? ¿Y previamente a escribir? ¿Antes de hacer el amor con la literatura, nos bañamos? Nos lavamos las manos antes de comer, como un acto de higiene. Está bien. Sin embargo, en el diario trajín no andamos meta jabón y enjuague, aún no estamos tan neuróticos. Pero tomemos ese acto de aseo de manera simbólica cuando vamos a realizar una acción de importancia. Ese “estado de pureza” es necesario que consigan, por ejemplo, los políticos argentinos, y los que deciden sobre millones de compatriotas. No que se laven las manos a lo Poncio Pilatos, sino que la tengan limpias de toda otra intención que no sea sanar las heridas de la patria.
Hace cinco siglos, en un Japón devastado por guerras inacabables, apareció el Kintsugi, la técnica de arreglar fracturas de cerámica. Al Shogún Yoshimara se le cayó el recipiente favorito para beber té. Los consejeros del monarca le sugirieron que permita a los artesanos japoneses que unan los fragmentos. Lo hicieron. Con paciencia, barniz y resina bañada en oro, el tazón quedó aún más bello; superó al original, como si fuera la síntesis del horno de la dialéctica. Pero primero, los artistas se lavaron las manos. Después, como un rito sagrado, fueron incorporando las piezas. Todos los segmentos estuvieron incluidos, hasta las partículas más pequeñas. La depuración y la inclusión, quedaron como claves del éxito.
Podríamos trasladar el cuento del pocillo roto a la noción de una Argentina que posee una historia de quebraduras sangrientas. Desde El Matadero (Echeverría), pasando por La Resfalosa (Ascasubi), La Fiesta del Monstruo (Bustos Domecq), El Fiord y El Niño Proletario (Lamborghini), Operación Masacre (Walsh), Maestras Argentinas, Clara Dezcurra (Fontanarrosa), hasta el libro Nunca Más, por nombrar las obras más conocidas, que ficcionalizan o señalan el horror del asesinato o el desmembramiento.
El problema que tenemos es que nuestros líderes políticos, sociales e intelectuales no supieron nada del arte kintsugi, ni siquiera como actitud filosófica, que comienza por humedecerse el jabón neutro, mejor si es detergente, y fregarse los dedos y el alma.
En nuestro país hay que buscar una forma de baño que limpie el odio, porque con odio e intolerancia los trozos no se pueden soldar. Cepillarse el odio es fundamental si se desea construir algo, luego vendrá el pegamento. Pero solo a posteriori de un baño de inmersión en la humildad, de reconocer al otro y de necesitarlo para sellar las separaciones. Lo que no comprenden los dirigentes actuales (los pasados, tampoco) es que todos los sectores son imprescindibles.
Ahora, este año 2024, vemos que los añicos parecen que volverán más separados y con más estropicios o, como decimos en Misiones, hechos curubicas. Queremos ser optimistas, pero cada vez cuesta más. Porque las noticias nacionales son de un vodevil obsceno, y porque como dijo el mismísimo Presidente “con los mismos (que estuvieron antes), el resultado será igual” (o sea, el abismo) a pesar de lo cual llevó a esa casta que prometió en campaña, destruirla, y con motosierra (¿Puede aceptarse a un candidato a conducir la Nación que alardea con una motosierra encendida? ¿Qué seriedad puede haber en ese acting escabroso? ¿Puede así tratarse a un pueblo? La gente se reía, lo festejaba. El 30% votó a ese lúbrico que insultó y destrató al Papa, a otros Presidentes, a los gobernadores, a los legisladores, a los artistas y científicos: a todo el mundo que no piensa como él.
La hermosa jarra argentina que está rota, jamás se va a recomponer, si el o los encargados de reunir los lotes los distancian y agravian. Es lo opuesto al milenario arte japonés de soldar la cerámica. El panorama es aterrador. Y es grave.
Unos años antes Claudia Piñeiro en Una Suerte Pequeña, le haría decir a la protagonista de su novela y a Roberto, otro personaje, que el daño que los humanos se hacen quizás pueda ser reparado, zurcido, pero lo verdaderamente roto no se puede subsanar ni con grampas de metales preciosos, ni metiéndose al mar, ni rociándose con alcohol, porque los cascajos ya están muy lejos unos de otros. Claudia no le tenía fe al kintsugi, tal vez porque veía rajaduras insalvables que vienen desde 1810.
Insistimos: queremos creer, tener esperanza, pero los datos e imágenes que nos llegan son terriblemente descorazonadoras. Como están y como van las cosas va a triunfar no la unión de los fragmentos, sino el caos. Ganará el desorden. Entonces, parafraseando a Juan Rulfo, nos preguntamos ¿en qué país estamos, Agripina? Respuesta, en Argentina.
Podríamos hacer una analogía con una película famosa, y decir que estamos en Chinatown. Ese barrio de Los Ángeles (vaya nombre contradictorio) era, en la película de Polanski, un antro de perdición, de corrupción, de incesto, de avaricia, de decadencia moral, cooptado por villanos. A nivel país – ¡qué tristeza! – no estamos lejos de eso. Políticos traicioneros, mendaces y chapuceros, empresarios putrefactos, gestores de la estupidez, prensa comprada y viciada, jueces venales, manejados por un poder maloliente. Lejos están todos de acercarse al lavatorio, al jabón, a una ducha. Chinatown sintetiza la deriva sórdida del mundo.
En ese lugar trabaja Jake Gittes (Jack Nicholson) un detective de divorcios que va revelando una trama terrible. Gittes es una especie de Philip Marlowe ingenioso, mordaz, cáustico, algo cínico, bastante bogardiano: un duro.
Hacia el final (contamos el final porque creemos que todo el mundo vio el film) hay un desarrollo trágico que sucede justamente en ese barrio, monumento de la inmoralidad. Mientras Evelyn (Faye Dunaway) trata de escapar con su hermana/hija, la policía, que traicionó al detective privado, acribilla a balazos al automóvil, y la hiere de muerte. El perverso Noah (John Huston), un hijo de puta, herido en un brazo, levanta a la nieta/hija. Es una escena antológica: el diablo aúpa a la inocencia pura. El maldito encima solloza, en un supremo acto de hipocresía, como si negara todo lo hecho y dicho, entre el humo de la balacera (léase motosierra), las fuerzas de seguridad, la miseria alrededor, la injusticia, la postergación. Gittes se queja indignado (como podríamos quejarnos nosotros, en una Argentina desquiciada). Entonces, ante el triunfo del mal, se le arrima uno de sus socios en la investigación, con resignación, y hasta con lástima e impotencia, lo mira y le dice:
Olvídalo, Jake… es Chinatown.