
Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico.
La literatura no socorre a nadie, porque carece de esa función. No es un botiquín de primeros auxilios. No explica nada, hasta se podría decir al revés, confunde. No enseña, porque no es pedagógica, sino en segunda, tercera lectura, tal vez, nunca. Prima facie, no educa. Ningún escritor se sienta a escribir manuales. Antes les decíamos “libros de texto”. Eso hacen los profesores para que sus páginas colaboren con los alumnos. Ni sirve indefectiblemente para ser feliz, sino al contrario, muchísimas veces nos deja más conflictuados. Lo inverso son los libros de autoayuda. Están bien, pero no es literatura.
Tampoco para viajar de manera turística como por ahí se insinúa, sino más bien para conocer, si es que la trama lo logra, la ley de la selva de la sociedad humana. Tampoco está, de entrada, para entretener. Entretener es estar suspendido entre dos puntos. Por ejemplo, entre dos actividades, nos amenizamos con un libro, para hacer algo. Como hay que estar en la sala de espera del dentista, y las revistas de la mesita son viejas y aburridas, llevamos un libro. No. Podemos llevar un libro, claro, pero la literatura, creemos, posee otra ambición.
Quizás la literatura desee, buscando un secreto, dilatar el tiempo, nunca acortarlo. Y no sabemos bien, pero quizás también pretenda dilatar el espacio, nunca achicarlo. Porque la lucha del ser humano es contra el espacio y el tiempo. La arquitectura, la ingeniería, los científicos, la medicina, desenvainan sus armas para esa pelea. Para dominar a esos dos enemigos implacables. Es seguro que los escritores son solidarios con esa cruzada y se pliegan para hallar el tesoro impreciso, posible, que -dicen- está para ser buscado, desenterrado con palabras.
Casi seguro estas afirmaciones, encontrarán oposición. Porque el concepto de literatura que posee alguna gente, como fármaco bienhechor, como dieta sana, como ejercicio preventivo contra el Alzheimer, no concuerda con lo expresado aquí.
Bienvenido el desacuerdo. Desacuerdo que no refiere solo a cuestiones de diccionario, sino a la situación misma de quienes hablan, porque indica el lugar (lo pone de manifiesto) desde dónde se hace el discurso. Además, ayuda al intercambio y enriquecimiento de opiniones y posturas, sin necesidad de pelearnos, como te achacan cada vez que manifestás una disidencia, o señalás un problema o una situación, en vez andar cantándole loas al mundo, que es encantadoramente bello, justo, y que todo está bien.
Esta pugna (por decirlo de alguna manera) de dos concepciones se basa en que un sector sabe lo que es literatura, y nosotros, no. De semejante ignorancia solo queda decir (ya arriba, lo dijimos) algunas cosas que nos parecen que la literatura no es; y tratar de revelarla, escribiendo.
Pero más allá de las cuestiones en la definición, lo que nos gustaría resaltar es que no hay que temer el conflicto de posturas. Es natural que no estemos de acuerdo. Ni en páginas en prosas o en versos, ni en ensayos, dramaturgia, etcétera. Ni en cómo vemos la vida. Como tampoco en otros temas diarios vecinos de la literatura, que hay muchos, con el libro como centro de intentos de RCP, o la lectura y sus formas de decadencia, o la comprensión de textos, la ortografía, el encogimiento del vocabulario en los jóvenes, las pantallas, etcétera. Ni qué hablar de los sistemas de distribución, la distancia (¡en kilómetros!) de cada niño a un volumen, la falta de lectura de los propios escritores, de los docentes de Letras, o el impudor en la urgencia de publicar lo que sea, o el papel de la Universidad en cuanto al ambiente literario, o la ayuda oficial, etcétera.
Pero parece que nombrar aprietos o indicar dilemas es entrar en batallas innecesarias.
Fíjense que todos estos asuntos no están en la agenda. Nadie habla de esto, de proyectos, de esquemas innovadores; nadie critica nada (la crítica en Misiones no existe), no se escucha nada sobre los problemas editoriales, los encuentros de autores son un remoto recuerdo, los inconvenientes en la propaganda de obras y llegada a la gente en Posadas y en el interior son contrariedades de otra galaxia, las bibliotecas populares están libradas a la buena suerte…
Ya sé, va a saltar alguien que diga, que cada uno haga lo que quiera o publique lo que pueda. ¡Por supuesto! Ahora que la libertad avanza tienen la oportunidad. Da la impresión que estas discusiones que podremos darlas cuando lo deseen, son más intelectuales.
Quizás bastaría con dejar de ponerles memes, pulgarcitos y palabras como ¡genio! al final de la noticia de alguien que dice en las redes la buena nueva de su nuevo libro, cuando sinceramente sabemos que ese libro no va a pasar la criba del tiempo.
El desacuerdo básico no ocurre entre quien dice blanco y quien dice negro, sino entre quien dice blanco y quien dice blanco, pero no entiende lo mismo o no entiende que el otro dice lo mismo con el nombre de la blancura.
No hay un malentendido que podría deberse a la imprecisión de la literatura, sino una discrepancia frente a un convencimiento de esa palabreja, por parte de un sector de autores, y el desconocimiento de los verdaderos alcances del término, por parte de otros.
Ante el chivatazo de, entonces, para qué hablamos o escribimos sino sabemos de qué hablamos o escribimos, la respuesta es para buscar.
Buscar qué, el secreto corazón de las palabras.