
Por Carlos Piegari. Posadas, Barcelona. Escritor sofista
Leo a Georg Lukacs y encuentro una referencia que, desde finales de los años sesenta, no me pude quitar de la cabeza. Es una mención a la palabra “la cerca”. Corresponde a una poesía del poeta húngaro Mijaly Babits, titulada “Estoy cercando mi casa”. Los versos iniciales son contundentes:
Mis estacas, formadas en fila,
se yerguen como rígidos ulanos de guardia.
Protegen el rincón de tierra que es el mío;
son la justicia y la ley;
me dan la fuerza, son descanso y premio,
señal de que yo existo: las púas
de mi existir de erizo alejan a los extraños.
Babits formaba parte de la nobleza, murió en 1941. Tradujo al húngaro la Divina Comedia y fue activo partícipe de movimientos culturales progresistas (colaborador permanente de la revista Nyugat).
Lukacs analiza esta noción de “la cerca” y reconoce que posee una fuerte certeza de que la propiedad privada es la base de la personalidad burguesa. Lukacs menciona otro poema donde “la cerca” se hace presente, en la vivencia poética de Attila Jósef cuando escribe estos versos de “En los suburbios”:
Arriba, adelante… En torno de esta tierra repartida
llora, vacila y cae
la cerca de nuestro aliento,
como si se desencadenara la tempestad.
¡Tened valor!
¡Haced que se disuelva en llamas!
Cabe aclarar que en ambos casos la palabra “cerca” provoca asociaciones mentales críticas que interpelan la propiedad privada a partir de sentimientos e ideas sociales, ideológicas y morales. Bien vale, entonces, repensar algunas palabras e ideas.
Podríamos concebir que el lenguaje es sobrestructural, marca las ideas que sigue una sociedad y sirve a cualquiera de las clases que se enfrentan ideológicamente. Para Lukacs lo que sí sucede es el hecho de que las palabras provocan asociaciones diversas. La palabra “cerca” no impacta de la misma manera en alguien que “ocupa” un terreno deshabitado para construirse una casilla donde vivir, que en su dueño legal que se entera del intrusismo por su sobrino que fue a plantar soja y se encontró con el campito lleno de infractores. Pobre emprendedor agrícola, ¿qué hará ahora con los bidones de glifosato?
Las clases no se apropian de las palabras, sino de sentimientos y emociones. Las personas que nos gobiernan actualmente, y sus adherentes, usufructúan varios términos como mantras en loop. Competencia, mercado, libertad y una en particular, que me ha llegado recientemente a través de un flyer por las redes, ofreciéndome unas hermosas vasijas, porque el redactor supuso que yo era adicto a la excelencia. Pareciera que esta noción es posesión unívoca de determinadas elites burguesas (medio pelo diría Jauretche). Lo cual no quiere decir que no me gustan las cosas lindas, pero en este momento debo optar por un par de calzoncillos nuevos o un libro. Una contingencia, coyuntura económica que pronto pasará y superaremos a través de la flagelación colectiva culposa. Como decía un ministro español: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
¿Excelencia hay en la poesía color pastel que se recita en confiterías que rezuman confituras e infusiones aromáticas?, ¿excelencia poseen ciertas pinturas con marcos dorados a la hoja que representan una figuración plástica rococó propia del siglo XIX? y ¿excelencia mana de ciertos objetos decorativos (pueden ser de plata, porcelana o vitrocerámica) que sólo sirven para engalanar el living de un piso de 200 m2 que cada día lustra una mucama que viaja horas como ganado en un colectivo para cobrar en negro una miseria?
Basta de digresiones en plan Fresán. La palabra excelencia podría conectarse con Grecia a partir del Eudemonismo, que significa literalmente “posesión de un buen demonio”. Vaya paradoja. Llego al goce porque soy poseedor de algo demoníaco, un ente a mitad de camino entre lo mortal e inmortal. Como los perros de Milei. Pero en este caso estamos más cerca del demonio socrático que se encarga de decirnos lo que no debemos hacer. O sea, una prohibición que, en el caso de los objetos “excelsos” que consume una elite, los liberaría del mal… gusto.
Si uno se atreve a surfear por Internet puede encontrar boludeces de alto calibre: “La búsqueda de la excelencia posibilita que las personas se conecten con uno de los deseos más nobles del alma humana y más cercano a su felicidad: el deseo de superación personal.” Es inherente al eudemonismo una relación directa entre la felicidad y el bien. En consecuencia, la excelencia es nota característica de todo lo que está bien, por ende, legitima que nos sintamos felices, es el premio de la virtud. Pero también existe el anti-eudemonismo, donde la virtud es algo en si misma, independiente de la felicidad. De todos modos, coincido con Spinoza: “Todo lo excelso es tan difícil como raro.” Lo cual me otorga licencia para vincular las palabras “cerca” y “excelso” desde un punto de vista ético. Intuyo que ambas discriminan, separan, custodian, extrañan en el sentido de apartar. La cerca asegura una propiedad determinada, por ejemplo, el jardín de mi vecino. Lo excelso opera como custodio de una exclusividad con cierto tufo a desprecio. Mi vecino hizo instalar entre sus canteros de magnolias una fuente de mármol que de noche se ilumina con rayos dorados. Una belleza. Yo sólo pude darme el gusto de comprar un par de vulgares enanitos de yeso. Sin duda, y otra vez, coincidiendo con Lukacs la cuestión, “es exclusivamente el mundo objetivo que media las relaciones humanas, el estilo, el contenido ideal, el sentido y la forma artística” … Porque todo esto determina “las relaciones humanas bajo las cuales los objetos desempeñan su función mediadora.” En este caso el “excelso” jardín de mi vecino con su cerca y fuente de mármol, ante mis dos “nada egregios” enanitos policromados. Quizás, cuando nos cruzamos, por eso él no me saluda, alza la cabeza, mira al cielo y refunfuña: “¡Válgame dios esta gentuza del barrio”!
Excelso, amigo Carlos, excelso.