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Arguedas y Cortázar

    Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Escritor y médico.

    Arguedas y Cortázar fueron coetáneos; pero vivieron y escribieron en ambientes totalmente distintos. Para Cortázar el escritor debía ser puro, desligado de las pasiones y contubernios del poder. Tardíamente apareció su compromiso político (y habría que ver hasta dónde). No es casual que su mejor literatura sea fantástica. Para Arguedas, en cambio, la literatura era una plataforma para la denuncia y la reivindicación social.

    En ninguno de los dos, la palabra escrita debía ser pasiva, pero ¿cómo se escribe? Es aquí donde se separaron.

    La polémica se había iniciado en 1967 cuando, a pedido de Roberto Fernández Retamar, Cortázar mandó una carta, publicada en Casa de las Américas (núm. 45) con reflexiones sobre la condición del escritor latinoamericano. José María Arguedas reaccionó con una actitud distinta. Así comenzó un cruce de posturas aparentemente irreconciliables.

    Para Cortázar la visión telúrica de Arguedas era estrecha, parroquial, aldeana. Él, Cortázar, se situaba en un cosmopolitismo totalizador, hegemónico, de la cultura y la historia. Abominaba el credo de los escritores que “casi siempre por falencias culturales se obstinan en exaltar los valores del terruño contra los valores a secas, todo lo cual es preámbulo a los peores avances de un nacionalismo negativo”.

    Arguedas le respondió “todos somos provincianos, provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”. En una carta personal, que se publicó en Marcha (Montevideo), después de su suicidio, le escribió al autor de Rayuela “La literatura, requiere, como bien los sabes tú, el don especial de sentir el vínculo que existe entre el universo, el hombre y el mundo”.

    ¿En qué medida el lugar, desde el cual se escribe, condiciona el discurso intelectual?

    Cortázar decía que para él era necesario tomar distancia de su país. “Si me hubiera quedado en Argentina mi madurez de escritor se hubiera traducido de otra manera, quizás más satisfactoria para los historiadores, pero menos provocadora”. En una entrevista don Julio afirma que “A Arguedas le fastidia que yo haya dicho que a veces hay que estar lejos para abarcar el paisaje” (1). Arguedas, en cambio, argumentaba que prefería escribir in situ, identificarse con el lugar, con la tierra y sus habitantes.

    Juan Carlos Onetti dijo que “Arguedas elogió el talento de Cortázar, pero lamentó que no se preocupara por la gente pobre, los humildes, sobre todo los indígenas; y Cortázar le contestó de una manera muy desagradable para mí, diciéndole: “Ud. está tocando una quena en el Perú, y yo dirijo una orquesta sinfónica en París”. Eso fue una grosería, sobre todo conociendo a Arguedas, uno de los hombres más dulces que he visto. ¿Y cuál fue la respuesta del peruano a Cortázar? Nada ofensiva, lo invitó a que lo hiciera. Pero aquello de Cortázar fue una miseria” (2). 

    Pero algo colateral sobrevoló la discusión: el peso que da vivir en Europa y ser considerado por el sistema como un exitoso hombre de letras. El prestigio que otorga ese domicilio y certifica su nivel: pertenecer a un campo intelectual y literario reconocido.

    Para Arguedas no bastaba vivir en el lugar donde se escribe: había que pertenecer al mismo. Pertenecer realmente, no cohabitar, no pasar como vecino, sino ser parte consustancial del territorio. El peruano descreyó de la lejanía como condición de escritura. Y en cuanto al reconocimiento de pares y de críticos, lo tenía sin cuidado, más aún, manifestó un profundo desdén por quienes llamaba (como Juan Manuel de Rosas) “los doctorcitos”. La confirmación de que algo era literario no la daban los académicos ni el volumen de ventas.

    Pensamos a la distancia, que estaban más cerca de lo que ellos mismos creían. Cortázar lamentó no haber resuelto el entuerto, más aún cuando supo que Arguedas le había confesado a Ariel Dorfman, antes de morir, que sentía mucho que su obra no fuera tenida en cuenta.

    Lamentablemente ambos escritores impidieron el diálogo. Simplificaron la posición del rival. Pero la cosa iba mucho más allá de la cuestión del lugar (aquí, en los pueblos de Latinoamérica, o allá, en París, Berlín, Barcelona, Buenos Aires o Lima). El quid del asunto era “desde dónde se escribe”. Ese adverbio interrogativo no apuntaba, ni apunta, al sitio físico de residencia del escritor, sino al sitio del escritor en la literatura.

    Algo a propósito: en 1936 Walter Benjamin, en un ensayo, identificó dos tipos de contadores de historias, “el que viene de lejos” y “el hombre que ha permanecido en casa, y conoce las fábulas y tradiciones locales”. Y recuerdo el caso de John Berger, que por los años de la disputa que comentamos, dejó Londres y se fue a vivir a una chacra en Quincy, en los Alpes franceses, donde siguió trabajando de artista y como cualquier campesino, la tierra, por más de cuarenta años. Y antes hubo escritores y pintores que “huyeron de la civilización” y continuaron produciendo en un ambiente de naturaleza, alejado de las grandes ciudades. ¿Quiroga no fue uno de ellos? ¿Y Robert Stevenson?

    Actualmente la revolución en las comunicaciones achicó el mundo (no lo agrandó), y -creemos- eliminó complejos (que Arguedas no tenía, al contrario, estaba orgulloso de su postura, las montañas, el quechua). Hoy día, 2024, aquella disputa pasó de moda.

    Siguen existiendo, eso sí, ignorancias y ninguneo de “la gente de cultura” de las grandes urbes de lo que sucede en el interior de los países. Hay un tufillo rancio en las capitales y, además, asimetrías (centralismo-periferia), no en las formas de mirar el mundo, o sea, en la creación, tramas, motivos y estilos, sino en los sistemas de validación literaria; lo que no depende de la literatura en sí, sino de lo que es paraliterario, como la industria del libro, el círculo de consagrados, los concursos, las Editoriales, la difusión, los entes oficiales.

    Pero este es otro tema.

     

     

     

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