
Por Carlos Piegari. Posadas-Barcelona. Escritor sofista
Padezco el tormento goyesco merced al cual cuando duermo, tanto en las zonas profundas como por la mañana, al clarear el amanecer, bailan dentro de mi cabeza: nombres, palabras que designan a seres más allá del espacio y el tiempo, una suerte de patología nominalista prófuga de un cuento de Borges o de la filosofía de Guillermo de Ockham. Me sucedió con Benjamin. Mientras evitaba abandonar la cama, y en mi desesperación por enfrentarme a un nuevo día, conjuré este patronímico que venía importunándome desde el fondo de alguna ensoñación hechizada. Últimamente, todos soñamos pesadillas que remixan nuestra insensatez diurna.
En una primera aparición cuajó como apellido, sin acento y refería al heterodoxo Walter Benjamin. Tal vez en mi desvarío onírico recurrí al filósofo y ensayista para citar su obra sobre la alegoría en el origen del drama barroco alemán. Un intento por dar forma a tanta desazón cotidiana.
Luego, no conforme aún con semejante zarabanda alucinada, se coló en mi sueño Benjamín, (con tilde) hijo del patriarca Jacob que engendraría una tribu israelita de la que formó parte un apóstol cristiano.
Finalmente regresé a Benjamin (otra vez sin acentuar) Franklin, padre fundador de los Estados Unidos, como ícono de los billetes de cien dólares que nadie sabe dónde están o quién los tiene. ¿Casualidad? ¿Manía filiatoria? No, ejemplo de intersección entre sintagmas nominales más allá de la función vital otorgada al sujeto por la historia. En una Argentina donde cualquiera puede ser citado para justificar lo que sea.
Walter Benjamin es alegoría de la tragedia que nos aflige, no interesa como sujeto sino como símbolo, en este caso legitima un trauma social. El Benjamín bíblico de esta intersección aporta también una esquirla de infortunio más allá de su nombre. Raquel, su madre, antes de morir tras parirlo lo llama Ben Oní, hijo de mi dolor, también puede interpretarse como hijo de la siniestra. En estos días sinónimo de la palabra maldita: zurda. Resulta que cuando murió esta señora, la esposa de Jacob, el buen hombre tomó precauciones y le cambió el nombre al niño por Ben iamin, hijo de la diestra, de buen augurio. Benjamín pierde su identidad y se transforma en signo de mentira y traición para una mujer a través del brazo ejecutor de un marido que engañó ¿también a casi el 60% de un pueblo?
El prócer Benjamin Franklin se desvanece como persona y muta en el objeto más funesto posible que la especie humana creó, el dinero. Útil para comprar toneladas de corrupción en Argentina.
Los nombres son cifras que duplican el significado del significante como sujeto y situación. Un Walter Benjamin es alguien que se suicida en 1940, otro Benjamín es el jefe de una tribu israelita en tiempos bíblicos y luego un sacramento que obliga al artista a que San Pablo sea representado siempre a la derecha de un cuadro. El último Benjamin es un político y un inventor en el siglo XVIII y además responsable de todo tipo de calamidades cometidas para acumular billones de dólares con su rostro. Ninguno de los tres deseó, quizás soñó, alguno de estos juegos accidentales donde cada uno de ellos se relacionó, en el pasado o en el futuro, con fenómenos donde la persona es sustituida por un hecho, casi siempre aciago. Pero hoy todo es posible.
¿Estas tres analogías entre nombres, seres, cosas y circunstancias son un principio razonable para comprender lo que está sucediendo?
Otros cuatro nombres me permitieron diez minutos más abroquelarme al colchón. Agrippa, Kircher, Schott y Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, Paracelso para los iniciados. ¿Los cuatro sabios conocían las obras de cada uno de ellos? Schott fue discípulo de Kircher y sus vidas abarcan el período que va de 1600 a 1680. Agrippa es casi un siglo posterior, los dos primeros pudieron haberlo leído. Y Paracelso es el más veterano de todos pues nació en 1493 y murió en 1541. Los cuatro, fueran o no jesuitas, pueden catalogarse como filósofos naturalistas. Renovadores a mitad de camino aún entre la alquimia, la cábala, el esoterismo neoplatónico, las sagradas escrituras y la experimentación fáctica al voleo. Una aventura estrafalaria que actualmente da forma a la política argentina. Donde convergen desde Juan Bautista Alberdi, Margaret Tatcher y un perro que se llama Conan.
Tomemos a Kircher como baliza temporal pues es el que trabaja sus ideas casi hasta fines del siglo XVII, por lo tanto, es contemporáneo de Schott y posterior a Agrippa y Paracelso. Este jesuita polimórfico e hiperquinético también experimentó en el campo de las exploraciones fisiológicas y adhirió a la heterogénea (y tal vez caótica) cosmovisión panvitalista que inauguró Paracelso y a la cual también se asoció en su época Agrippa. El cuarteto estuvo conectado durante casi un período de doscientos años. Como Mitre, Martínez de Hoz, Menem y Caputo.
Ellos y yo habíamos compartido una noche de enlaces oscuros. No muy diferentes de los que debería enfrentar durante mi nuevo día libertario.
Durante los trances que la Argentina debe resistir día a día, puede asomarse a escena cualquier sujeto inesperado y las más hermética de las circunstancias. Son tiempos de cortinas y agujeros al estilo David Lynch, diría Mark Fisher.
(Fuente: Summa Baiulus)