
Por Matías E. Wendt. Puerto Rico-Oberá. Escritor, profesor y estudiante de Historia y Filosofía
“Dentro de seis meses, un amigo me está diciendo que tengo una profunda falta de imaginación.”
Dr. Manhattan
Están dos peces jóvenes, nadando a toda prisa, enzarzados en una carrera, uno junto al otro, cuando se topan con un pez más viejo nadando, plácidamente y en sentido contrario, quien los saluda y dice: “Buen día muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta “¿Qué demonios es el agua?”
La Sátira opera en función de desvelar aquello que hay de ridículo en una sociedad o época concretas, para ello debe tener en claro lo que se considera una virtud y lo que se considera un vicio. Apelando a la innegable capacidad convocante del humor, buscan interpelar en lo más profundo de la incongruencia de una época inyectando una crítica social, capaz de poner en evidencia todo lo que hay de íntegramente absurdo, grotesco, irrisorio, sobre todo innecesario y por eso, ridículo, en la sociedad; mostrándoles a los defensores del orden su propia vergüenza, todo el desorden sobre el que se levanta su imperio del orden, ese sinsentido que vive.
La Sátira actúa en contra del poder, es, por definición, una operación estética y política. Dado que el ridículo es la evidencia de una tontería establecida, de un absurdo venerado, de un vicio solemne, de una creencia sin fundamento aparente, de la repetición obstinada y voluntaria de un equívoco manifiesto, la sátira implica una denuncia de lo que hay de vicio en la virtud, y opera siempre sobre esa especie de norma, nunca neutral, que podríamos denominar: sentido común.
Procura leer claramente lo que es prácticamente indescifrable, o por lo menos no nos resulta lógico a primera instancia, la realidad, o lo que es mejor, la impresión dominante que se tiene de la realidad, el o los discursos más potentes (en su sentido performativo, en su condición de dar vida a actividades humanas concretas) que circulan y gravitan en el marco de una comunidad, procura leerlo todo y leerlo en clave de asombro o perplejidad, como leería un extranjero una práctica común en un país lejano, con la dosis suficiente de extrañamiento como para poner en jaque con la mirada todo lo que hay o puede haber de extraordinario en lo ordinario. En otras palabras, la sátira expresa una crítica a lo que hay de ridículo en las costumbres y en los sentidos más arraigados de un pueblo, mostrándonos a nosotros, los pueblerinos, lo impropio, lo insulso, incluso lo estúpido, sobre todo lo incoherente o contradictorio, entre nuestras formas y deseos, entre nuestros sentimientos y pensamientos, entre nuestras aspiraciones y deudas, entre nuestros pesares y satisfacciones, etc.
Opera en contra del poder porque opera en contra de la condición silente de lo instituido, porque pretende no sólo burlarse de lo establecido como norma social, sino también desvelar las dinámicas de las relaciones de dominación, de cómo se sostienen y perduran.
Ahora bien, todas las sátiras hacen, también, una lectura moral, dado que por principio lógico, no se puede criticar a la moral por fuera de lo moral. Podríamos decir que las sátiras critican la moral en la que están inmersos apoyándose en otro tipo de consignas morales. Quevedo, por ejemplo, se burlaba de la nobleza del siglo XVII leyendo a los estoicos y a Persio y a Juvenal.
Si estamos de acuerdo con Michel de Montaigne en que lo que une al ser humano en el tiempo, lo que lo hace él mismo, es su condición de ser incurablemente moral, de ser una criatura capaz de valorar y apreciar y elegir, entonces, precisamente debido a su condición moral, las sátiras pueden trascender a su época y sus críticas se pueden plantear o plasmar en otros tiempos de los que en realidad no hablan.
Esta es una cuestión clave, las sátiras no hablan estrictamente de unos hombres en concreto, sino de su moral; se sirve de éstos, de sus prácticas, de sus virtudes y sus defectos y sobre todo de lo que ellos mismos dicen de sus prácticas, virtudes y defectos. El objeto de la Sátira es la cultura y dentro de ésta, una serie de elementos paradigmáticos, que definen o versan acerca de lo que un grupo humano considera virtuoso o no. Podríamos decir que la Sátira tiene lugar o revive en la medida en que perdura la condición moral de los hombres, esto es, en la medida en que los hombres recuerdan, tienen memoria y la estiman como constitutiva de lo que son.
Válganos otro ejemplo, Luciano de Samósata, un escritor satírico del siglo II, arremetía contra la hipocresía reinante y contra la instrumentalización y la banalización de la cultura. En “El bibliómano ignorante”, Luciano dirige sus feroces e hilarantes acometidas contra un famoso personaje de la época: un hombre rico, aficionado a los jovencitos y los chaperos (prostitutos), que engrosa cada día su biblioteca con nuevos libros – que nunca lee – con la esperanza de mejorar su imagen y posición social. En la actualidad, los japoneses idearon un término exacto para definir esta compulsión por aprovisionarse de libros que jamás se leerán, lo llaman “tsundoku”.
En otro de sus textos, “Si busca la vida buena, ¡compre uno de nuestros estilos filosóficos!”, Luciano recrea una delirante subasta de filósofos en la cual Sócrates, Pitágoras, Diógenes o Heráclito son puestos a la venta ante una masa diletante que aspira a tener la vida buena mediante la compra de un pensador de renombre y sus enseñanzas. Qué más decir de la vigencia y vitalidad de esta sátira respecto de la performance de la filosofía diecinueve siglos más tarde y en cualquier extremo del mundo.
La relación entre la sátira y la moral es tan indisoluble como su condición política, ahí su destreza y su efecto o ilusión intemporal; en buena hora deberíamos advertir que la vitalidad de los discursos morales es infinita y éstos nunca están absolutamente muertos, aún después de las peores y más edificantes matanzas.
No faltan ejemplos de sátiras, críticas, elocuentes y profundas, a lo largo de la historia, que sólo han servido para engordar al sistema. Pensemos en las distopías del siglo XX, pensemos en las profecías de Orwell y de Huxley, y en la diatriba de sí el futuro de entonces – nuestro actual presente – se acerca más a la realidad de “1984” o a la de “Un mundo feliz”; pensemos en el “Fahrenheit” de Bradbury y en “Matadero Cinco” de Vonnegut, en “El hombre en el Castillo” y en “Ubik” de Philip K. Dick, pensemos en los libros de Stanislaw Lem y de Úrsula K. Le Guin, pensemos en el Ferdydurke de Gombrowicz y “En la broma infinita” de Foster Wallace; pensemos en la transmisión de La Guerra de los mundos de Orson Welles; pensemos en Parasite de Bong Hoon-Jo, en series como Los Simpsons, Rick and Morty, Bojack Horseman, Black Mirror, etc. Pensemos en el teatro de Brecht y en la finísima alegoría al ascenso del fascismo amparado e impulsado por los “ciudadanos biempensantes”, en “La resistible ascensión de Arturo Ui”. ¿Les suena esto?
Pensemos en las novelas gráficas de Alan Moore y en el maravilloso chiste del hombre que va al médico, le cuenta que está deprimido, le dice que la vida le parece dura y cruel, que se siente muy sólo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto; a lo que el doctor le responde: ‘El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará’; pero el hombre, desanimado se echa a llorar y dice: ‘Pero, doctor… yo soy Pagliacci’.
Pensemos en los chistes y en la parábola del fin del mundo en Kierkegaard, en la que de pronto se incendian los bastidores de un teatro y enseguida las llamas devoran todo el circo, y el payaso sale al escenario para avisar al público, pero éste cree que se trata de un chiste y aplaude animado, y el payaso repite el anuncio y los aplausos son todavía más y más escandalosos, y así perece el mundo, en medio del aplauso general de la gente biempensante, que piensa que es chiste.
Cada uno de estos ejemplos reúne, de alguna manera, ciertos elementos satíricos, referencias humorísticas, más o menos macabras o más o menos oscuras, críticas culturales concretas de todo tipo, a un ordenamiento soberano de las cosas y a un modelo o proyecto de vida y de sociedad, a su hipocresía, a su indignidad, a su vileza, a su ilegitimidad, incluso a su indiferencia; cada uno de ellos pasó de expresar una crítica directa, muchas veces agudísima, para evidenciar lo ridículo, lo ilógico, lo inentendible, a convertirse rápidamente en el mismo emblema de un sistema indolente que se los engulló a todos y los puso en las góndolas de los supermercados y en listas de bestsellers, en plataformas de reproducción masiva y en el anecdotario cómico de una derrota constante.
El problema es el siguiente: ¿Cómo es posible la sátira en una época en la que no están claramente definidos ni las virtudes ni los vicios? ¿A qué debe apuntar la sátira en una época aparentemente sorda e indiferente? ¿Cuál es el núcleo duro de la moral de ésta época?
Tal vez la principal característica de la moral dominante sea simplemente la característica de dominante, nada más, una moral famélica, desvalida y todopoderosa al mismo tiempo, insaciable. Una moral pobre, construida en torno a la falta de una falta, alrededor de la ausencia de cualquier tipo de profundidad o de fondo, una moral llana y expansiva, que se despliega y se repliega y no se agota, con ningún más allá del apetito, apetencia pura, sed de todo, sed de sed; una moral enferma de crecimiento, con un estómago ridículo, capaz de digerirlo todo.
Quizá la sátira del presente deba enfocarse en atacar las promesas del discurso dominante, evidenciando no sólo la violencia atroz y estigmatizante con la que se imprime en las personas, no sólo su efecto progresivamente deshumanizante, que replica lo peor del totalitarismo, pero por otros medios, sino y sobre todo su condición de promesa incumplida e incumplible. Quizá la sátira del presente debe acentuarse en el hecho de que la promesa del capital no se cumplió ni se va a cumplir jamás, en la medida en que promete algo que está más allá de su alcance o del alcance de cualquier promesa. Quizá la sátira del presente debe enfocarse en mostrar lo ridículo que se ve que los héroes del sistema dominante sean profundamente infelices, tristes e ingratos y mediocres, decepcionados ante el hecho de que no hay premio o de que el premio no vale lo que prometía conseguirlo. (¡Ay de ese animal que hace promesas!, clamaba Nietzsche)
En un mundo confeccionado para que todos seamos héroes de nosotros mismos, vemos a todos los héroes del mundo llenos de un vacío interminable, que no pueden llenar con ninguno de los remedios que están en el mercado y venden, mientras todos los demás, los que no llegaron, encandilados espectadores y soñadores de un mismo sueño, sueñan con adelantarse a sus vecinos en la carrera, pisar cabezas, caminar sobre sangre, darse prisa, conseguir una a una las postas, trocar sus miserables vidas por la de otros miserables que llegaron antes que ellos y sin embargo, tampoco están satisfechos, tampoco quieren todo lo que tienen, también quieren más, pero más es cualquier cosa salvo esto, una cosa más, otra, dos, dieciséis, una, lo que sea, algo, algo, algo, algo, algo que los saque o los mueva de en donde están, algo que los vuelva a sacar de dónde van a estar próximamente, algo que siempre los vuelva a encontrar y les prometa volver, otra vez, a librarlos de su suerte, algo que vuelva, que vuelva, algo con ritmo.
Es posible que la muerte de la sátira sea un mundo satírico, no simplemente ridículo, satírico, un mundo en donde lo ridículo sea evidenciado todos los días y a cada hora y a nadie le importe. En esta época de apatía sistémica, en donde prima la indiferencia y el individualismo más vulgar e innoble, aparentemente amoral, resulta difícil encontrar tierra fértil para que germine cualquier cosa. Todo parece aparecer y desaparecer tan rápido que no lo notamos y sólo nos queda ese efecto, como el de un flash, del punto inmediato que corre entre y luego de pulsar el botón de encendido y apagado, encendido y apagado, una y otra vez.
Por fortuna, nada termina nunca, como queremos.