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El muro de Posadas y los muros del mundo

    Por Alberto Szretter. Posadas- Puerto Rico. Escritor y médico.

    Conceptualicemos lo que es una frontera. Una frontera delimita físicamente un espacio geográfico. Pero también, no solo es una idea política y cartográfica, sino simbólica, porque dentro de sus límites se reordena el tiempo, el espacio, los comportamientos, las leyes, los deseos. Es una línea arbitraria, por más que se la utilice, para hacerla visible, accidentes naturales. Es una separación entre lo propio y lo ajeno. Traslademos esta noción a la imagen de cuerpo. Pensemos que como los cuerpos, los países se tocan, se hablan. Bien vista, una frontera es un lugar de encuentro, y un sitio de hibridación, de mezcla.

    Los muros que levantan los países transforman la significación histórica de frontera en una perversión. El límite geopolítico se degenera. El muro de Berlín era para mantener la gente adentro. El muro norteamericano con México es para mantener a la gente afuera. Pero el problema además de la barrera de cemento y alambres de púas, es que por esa construcción han muerto miles de personas, otros miles han desaparecido y se ha sumado el negocio de la droga, en billones de dólares.

    Aquí aparece otro concepto: las comunidades transfronterizas. Decimos “transfronteriza” y no “transnacional” para sacar el ojo de la posición del Estado-nación y de la identidad o soberanía nacional, y mirar, en cambio, a las colectividades móviles entre dos países y a las experiencias que se viven allí. Las comunidades transfronterizas son las que viven en múltiples localidades, porque son bastante nómades y sus espacios son discontinuos, con familiares de un lado y del otro, con trabajos temporarios y precarios de un lado y del otro. Sus integrantes son braceros, cuya labor depende de la temporalidad de la agricultura, las cosechas, las variaciones del cambio del valor de la moneda, del contrabando minúsculo.

    Quizás el mejor modo de abordar el tema es hablar de “zona fronteriza”, o sea de espacio (no de línea) donde la gente enfrenta (palabra emparentada con “frontera”, por “frontis”, lo que está enfrente) desigualdades sociales, raciales, de género, de clase, de sexo, vivencias espirituales y procesos psíquicos de exclusión e identificación, embretados entre culturas, idiomas y lugares diferentes. A veces esa “zona” se extiende a muchos kilómetros de las aduanas, adentro de cada patria.

    Debemos desechar la idea romántica de sitio exótico, alejado y salvaje. Y entender que el espacio fronterizo es de marginación, discriminación e injusticia, siempre precario y cambiante, muchas veces, distante de las capitales o grandes metrópolis.

    En la época de la hiperconexión, los países levantan muros en sus fronteras. Parece una contradicción en el mundo globalizado, pero esas tapias son parte del negocio que filtran y encarecen los productos, y segregan personas en cuestiones laborales, repercutiendo en el ámbito social. Hay tantos muros, y desde tiempos remotos, que ya nos parecen naturales, lógicos de que existan. En realidad, son muros de la vergüenza, que intentan ser barreras contra el terrorismo o la inmigración ilegal y el contrabando. Poseen la “virtud” de dividir el comercio en dos: uno pequeño, local, que se reduce al bagayage que pasa en ambos sentidos; y otro grande, multinacional, de los poderosos, de las empresas sin patria, que manejan grandes cifras. Adivinen a cuál parte afectan las vallas.

    Entre Argentina y Paraguay, por ejemplo, hay un muro de 5 metros de alto y 1300 metros de largo. Está en Posadas, en la cabecera del puente a Encarnación. El muro fue materializado por pedido de la Aduana por “seguridad”. Hay que hacer notar que todos los muros y vallas se levantan por “seguridad”, el pretexto siempre es el mismo. El paisaje de toda la costanera es hermoso, excepto cuando se llega a ese despropósito.

    Por iniciativa de Goerling, hoy senador nacional de Misiones por JxC, se pretendió que sea galardonado, con pinturas e imágenes, como el mural más grande del mundo. Para eso hubo que traer a los “Guinnes Boy”, para que lo evaluaran, lo que costó un abultado desembolso (que no pagó Goerling, claro). Pero el murallón al no ser continuo, arruinó la fiesta. Al final ese personal viajero que obtiene dinero con records de terceros aquí y allá, para no quedar mal, y respaldar los gastos, premiaron un dibujo a lápiz de otro lugar.

    Ese muro horrible es algo que separa, excluye. Lo levantaron en la época de Oscar Thomas como director del EBY, y Randazzo como ministro nacional de transporte; y lo siguió Humberto Schiavoni, que mantuvo el adefesio, que trata de impedir no solo la visión de un río fabuloso, sino el intercambio de siglos entre dos naciones, queriendo hacer difícil el acceso al cruce. No comprenden, o no quieren comprender, que los impedimentos físicos artificiales o naturales (el Paraná es uno de ellos) se saltean muy fácilmente con una simple canoa, con balsa o lanchita o, ahora -ya modernizados- con moto de agua.

    En Formosa, hay una iniciativa, del lado paraguayo, de levantar un muro en la localidad de Clorinda. Como vemos, qué fácil es copiar el mal ejemplo.

    En contraposición a esto, en Bernardo de Irigoyen, Misiones, a metros de la Aduana e Inmigración, hay una pequeña construcción de ladrillo de pocos centímetros de alto (la altura de un banquito casero), de varios metros de largo, que separa (frontera seca) Brasil y Argentina. Del lado argentino hay una parada de colectivo; igual del otro lado, y hay trillos, caminitos, que la gente utiliza para comprar, según convenga, en un kiosco o almacén de cualquier país, sin absolutamente ningún control. Son las paradojas geopolíticas del territorio misionero: en Barracón (Bernardo de Irigoyen y Dionisio Cerqueira), parece que la Aduana no corre peligro, como en Posadas.

    Cuando cayó el muro de Berlín (1989) se organizaron paseos turísticos y se vendieron los ladrillos como souvenir (o sea, banalizaron lo que era hasta su derrumbe, un símbolo de la derrota humana), entonces había 15 muros en el mundo, hoy hay más de 70. No fue la primera pared en Alemania: en 1864 levantaron una en Danevirke para separarse de los daneses. En la primera guerra mundial estaban las líneas Sigfrido y Maginot, que aislaban Francia de Alemania. Aparentemente, servían a la defensa mutua. En febrero de 2016 en Viena se decidió cortar la ruta de ingreso de inmigrantes desde Macedonia, construyendo un muro que convirtió a Grecia en una ratonera con 70.000 “atrapados” que habían logrado sobrevivir el cruce del Mediterráneo. Otro sitio con parapeto es Ceuta, tabicada (2001) con 8 km. de defensa, Gibraltar con 1,2 km. de contrafuerte, Melilla (Marruecos) con 11 km. Hay cercas altas con vigilancia en Tailandia, África, Dominicana, China…

    India y Pakistán tienen, desde 2004, una muralla de 750 km., entre las localidades de Jammu y Cachemira. Corea del norte y del sur están aisladas por una construcción de mampostería, alambres de púas electrificados y torres con soldados, de 248 km. Los Emiratos Árabes y Omán no se pueden ver porque existe una tapia de 410 km. Y así. 

    El muro supone que el desigual queda afuera. La crisis financiera de 2008-2009 hizo surgir barreras nacionales en todas partes del planeta tanto en países fascistas como democráticos.

    Actualmente la más conocida y trágica es la de México-EUA de 3360 km. En San Diego (EEUU) y Tijuana (México) existía un Parque de la Amistad (década del ´70) separado por una valla de tejido, tipo de gallinero, donde la gente de un lado y del otro podía pasarse desde un chocolate a cartas, y hasta había misa para feligreses de un lado y del otro. Ahora se cerró con cemento (2020), los yanquis militarizaron el lugar y levantaron una tapia.

    Pero los muros, símbolos de una civilización egoísta y en disputa constante, existieron desde la gran muralla china (siglo V a.C.), ahora han proliferado porque manifiestan desconfianza y miedo, miedo al “otro”, al que está afuera, a quien se ve como una amenaza. Pensemos, nomás, en los barrios cerrados.

    Los amurallados que viven allí se describen como emprendedores o empresarios. Son poseedores, ambiciosos materialmente, acaparan, juntan, se ubican antagónicamente con respecto a los que no saben (o no pueden) ganarse la vida en una sociedad de competencia abierta. Los que son pobres, los que están afuera de los muros, en las fronteras o en las grandes ciudades, son estigmatizados como planeros, sin iniciativa, indolentes, carentes de emprendedurismo, con deseos de apropiarse de lo ajeno. El muro, la gente de seguridad, la policía, aseguran que estas personas sean apartadas de la vida de confort de los pudientes.

    En 1876 el ministro de guerra de Avellaneda, Alsina, se le ocurrió hacer una zanja en el sur oeste de la Provincia de Buenos Aires, contra los malones de los aborígenes. El fin era el mismo que un muro. El pozo de 374 km. 2 metros de profundidad y 3 metros de ancho quería excluir a los ranqueles y pampas de las tierras que se adueñaron los porteños. A los pocos meses, muerto Alsina, Julio A. Roca decidió la campaña del desierto, mucho más agresiva y donde se pudieron apropiar de infinidad de hectáreas, liquidando a los indios.

    La zanja como los muros, siguen la lógica sarmientina de civilización o barbarie.

    Los muros internos o fronterizos no defienden de los (posibles) invasores militares, ni de grupos de encapuchados terroristas, sino de los civiles. Es una prueba tangible de que la globalización ha fracasado.

    Que nos podamos conectar por internet, no significa nada. O significa mucho, pero es tema de otro momento.

    Aquella imagen inicial de los países como cuerpos que se tocan, como personas que se hablan, comparten, conversan, discuten, interactúan, se buscan, se aman y se necesitan, es una triste ilusión, que la sociedad de la clausura y la chatura mental han demostrado que es una gran mentira.

     

     

     

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