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Por una cultura de la siesta

    Por Germán Wilcoms, Leandro N. Alem. Escritor y docente

     

    “Uno debe contenerse hasta que la cabeza, el corazón y los miembros sean puro silencio”.

    Robert Musil, en El hombre sin atributos.

     

    Heredamos el término “siesta” de los romanos. Proviene del latín y alude a la hora sexta, es decir, al mediodía. Un mediodía en realidad amplio, que contemplaba un lapso que iba más o menos desde las doce hasta las quince horas. Se supone que este tiempo era destinado al descanso de los trajines del día.

    La siesta es una bisagra silenciosa entre un-hacer y otro-hacer. No resulta “bisagra” en el sentido que articula a una actividad con la siguiente, sino en el sentido que secuencia un puente entre ambas. El puente, a diferencia de la bisagra, hace sin-hacer- nada. El puente es en su dejándose-estar. En este sentido la esencia de la siesta es un dejarse-estar, un no-hacer en el que el ser se entrega totalmente a la no-actividad.

    La siesta es un parate. Un rebelarse quieto ante la actividad. No es, como se podría pensar, una especie de rebelión de brazos caídos, pues escapa del conflicto incluso en su no-hacer. La siesta es contraria a ambas (al rebelarse y a la actividad) en tanto no-acción. También en que para ser no-tiende-a-ninguna-parte (como el rebelarse y la actividad) sino solo hacia-sí-misma en su acontecer.

    En este sentido la siesta parece ser un-no hacer-egoísta. Pero nótese que resulta la única no-actividad que legitima el hacer y el no-hacer de los demás. Su justificación precisa del con-senso y/o de la con-formidad de un tercero. Su hacer es un dejar-hacer por el otro. Tanto es así que cualquier intromisión anula su no-hacer. Precisa que el otro le ceda ese no-hacer o le con-sienta su no-hacer. La siesta necesita ser permitida o posibilitada.

    Existen mitos siesteros que han sido ideados en pos de este no-hacer. Por ejemplo, al respecto de cuidar a los niños (la gurisada) en horas de la siesta, lo que interfiere de plano con la in-actividad de la misma. En pueblos y chacras proliferaron narraciones folclóricas/performativas en torno a seres, como el Yasí-Yateré o el Pombero, que impelen a los niños a no internarse en el peligro mediante el terror prometido (chancletazo de por medio) y así permitir/posibilitar que los mayores sesteen. Los mitos funcionan en este sentido como una suerte de niñeras discursivas.

    Principalmente en las ciudades pero también las chacras, en tiempos de una hipertextualidad (entre otros -hiper) que lo permea todo y de la con-siguiente crisis de las narrativas, se acude a los smartphones antes que a los mitos. Los teléfonos inteligentes sirven satisfactoriamente al propósito de anular al niño en la hora de la siesta. No con el peligro prometido (chancletazo de por medio) sino con un embotamiento garantido.         

                La siesta-en-sí no es bienvenida en el pensar capitalista. Pues no es acumulativa. No es negociable. No es un bien vendible. En una sociedad donde “el tiempo es oro” toda in-actividad es mal vista, pues no es de provecho; no se aprovecha ni provee. De allí que el Capitalismo haya ideado en torno a la siesta un envoltorio monetario compensatorio, que va desde el comercio de almohadas a libros de autoayuda sobre los beneficios de la siesta. Incluso Google diseño en sus empresas entornos-de-la-siesta para volver más productivos a sus empleados, para así indemnizar ese no-hacer que no lucra ni es lucrable por-sí-mismo.

                La ciudad como maquinaria-del-hacer odia la siesta, a diferencia del ciudadano que la habita y que ama la siesta platónicamente. Es este un amor difícil, el del ciudadano y la siesta. La ciudad ha sido creada para no sestear. Las ciudades más importantes son aquellas que no sestean. De allí que el Capitalismo idolatre a Buenos Aires en tanto “ciudad que no duerme”. Mientras los pueblos descansan y en las chacras se está en la cama a pata suelta, Buenos Aires lucra. Lucran sus bares, lucran las industrias de jornada con horarios rotativos, lucra toda la maquinaria mercantilista y plutocrática que no se detiene ni se empacha jamás.

                La siesta solo encuentra su modo-de-ser pleno en la Naturaleza. Es ésta su ámbito. Pero no La Naturaleza de los montes, donde acecha el yaguareté o la víbora aguarda traicionera el descuido de un talón al aire. La Naturaleza de la siesta es un ámbito inocente, “domado”. Es la Naturaleza pastoril de las campiñas cervantinas, donde Sancho se tiende cuan ancho es luego de una comida abundante y honesta (o no tanto). También es la Naturaleza de “Las grandes bañistas” de Cézanne. Pero nunca resulta la Naturaleza fiera de Quiroga.

    La siesta es un con-tenerse. El ser se tiene a sí-mismo, se con-tiene a sí-mismo en ese estar-sesteando. En el gerundio del sestear se da la temporalidad necesaria de la siesta. La siesta debe proyectarse para ser. La siesta solo es en devenir. Es un acontecimiento. El ser es arrojado-al-mundo-de-la-siesta y solo así éste y ésta (el ser y la siesta) son uno-y-sí-mismo. La siesta es siendo con el ser o no es. De ahí que la siesta no sea metafísica, pues no puede ser solo presencia.

                La siesta no es la calma previa a la acción pues, necesariamente, antes la hubo de suceder. La siesta se da en la dialéctica del acontecer. La siesta precede y sucede a toda actividad. Y en ese ínterin, en ese momento del día, simplemente somos-no-haciendo en el descanso siestero, posterior a hacer-algo y antes de seguir-haciendo-lo-que-sea. La siesta ordena y da sentido al día. Despeja el caos inherente a las obligaciones de cada día. Obligaciones que no siempre, ni necesariamente, son laborales.  

    La siesta es el vacío necesario del día. Es el “vacío” de Heidegger, que impele hacía sí mismo con la fuerza de un agujero negro onírico. Es un vacío creador. La literatura, por ejemplo, necesita del silencio en su enunciarse para ser inteligible. La música precisa el silencio para no ser ruido incesante. Así, la siesta es capaz de engendrar en el vacío/silencio de su no-hacer. La siesta es el sueño de Goya y Chuang Tzu. Y en su soñar procrea la Cultura.

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