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Bar Ideal. Elogio a la Humildad

    Por Julio Bastarrechea. Puerto Rico – Buenos Aires. Escritor.

    No todo lo que reluce es oro, dice un axioma generalizado. Y es precisamente ahí donde me quiero detener. En ese territorio y en ese costado de la otra historia. Olvidado por la mayoría, pero en este caso, profundo en mis mejores recuerdos de la infancia. Y describir a través de mi memoria selectiva y a los ojos curiosos de un pre adolescente, un visceral relato a corazón abierto, el reverso de la moneda. Al propósito de los 100 años de Puerto Rico.

    Su geografía era humilde, sin falsas ostentaciones. Sus habitués, las personas más cercanas o de los barrios linderos. Gente común, asalariados básicos, changarines o desocupados. La otra cara del pueblo, en contraposición a las acomodadas familias de mayores ingresos que habitualmente hacían vida social en el inaccesible Club Victoria.

    Allá se hablaba alemán o español con acento germánico y se bailaba valses o chotis. Acá el misionero básico con fuerte influencia guaraní. El baile preferido, la cumbia tradicional, polca paraguaya, chamamé y la “nueva ola” o música moderna que el público más joven reclamaba.

    Sobre la calle, mi calle, Carlos Pellegrini esquina Lamadrid, se alzaba la poca presuntuosa pista bailable. Calle de tierra con rocas sueltas. En épocas de sequía la polvareda inundaba todo. Cuando llovía era un terreno patinoso, sólo apto para gente como uno.

    Lo regenteaba el no menos famoso Fortunato Ríos. Fortú para todos los que lo supieron conocer o frecuentar. Fortú, de postura adusta y seria, contaba con una voz maravillosa. Fuerte, cristalina, amigable. En épocas donde no se conocían los productores de espectáculos, managers ni representantes de artistas, él hacía todo el trabajo. Imagino incluso que los contratos se hacían de buena fe y con un apretón de manos como corolario al compromiso asumido.

    Yo era aún un chiquilín de la pre adolescencia cuando miraba extasiado los días sábados el ir y venir de personas que asistían a sus recordados bailes. La pista era al aire libre, rodeada de una empalizada de madera que restringía y limitaba el ingreso del público. Cerco de madera que nos permitía mirar, a través de las rendijas, a toda la gurisada (pibes) del barrio, que curiosos tratábamos de husmear cómo se divertía la gente más grande.

    Durante los días previos el increíble Fortú comenzaba con la tarea de publicidad en su vieja pero cumplidora camioneta. “Baile, ría y diviértase el sábado a partir de las 22:00 horas en el bar y pista Recreo Ideal”. Vociferaba Fortú por los altoparlantes. “Típica, jazz y moderna” aclaraba Fortú con su increíble voz para llamar la atención de sus posibles concurrentes. Y remataba con algún gancho para definitivamente fidelizar al oyente: “Con la actuación especial de Los Alfonsinos, directamente desde el Paraguay”. Recuerdo a ese grupo de polca paraguaya como la sensación de toda una gran colonia de hermanos paraguayos que los tenían como referentes.

    Otros músicos que venían de la otra orilla eran un grupo llamado los Big Boys Serenaders que hacían covers de canciones pegadizas de moda. En la cumbia sobresalían Los Pelicanos, grupo venido del cono urbano bonaerense y que supieron tener a Puerto Rico como cabecera para sus giras por el litoral.

    La pista contaba con un anexo bar, que en su interior albergaba un par de mesas de billar y una gran barra donde se consumía, como es de esperar, bebidas varias de tamaños varios. Hesperidina, Bidú Cola, cervezas de diversas marcas, ginebra y el clásico vermut Cinzano, más los infaltables vinos de botellas de litro que se ofrecían a los sedientos asistentes a la velada. Heladeras mostradoras que permitían que la cerveza, por ejemplo, salga como el paladar del parroquiano lo requería. Al final de la jornada bailable no importaba mucho la temperatura de la bebida.

    Fortú lo supo ambientar con algunos cuadros del club de sus amores. Club Atlético Boca Juniors. Como olvidar la foto de la revista El Gráfico con el campeonato de 1969. ¡¡¡Sublime!!! Toda la familia de Fortú de alguna manera colaboraba para que la jornada bailable del sábado transcurriera sin grandes contratiempos. Al frente de todo, la matrona de la familia llamada Muñeca, por obvias razones. Una mujer que mantenía su belleza dignamente. Coqui, Daniel y Negui, (mi memoria no me permite recordar los nombres de los otros hijos de Fortú), iban y venían acomodando cosas. Supongo que todos miraban el cielo tratando de adivinar el clima. Lejos estaban de existir la tecnología y los meteorólogos de realizar un pronóstico extendido y de ese modo garantizar que el evento se concretara con éxito.

    La familia Morel de un lado de la pista. Con sus recordados Nando, Beto, Neni y el “gordo” como lo llamábamos. Del otro lateral la familia Maidana. En frente la familia Lezcano con el desaparecido Nené, Yoyito y sus bellas hermanas. Y la numerosa familia Pucheta. Con Tito, Beto, Mario y Hugo, a quienes los tengo vivos en mi memoria. Mi familia un poco en diagonal y el resto del vecindario éramos testigos de la movida. Adrenalina en el barrio.

    Cómo olvidarme de Carlitos Franco, sordomudo de nacimiento. Su presencia generaba empatía. Alegre, humilde, respetuoso. ¿Cómo nos comunicábamos con él? Un enigma. ¡No conocíamos el lenguaje de señas, pero vaya si nos entendíamos! De contextura ancha y de gran fortaleza física en ocasiones actuaba por reflejo. Nos reíamos, se reía. Aunque no entendiera los motivos. Amante de las películas del Far West en el viejo cine Ipiranga, luego San Martín. De antología sus “relatos” de las películas con sonidos onomatopéyicos que solo en su imaginación existían.

    La avenida San Martín, precisamente, a escasos trescientos metros, parecía lejana y marcaba el límite entre lo sagrado y lo profano.

    Las reuniones bailables comenzaban a un horario insólito, si lo miramos con los ojos actuales, cuando la movida arranca tipo 2 AM o más incluso. Jamás se amenizaba con grabaciones de vinilos. Las bandas actuaban en vivo. A veces eran maratónicas. Subían unos y bajaban otros. Sin pruebas de sonidos o afinaciones de instrumentos. Saliera como saliera.

    Oficiando de colaborador multipropósito recuerdo la presencia de un hombrecito de voz apocada, solitario y que vivía en una piecita al final de la pista. Marino era su nombre. Dentro de su humildad manifiesta trataba de calzarse sus mejores atuendos para el día indicado. Arrancaba lúcido y formal. Para la media noche ya era un personaje transformado. El consumo de algún trago lo terminaba derrapando.

    Mesas de maderas plegables con sillas del mismo material para comodidad del público presente se ubicaban estratégicamente. Al medio, un espacio que variaba de acuerdo a la cantidad de gente que concurría, hacía las veces de pista bailable. Mientras la música arrancaba y la gente se animaba a tirar los primeros pasos, nosotros afuera y a través de las hendijas tratábamos de mirar lo que nos permitía el pequeño espacio.

    Recuerdo como si fuese ahora a Egon Hosel y su banda “Los Rebeldes”. El enorme Egon era lo que hoy llamaríamos un frontman. Según el tema lo indicaba era guitarra líder o teclados. Más coros. Guitarra y voz, Martin Domínguez; y su hermano “Lolo” en bajo. En ocasiones Lolo asumía con audacia el rol de vocalista e interpretaba algunos temas. Su desafinada voz y registro sobresalía cuando era la hora de los lentos. Es recordada su versión de “Mi Promesa” de Pomada. ¡¡¡Apoteótico!!!

    En la batería, genio y figura Repi Ramírez golpeaba con furia platillos y bombos. Egon cantaba canciones de moda de la época en un inglés que para nosotros era de una pureza única, Shakesperiana. Lo mejor en plaza.

    Años después, ya en la secundaria y gracias a los aportes de la queridísima profesora de inglés Kunka Molet, me desengañaría definitivamente. Sin ser un políglota, apenas hablo el argento básico, se cuándo el inglés es auténtico. Igual te banco Egon, fuiste como un Santa Claus para mí, hasta que el manto se cayó.

    Sobre el final del evento siempre había algunas corridas por alguna discusión de poca monta. Quizá por alguna mujer que no accedió a bailar con determinado personaje. Quizá porque algún buitre le haya tomado el vino sin permiso a otro. ¡¡¡Grave ofensa!!! Por años se recordaba la anécdota del “Vaca” Salvador. Llamado así por tener una tetilla más grande de lo habitual. Antes no existía el bullying, como se verá.

    En una oportunidad, al Vaca en una refriega lo arrojaron por arriba del cerco. Enceguecido intentaba retornar al interior de la pista. Con buen tino Toto Franco, Tito Rodríguez y el resto de los presentes, que por alguna razón estaban afuera, intentaban detenerlo mientras el Vaca, más disléxico que lo habitual, repetía:

    -Esto no va a quedar así, esto no va a quedar así.

    -Y cómo va a quedar Vaca? Preguntaba ingenuo Toto Franco mientras observaba el rostro de Vaca, rojo, producto de algún golpe recibido.

    -Esto no va a quedar así, esto no va a quedar así repetía Vaca mientras se agarraba la mandíbula y su cara se transformaba de dolor.

    – “¿Y cómo va a quedar Vaca?”

    – “Se me va a hinchar todo hijo e’puta.”

    Respuesta que despertaba la hilaridad general. Como dijo el magistral poeta uruguayo Mario Benedetti:” Nadie nos advirtió que extrañar, es el costo que tienen los buenos momentos”. Tan mágicos e irrepetibles.

    ¡¡¡Salud amigos!!! Mis respetos a todo el vecindario de la que alguna vez supe llamar “Pellegrini Center”. Estoy ahí, no me fui. NUNCA ME IRE. Aunque la distancia física indique otra cosa.

    Texto escrito en 2019 -Año del centenario de PUERTO RICO

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