
Por Carlos Piegari. Posadas-Barcelona. Escritor sofista
Ontología de los objetos sin objeto
El mundo es un taller donde se fabrican jarrones de cerámica que todo coleccionista de orquídeas en Misiones desearía poseer. Anillos de alpaca por los que las esposas de los jeques árabes enloquecen. Y ventanas de vitraux para los refugios de aventureros en la Patagonia. Cosas muy bellas y necesarias que los viajeros, cuando atraviesan las rutas comerciales de Marco Polo, compran y cargan en sus alforjas. Pero también, en este mismo mundo, se crean otros trastos que nadie quiere llevarse y los abandonan en los espejismos del desierto de Gobi o en los docks del puerto de Londres, son los objetos sin objeto. No llevan mal su soledad pero, algunas veces, estas criaturas reclaman explicaciones. Nada nuevo. Desde el Gólem hasta Frankenstein pasa lo mismo.
–¿Para qué sirve un botijo con varios picos como yo?
–Para nada. Responde el orfebre sin dejar de pulir un trozo de cobre.
–Si soy una jarra ¿por qué llenarme de agujeros?
–¿Por qué no? Acaso no hay nada más absurdo que un chaleco de fuerza y se fabrican por millones. Alega la ceramista torneando el barro.
–Pero si no tengo utilidad ¿Qué sentido tiene inventarme? Pregunta un catalejo sin lente.
–Por qué es más importante lo que eres, no para que sirves. Sermonea la vitralista moldeando estaño.
Hasta que tercia el líder de los objetos sin objeto, un submarino que no puede sumergirse. Serena los ánimos recordando el mito que explica el origen de todas las cosas que son imposibles.
–Desde el principio de los tiempos las personas y las cosas se deslizan sobre una línea de montaje donde unas pinzas robóticas ensamblan destinos. Tú serás una elipse para describir la órbita de un planeta, el que viene detrás será la teoría cuántica del campo electromagnético, aquel otro un ministro de economía que siempre ríe y así hasta el infinito. Pero un buen día comenzaron a producirse fugas de azar y algunos que iban para máquina de coser se transformaron en cafeteras con chimeneas, unas máquinas de vapor mutaron en palacios con ruedas y varios estetoscopios evolucionaron como galaxias a cuerda.
A esta altura de la arenga, el submarino insumergible toma un respiro y reúne fuerzas para narrar el final de la cosmogonía de los objetos inútiles. Todos lo observan emocionados.
–Bien, las consecuencias no se hicieron esperar. Según el Manual de fabricación de cosas y personas serias cuando algo o alguien rompe la cadena de las utilidades universales, no sirve para nada. Y debe ser deportado. Por lo tanto, henos aquí reunidos como una familia de… inútiles. Aunque esto, en verdad, no es cierto. Pues nuestra misión secreta consiste en…
Llegado este punto el paladín calla y espera que el auditorio responda por sí mismo. Tímidamente algunos comienzan a proponer.
–¿Qué las personas no enloquezcan si las apps de los bancos van a la huelga?
–¿Qué conversar con un disco rayado por teléfono reclamando algo, es insensato?
–¿Creer altruista robar el oro del Banco Central?
–¡A que yo adivino!!! ¡Qué la gente se sienta feliz creyendo que hace algo útil al pensar para qué servimos nosotros!!!
Prosiguen deliberando a viva voz todos los objetos improductivos con juicios muy importantes, casi filosóficos. El submarino que no podía sumergirse, domina el tema y captura la atención de la audiencia.
– “Lo útil” es remitir, conectar, con otros “útiles”. O sea que los útiles son una corporación multinacional. Un ejemplo de esta cadena de conexiones racionales podría ser que un plato de chinchulines nos reenvía a vísceras, estas a la vaca que faenamos y finalmente al universal animal. Ahora bien ¿desde cuándo exigimos que todo tenga una utilidad? ¿Cómo se construyó esta obsesión por que las acciones y las cosas siempre tienen que servir para algo?
Nunca falta un despabilado que intenta lucirse con citas de gente sabia. Comenzará con Heidegger, era de suponer, aunque no tenga ni idea de quien fue.
–Un alemán, también es obvio que debía ser un alemán, consideró que el modo cotidiano de ser y estar en el mundo del ente (o sea lo que es) es el “ocuparse” y que todo lo que nos rodea, el mundo circundante, son “los útiles”. Los útiles serían los que están siempre a la mano e influyen para que nos ocupemos de algo. Por lo tanto, las acciones y cosas útiles nos mantendrían siempre atareados. Lo inútil nos llevaría a la vagancia porque el “hacer” en sí mismo no es nada sino tiene el consecuente “qué vamos a hacer”. Cuando la inyección es una dosis de algo sin provecho, suena la alarma, la correa transportadora se detiene y somos desterrados al Gulag de los…inútiles.
Tan profunda ha sido esta pedagogía de la función, que las cosas se definen por su aplicación y no por lo que son en sí mismas. Veamos el ejemplo de eso que llamamos sacacorchos. Si a este objeto le permitiéramos ser lo que es: una hélice con mango, podríamos tomarla por el extremo de la espiral de metal y hacer girar la empuñadura hasta, quizás, elevarnos en el aire. Pero no, ya se sabe para qué sirve un sacacorchos.
El submarino que no podía sumergirse no se deja pisar el poncho y retoma su trono de dirigente sindical.
–Avanzando un poco más Mario Bunge propone un nuevo nombre para nuestra especie: Homo inutilis. En una conferencia dijo: “no exijamos que todo lo que hagamos tenga una utilidad inmediata. Basta que sean buenas, basta que nos ayuden a gozar de la vida. Al fin y al cabo, la búsqueda y el goce de lo inútil distinguen al ser humano de sus parientes de otras especies.”
El rival dialéctico contratacó arteramente.
–Usted tiene buena labia, pero al fin y al cabo es un simple submarino que no puede irse a pique. Dígamé, ¿leyó el manifiesto La Utilidad de lo inútil de Nuccio Urdine? Cuenta la historia de Vicenzo Padula, un cura de Calabria que, a mediados del 1800, recibió la primera lección de su padre. “¿Cómo es que en el alfabeto de cualquier lengua la A va antes y la E después?, porque en este mundo miserable el que ha es, y el que no ha no es”. Se lo explico mejor, ha significa haber, tener. Entonces el que tiene es y el que no tiene nada pues no es.
Caía el sol, el submarino que no podía sumergirse saludó a la cofradía y navegó hacia el horizonte, surcando un mar de papel glasé. A su alrededor jugueteaban sirenas, hipocampos y Moby Dick cantaba We all live in a yellow submarine / Yellow submarine, yellow submarine…
Ya no le importaba hundirse en el fondo del océano, a ras de las olas se estaba mejor. Como en la vida, no vale la pena bucear en el alma de las personas, se corre el riesgo de caer dentro de un abismo oscuro y sin fin.