
Por NEACONATUS
Un suceso fortuito, de cierta manera vinculado a uno de los creadores de NEACONATUS, nos interpela y motiva algunos apuntes sobre un género visual que bien podría, elipsis mediante, considerarse como literatura escrita sobre muros y paredes. Gramática urbana del espacio público. Nos referimos al “mural” que celebra los inicios del proyecto musical Sui Generis, allá por finales de los años sesenta, y que fuera inaugurado el 15 de abril en el Instituto Social Militar Dr. Dámaso Centeno (CABA).
La obra fue realizada por el artista plástico y muralista de rock, Osky Di Biase (basada en una icónica foto de Ada Moreno) y producida a partir del esfuerzo colectivo (organización, auspicio, logística, lucha protocolar y financiamiento) del (oficial) Sui Generis Fans Club, Los Salieris del SGFC, Mario Alberto Martínez Castro, Daniel Toro, Jorge Agüero Benavente, Juan José Quaranta, entre otros motivados promotores y colaboradores.
Para calentar motores y entrar en tema, teniendo en cuenta que la movida estuvo muy cercana a la irreverencia provocadora del rock en la Argentina (Tema para debatir en otra nota), comenzaremos nuestro artículo con un relato del cual no podemos testimoniar si es verídico o ficcional. Aunque por el estilo podría relacionarse con Picasso.
-Hay formas y formas de prostitución -dijo el artista mirando la pared enorme del restaurante, inmaculadamente blanca. Alzó el vaso con whisky, atención de la casa. Iba por el tercero. Los había esperado. La comitiva de administradores, que llegó tarde, se quedó callada.
-Sí -agregó luego del trago – ¿Para qué me llaman a mí? ¿Acaso no saben que yo puedo arruinarles la comida a los ricos bastardos?
Los gerentes del lujoso local de comida francesa, sofisticada, pronto a inaugurarse, no sabían qué hacer. Empezaron a retroceder. El muralista era famoso. Los dueños lo llamaron para que decore, rellene, amenice, el lugar con mesas de manteles hasta el piso, cuatro pares de cubiertos por cada comensal, infinitas copas de distinto tamaño y función, centros con flores de verdad, sillas Luis XV, veladores dorados, arañas de techo de incontables caireles, carta de vinos finos y caros, mozos de librea, chef internacional. El artista plástico también era internacional. Pero parece que al hombre no lo iban a comprar ni con el mejor scotch.
– ¿Saben qué pasa? -habló el creador – acá hay un olor raro, como a dinero sucio.
Los señores de traje se dieron cuenta que el maestro no iba a hacer la obra, y más cuando apoyó el vaso vacío, y dándose vuelta, dijo.
-Vine porque creía que la pared era del comedor de los cocineros y empleados. Y resulta que era en este salón para los clientes. Yo me vendo, como todo puto pintor. Pero me vendo al pueblo, no hago murales para ricachones. Y se fue dando un portazo.
Esta historia es tramposa, el artista llamado por los dueños de un futuro restaurante de lujo para que decore el lugar posturea como “rebelde”, ¿lo es de verdad? Quizás sea pretencioso considerar que el muralismo en general, debería ser un movimiento artístico contestatario. Ya regresaremos sobre esto más adelante. El mural del colegio no pretende (y tal vez, no deba, aunque el contexto colegial lo sugiera) rozar una idea, que, en un tiempo pasado, pudo ser indócil. En el mejor de los casos, habría sido: inconformismo emocional adolescente.
Mejor comencemos por el muralismo. El sustantivo “murus” quiere decir “pared exterior”, el sufijo “al” significa “relativo a”, mientras que “ismo” puede traducirse como “sistema” o “actividad”. Es decir, son obras que se realizan a lo largo de un muro o pared. Como toda manifestación artística necesita conocimientos y habilidades para desarrollarlo. No es decoración. Es arte. Un arte que posee pilares definidos, por ejemplo, la poliangularidad, la plasmación de una historia, con materiales que deberán estar al aire libre, por lo general de gran colorido, no solo para que llamen la atención, sino también para que despierten emociones. Tiene varias técnicas, desde el cerámico, la pintura, el relieve escultórico, las teselas, el grafitismo, etcétera. ¡Ojo! el grafiti no es muralismo para algunos. Aunque esto, a partir del misterioso Bansky, sería motivo de debate.
Hay que destacar que en el concepto de muralismo, por lo menos desde que empezó a tener fuerza, a comienzos del siglo XX, es cuando ingresó la connotación de una construcción política, que buscaba (y que busca) difundir determinados valores sociales. Quizás haya crecido como movimiento opuesto a la pintura de caballete, porque los “muraleros” pretendieron una obra que ayudara a transformar la sociedad; eran expresiones militantes, tal vez podríamos decir “espejos” donde la gente de la calle, los que pasaban y veían esas figuras gigantes que de alguna manera denunciaban las injusticias, pudieran verse, reflejarse allí. ¿Acaso una buena pintura no cambia la pregunta “qué está pasando”, en “qué me está pasando”? La historia de los murales latinoamericanos, sobre todos los mexicanos, revalorizaban la cultura indígena, el compromiso social, la confianza en la unión frente al colonialismo. El muralismo, en su máxima expresión, fue un movimiento socio-artístico que explotó en México después de la Revolución Mexicana, con el telón de fondo de la Gran Depresión y la Primera Guerra Mundial. Debemos mucho a la tradición afianzada por “los tres grandes”: David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco. Sin dejar de lado que ya los pueblos prehispánicos elaboraron murales, algunos datan de los primeros siglos de nuestra era.
Ahora ¿quién era el artista que negó venderse como “cualquier” prostituta? La verdad es uno y es todo aquel pintor/a que ama su trabajo, no tiene nombre: son todos los verdaderos artistas, que desean democratizar su arte ante la embestida de la globalización, la mercantilización de la vida, el utilitarismo, la banalidad y la dictadura del consumismo.
Hemos querido sintetizar en un (o una) rebelde, el espíritu del muralismo y del arte en general, que no se comprende sin el intento de restablecer vínculos con el pasado, pero con el pasado genuinamente humano, esas luchas siempre perdidas que nos dejaron como legado, pero que siempre serán mandato colectivo.
Frente al crecimiento de las ciudades, estamos llenos de muros y el wi-fi fluye fatal. Pero no es cierto que esos muros nos separen, a pesar de todo, esa proliferación de paredes debería llenarse de andamios y pintores para que el arte esté en la calle y las avenidas indicando la aventura de la vida.
Sin embargo, cabe recordar otra anécdota que enseña la dialéctica de la Historia ante las contradicciones egocéntricas. Hacia 1930 Nelson Rockefeller encargó a Diego Rivera pintar un mural en el espacio más importante de su complejo edilicio en Nueva York. El iracundo (aunque muy bien cotizado) esposo de Frida Kahlo aceptó. Vaya sorpresa. Impuso una condición, la obra debía romperles la cabeza a los transeúntes. Bocetó un mural con el nombre “El hombre en el cruce de caminos”, alusión a la encrucijada entre socialismo y capitalismo. Se pudrió todo. Opinión pública y prensa pusieron el grito en el cielo. En 1934, don Rockefeller macaneó con unas supuestas “obras de remodelación” y destruyó el mural. Diego Rivera calificó el hecho como “terrorismo cultural”. Suena a “batalla cultural”, término muy actual ¿verdad?
Hoy una pintura (posible mural) de Banksy cotiza en el mercado del arte un promedio de 25 millones de dólares. ¿Cuánto costará dentro de unos años el mural de Sui Generis en el colegio de Caballito? ¡Que no lo subasten!
Sui Generis vuela alto y rompió la barrera del sonido y la poesía. Y así será por siempre, porque (se supone) el arte cambia al mundo y las personas. Puede que sí, puede que no. Vaya uno a saber…