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Yendo de la cama-canción al living-literario

    Por NEACONATUS

    A raíz de una idea que surgió del SUI GENERIS FANS CLUB (oficial) en Buenos Aires, desde Misiones NEACONATUS ediciones aceptó la invitación a colaborar, en una convocatoria atípica que proponía estimular a participar a quienes desearan escribir un relato inédito inspirado en las letras de las canciones de Sui Generis. Así bajo el lema ¿Una letra despierta un relato? nació un “certamen de cuentos” para los seguidores de aquel conjunto famoso, motivados por el cancionero pop-rock que dejó huella en la cultura hispanoamericana.

                La recepción de textos superó las expectativas y llegaron relatos desde la ciudad de Buenos Aires, las provincias argentinas, países sudamericanos y hasta de España y Alemania. Pero, más allá, del proyecto, es obligación de NEACONATUS reflexionar sobre la real posibilidad de que una canción, un producto artístico que no suele pertenecer a la “alta cultura”, sino a lo popular (queremos decir, que no tiene el vuelo -la excelencia- que se le exige a una buena poesía) genere un relato en prosa que desarrolle literatura (algo que sí frecuenta una valoración social meritoria). Dejamos de lado la conexión que lleva a considerar ciertas letras de canciones como poemas, lírica cantada. Nos centraremos en explorar la versificación musicalizada, sobre todo desde ámbitos, del gran público, y sus oportunidades de crear narraciones expandidas.

                Una ineludible búsqueda por Internet nos confirmó la tesis inversa, canciones que desde el rock (a través de sus letras) abrevaban en obras literarias. Algunas emblemáticas. Lucy in the Sky with Diamonds (Beatles) en Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carrol, Bohemian Rapsody (Queen) en El Extranjero de Albert Camus, Sympathy For The Devil (Rolling Stones) en El maestro y Margarita de Mikhail Bulgakov, Ramble On (Led Zeppelin) en El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, All Along the Watchtower (Bob Dylan) en el Frankenstein de Mary Shelley, Moon Over Bourbon Street (Sting-Police) en Entrevista con el vampiro de Anne Rice. Ya basta, hay cientos de ejemplos en todo el mundo. Cabe destacar que, en Argentina, Edgar A. Poe es uno de los autores más referenciados en el rock vernáculo.

                También existe el cuento musical, el primero (compuesto para orquesta y narrador) es “Pedro y el lobo” del compositor Sergei Prokofiev (1891-1953). Este es un recurso didáctico muy utilizado en la educación infantil. Los cuentos musicales promueven la percepción auditiva, atención, concentración, memoria, vocabulario y activan pensamientos.

                Una canción de los Beatles: Get back, que tituló el documental de Peter Jackson, nos muestra cómo la obra de estos cuatro talentos surge de la vida real, de sus conversaciones y conflictos. Este ejemplo podría abonar la idea de que muchas canciones son reflejos de un momento existencial específico del autor/es. Pero ¿cuántos años tenía Paul McCartney cuando escribió Yesterday? ¿Puede redactar esa letra un muchacho de 25 años? ¿Cuántos años tenía Charly García cuando escribió Cuando ya me empiece a quedar solo? Hay en las dos melodías no sólo soledad física de dos chicos sino además soledad emocional. Mucho, muy pronto.

    Seguimos insistiendo, ¿puedo tomar una letra y crear un relato ampliado? Nos jugamos por el sí. Muchas historias enteras, no muy extensas, fueron inspiradas en una canción, las canciones insinúan escenas. Finalizando el siglo XX, surgieron escritores cuyas novelas exponían una gran influencia de la cultura audiovisual y la música pop-rock. Una letra que marcó un momento en nuestros itinerarios de éxitos y fracasos puede transformarse en una seductora pieza de prosa. Porque los versos musicalizados influyen en las emociones, conectan personas y, sobre todo, modelan nuestras vivencias. Y nos inducen a escribir, quizás inconscientemente, muchos años después. Además, desde Neaconatus pensamos que el arte (“mayor”, “menor”, “intermedio”, “alto”, “bajo”, “de culto”, “inculto”, lo que sea) es uno solo. ¿Quién nos dice que no se puede ir desde una canción a una novela o cuento, o viceversa? ¿O desde una película clase B? ¿O desde un juego infantil como una Rayuela? En una novela sobre el sistema del mundo (de la Editorial Universitaria de Misiones) aparece la rubia mireya, personaje del tango Tiempos Viejos, heroína que también está en la película Los muchachos de antes no usaban gomina, y el film de Manuel Romero La Rubia Mireya (1948). Nosotros creemos que existe una retroalimentación positiva entre todas las manifestaciones artísticas. En el tema que nos ocupa la influencia entre letras musicales y literatura es evidente. Suele ser más frecuente que la literatura (a secas, entiéndase) deje su impronta en canciones, por ejemplo, Pink Floyd y su disco “Animals” se sumerge en el mundo visionario de George Orwell, su distópico “Rebelión en la granja” Pero ¿qué podemos decir de la influencia de folk polaco en las hermosas polonesas de Chopin? Nos acercamos un poco más en el tiempo y encontramos que José Donoso escribió un cuento corto sobre Poema XX de Neruda. A ese poema le puso música, ¿quién? Ramón Ayala (créase o no) y también hay una versión bastante lograda de Alberto Cortez.

    Rodrigo Fresán es un escritor que puede citarse como ejemplo de autor muy conectado con las letras de canciones a la hora de componer un texto. Para la chilena María José Navia en la obra de Fresán la música y la voz reptan como una “corriente subterránea y eléctrica”. Navia es categórica y afirma que “A day in the life” de The Beatles es el engranaje central de Jardines de Kensington de Fresán y suma” las canciones de Bob Dylan, de The Kinks, de Roy Orbison. Y es que las novelas y cuentos de Fresán no solo cuentan. En sus mejores momentos, también cantan. Y así, es posible pensar en sus libros no tanto como parte de un género literario específico sino como variaciones musicales.”

    George Brassens puede ser considerado como un escritor – poeta – letrista que construyó una literatura “puente”. No le tuvo temor al lenguaje ni a los géneros, el “pornógrafo del fonógrafo” puede considerarse heredero del truhan Villon. Ambos, quizás, sucesores de los griegos para quienes un texto musicalizado formaba un todo, era un conjunto que colaboraba para lograr unos efectos literarios determinados. Comprender una tragedia griega, por ejemplo, desentendiéndose del ritmo y la melodía puede inducirnos a leer algo inconcluso. Puedo ir de un texto en prosa a una letra de canción, y viceversa, de unos versos cantados desarrollar un cuento, una crónica o lo que se me ocurra. Los géneros literarios han capitulado. Para Le Clézio aferrarse a la rigidez de las estructuras creativas es “dogmatismo, inconsistencia que disimula el vacío.”

    A los tumbos por la avenida de la creación como no toparse con Nick Cave y enterarse que una vez dijo, más o menos así, que las canciones y los relatos son transformativas porque nos permiten ser otras personas. Y que otra cosa hacemos cuando contamos algo. Sin embargo, la duda incomoda. ¿Por qué son más los que cruzan desde relatos a letras que viceversa? Podría decirse sin más vueltas, un letrista es un escritor. Con eso basta.

    Alejandro Güerri y Federico Merea publicaron Letristas, la escritura que se canta (Gourmet musical, 2015). Título contundente, con una frase en el prólogo que podría cerrar, por ahora, este tema: “las canciones que circulan por el aire son escritura que se canta.” Cuando entrevistaron a Horacio Fontova transcribieron, “La moza y el patrón es una historia de amor que se me ocurrió.” Una historia nada más, que de eso se trata. Contar historias, como sea.

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