
Por NEACONATUS
Alicia Marina Rossi en la Feria del Libro que tuvo lugar en la provincia del Chaco este 2024, presentó su último poemario: La asfixia o el olvido, que integra la Colección Radar en la Tormenta de la Editorial Contexto. La acompañaron Julieta Ramos y Francisco “Tete” Romero, un transcendente encuentro de personas muy implicadas en la promoción de la literatura del NEA argentino.
AMR es veterana referente en la prolífica poesía creada por mujeres en la región, quizás, por carácter y talante, podría conectar con otra artista misionera que ha producido una obra trascendente a partir de un horizonte con ciertas aproximaciones, nos referimos a Gricelda Rinaldi quien considera que Alicia Marina Rossi es “una persona comprometida con la literatura que, desde el principio, fusionó la palabra escrita con la poética de la oralidad, generando una musicalidad subyacente en toda su obra. Muy profesional en todo lo que hace con mucho tesón y siempre en la búsqueda de conciliar diferentes lenguajes. Un ser donde la “amorosidad” se expresa cotidianamente y en la relación con el otro.”
Regresando a la voz de AMR esta nos cuenta que, durante el evento de presentación de su libro, “la voz de la poesía asomó venciendo la asfixia que los numerosos visitantes de la Feria provocaban en su ir y venir de compras de libros al 50%. Sentí que la literatura estaba allí presente, sobreviviendo entre tanta diversidad de textos a consumir. En una puesta oral de algunos poemas, obsesiva por mostrar el ritmo y la música de la poesía, recordé a los oyentes el sonido de las palabras y la fusión en sinfonía que el poeta busca y que la lectura en silencio no ofrece. Le conté al público que a veces con el idioma de los simios me golpeo el pecho y me traduzco, para otra vez buscar el ritmo, importa como suena. Pienso … Allí estuvieron los versos derramándose, en un hilo de agua, para que no se olvide que hay sed mucha sed que sólo la poesía puede calmar.”
No se puede escindir el alma de la carne, dice la poeta, que pensaba que separadas alguna se salvaría. Ambas forman una sola cosa, indivisible. Como la palabra oral y la escrita, con la diferencia que primero fue el verbo. Primero fue la palabra dicha, los etéreos sonidos, los ecos de las profundidades del cuerpo, de esa carne que menta la autora. Luego fue, pegada a ella, a la palabra oral, la escrita, la salida no de la boca, sino de la mano. Porque detrás de la muralla del lenguaje estará siempre la boca diciente, el órgano que dice, el que canta o murmura, el instrumento que previene la asfixia. Por ahí entra y sale el aire, el beso, el silbo. Y si de la boca sale la palabra, jamás habrá olvido. Y no habrá olvido porque los labios, la lengua, la garganta, el flujo que ingresa y que sale como fragor o ronquido, embellecido en versos como los de este libro, posee el sentido de la memoria, el símbolo, el significado del alma. El cuerpo se une como nunca al alma en ese acto sublime.
Urge no olvidar que al lenguaje le son posibles dos funciones, entrelazadas, pero distintas, una es comunicativa; expresiva, la otra. Nos comunicamos cuando en el atareado mundo cotidiano transferimos a los demás una señal, quizás caldeada por la emoción y la fantasía, o por el deseo. Pero nos expresamos cuando personalizando esa comunicación manifestamos, con intensidad inequívoca, aquello que constituye el “yo” esencial del que habla o escribe. Aquí está la poeta, aquí está Alicia Marina Rossi. Usando palabras, dice que nos expresan con términos utilizados por todos, pero alterados mágicamente por la sensibilidad de artista. Sus versos parecen sencillos, pero si los vemos bien difieren del uso cotidiano corriente.
Hay un concepto clave para enmarcar (si cabe) este libro maravilloso, se llama “contorno del vocablo”. O sea, los accidentes de las formas, que muestran los alcances expresivos. Este contorno lingüístico nos ofrece dos aspectos: 1) el morfológico, que atiende a las modificaciones de las palabras y los matices de la idea; y 2) el ortográfico, que trata de las normas históricas y prácticas con el acertado empleo de las letras y signos gráficos, el dibujo de las palabras, que a la postre, son sonidos. La música posee siete notas principales para todas las sinfonías, nuestro idioma posee veintisiete letras para cien mil palabras, pero la poeta solo necesita de algunas claves para sus versos, que detentan una clara oralidad. Y esto tiene valor, porque los sonidos siempre estuvieron antes que la grafía. En la poesía de Rossi se nota esta genealogía. Analogía musical, primero creamos música, luego la transcribimos a la partitura. Como en la cartografía, recorremos un territorio y posteriormente trazamos el mapa. Para no olvidar. Tal como sugiere el título de este libro.
La poesía, como la vida, comenzó por la boca, después vino el sexo. La boca fue imprescindible en esa copulación, en esa respiración “hasta el estertor de la muerte”, como dice Rossi. Ella encuentra que ese dolor que camina sobre el tiempo es una verdad innegable. La historia humana es la historia del dolor, que, como la palabra hablada, estaba antes del amor, que vino a posteriori, como la escritura. Se nace y muere en un vórtice de dolor. Pero “La vida es ese hilo que nos mueve”, afirma la poeta.
Los temas de su libro son los eternos temas de los poetas y de la poesía: la muerte, el otro (la otredad), la nada, las lluvias inclementes, la mismísima poesía y su laberinto donde perderse, para encontrarse, si se está embrujado/a por los jardines y el agua. Aunque “a veces me topo conmigo y no siempre me da igual”.
Desamor, vida y dolor, triada dialéctica de la existencia donde habita el “cuerpo emocionado” (Biodinámica Emotiva). Nunca dejamos de ser cuerpo, aunque a veces, nos “desahabitamos”. Empobrecemos nuestro espíritu, al decir de Eliseo Rey, “la soledad es una cama de hojas donde escribo”, al decir de Alicia Marina Rossi.
Grande Alicia. ¡Felicitaciones!