
Por Carlos Piegari (Neaconatus). Buenos Aires, Barcelona, Posadas.
Entre los géneros dramáticos mayores, destaca la tragedia. Representa en la literatura un conflicto de tal importancia, donde la voluntad humana se opone a fuerzas superiores. El sujeto se debate entre las potencias del destino y sus propias pulsiones emocionales e ideológicas. Termina siempre en un colofón catastrófico. Los personajes de la tragedia literaria se dirigen sin opción hacia escenas de estallido y ruptura. Así, como sucede en el mundo épico del arte, del mismo modo soportamos estas convulsiones en la dimensión histórica global.
Entramos en un cambio de paradigma análogo al de un tablado escénico o un anfiteatro griego. Se ha quebrado el statu quo que creímos intocable desde 1945. Regresa El Señor de los Anillos con su peso mítico, la organización del mal como modelo de administración absoluta. El mundo va hacia una edad oscura y seguimos cantando Imagine.
Los tiempos negros de la Alemania nazi no eran un riesgo topológico aislado, las sombras recorrían el planeta desde España a Italia, pasando por Japón, infectando Hungría, Rumania, y cuanto país ofertara camisas negras en los escaparates de los comercios nacionalistas y criminales que mercaban con la miseria y la desesperación del no futuro. Tal cual hoy sucede desde Norteamérica a la Argentina, sobrevolando Rusia, Ucrania, Medio Oriente y Corea del Norte. Es tiempo de nocturnidad y aislamiento. Byung – Chul Han lo dice clarito: “la falta de un contrapoder perpetúa el orden económico neoliberal. Este despliega una intensa energía de apropiación, que lo absorbe todo y le da una forma capitalista.”
Son tiempos de Hamlet, El Rey Lear, Macbeth y Otelo. También de Electra, Edipo Rey y Antígona, triunfa Esquilo “el padre de la tragedia”. Se actualizan Federico García Lorca, Oesterheld, Sábato, Piglia. Y también Aristóteles cuando dice que “la tragedia es una imitación, no de personas, sino de acción, de vida y de felicidad y miseria”. Hegel planteó varias definiciones sobre este concepto literario-filosófico. Subraya los elementos dialecticos de tensión, conflicto y contradicción. Con Nietzsche viviríamos en una constante asfixia en la cual domina la hipocresía. ¿Por qué no aceptar que la tragedia es el laxante que la humanidad necesita periódicamente? No en vano en las obras de teatro suelen coexistir dos géneros, aparentemente, opuestos: Tragedia y Comedia. La tragedia es crisis con un desenlace muy distinto a la de la comedia, no hay final feliz, pero si cierta pedagogía de la pérdida. Cuando la tragedia arrasa con todo, entonces solemos reflexionar y lamentarnos sobre aquello que extraviamos. El país, la pareja, la familia, comer una pizza…
Llama la atención que Aristóteles incluyera la noción de “felicidad” en su consideración de lo trágico. Es coherente. Atravesamos los períodos nefastos con cierta inconsciencia venturosa, hasta que nos encontramos en un terreno baldío. El historiador Keith Lowe nos desafía imaginar un mundo sin instituciones, sin Estados, sin ley ni orden. Sin moralidad sólo con estrategias individuales de supervivencia. A muchos jóvenes les cuesta imaginar que esto pueda suceder, pero sí, estalla bajo sus narices precisamente ahora. Y no lo perciben, vivimos en un sonambulismo colectivo guiados por lemas de marketing vivencial en streamimg. Los libros de autoayuda lideran las ventas. Los que describen distopías, han mermado su popularidad, ya no necesitamos imaginar imposibles porque vivimos en un cotidiano planeta inverosímil.
Walter Benjamin, que vivió y murió, en tiempos trágicos recomendó estar alerta a los “instantes de peligro”. Otro historiador, Roger Griffin, nos sugiere escuchar a Bob Dylan en el tema “Desolation Row” (Album Highway 61 revisited. En la canción Ezra Pound y T. S. Eliot “luchan en el puesto de mando del Titanic”: The Titanic sails at dawn / and everybody’s shouting “Which Side Are You On?” / And Ezra Pound and T. S. Eliot fighting in the captain’s tower.). Los instantes de peligro de Benjamin los encontramos en las calles de la desolación de Dylan. Pero pasamos frente a ellos sin verlos, ofuscados en relaciones de amor-odio como Pound y Eliot, mientras se hunden nuestras vidas. Hoy estamos en “un instante de peligro”.
La tragedia tiene tradición política, surge en las crisis sociales, es catártica. Actualmente, aunque parezca lo contrario, lo trágico no se manifiesta a través de un personaje épico que cataliza todas las peripecias aciagas. El héroe ominoso, ya sea un alemán con bigotito, un norteamericano con peluca o un argentino desgreñado no está solo. Este es el nudo que planteamos como siniestro. Todos estos hombres contaron y cuentan con el apoyo de una inmensa mayoría de ciudadanos. Alcanzan el consenso masivo rápidamente. La tragedia magnetiza masivamente a todas las clases sociales.
Los límites entre tragedia y drama suelen turbar. Pero son dos cosas diferentes, en el drama el conflicto evoluciona y se resuelve durante la obra. La tragedia es inapelable, el ahogo resulta hermético, envasado al vacío y tiene fecha de caducidad durante un desenlace fatal. Podría citar un ejemplo de docuficción escrito por el autor francés Emmanuel Carrère, El adversario. Comienza la crónica (real, por cierto), narrando hechos innegables con aire dramático. Un hombre común, sin mayores atributos engaña a su familia. No posee las titulaciones que alega, no trabaja donde dice hacerlo (en la OMS), no es médico, no gana el dinero de forma lícita, tiene una amante, un impostor en toda la regla. Hasta aquí engaños, más o menos excesivos. Un mitómano narcisista y criminal que mentía desde los dieciocho años. Pero el 9 de enero de 1983, Jean-Claude Romand, mató a su mujer, sus hijos, sus padres e intentó, sin éxito, suicidarse. Fue condenado a cadena perpetua. Carrère siguió el juicio, se carteó con Romand cuando estaba en la cárcel e intentó comprender lo que pasaba por la mente de este asesino. Esta historia es una tragedia. No hay retorno. Es una experiencia humana extrema. Como un sistema filosófico que, muta en ideología y conmueve al mundo con una revolución, o una dictadura que provoca un genocidio. La tragedia es un movimiento tectónico existencial e histórico.
Vasili Grossman en su novela Vida y destino, quizás, sea otra muestra. Sugiere vasos comunicantes entre macrotragedias y microtragedias. Mientras en el escenario dantesco de Stalingrado los ejércitos nazis y soviéticos desgarran la condición humana a escala exorbitante, seres pequeños intentan salvar sus miserables retazos de vida en una aldea o una prisión. Como olvidar a los perros con cartuchos de dinamita que lo rusos enviaban a la muerte adiestrándolos para que se escabulleran bajo un tanque Panzer y detonaran. Lo primero que los alemanes mataban al entrar a una ciudad era a los perros. Nos sobrevuelan nubarrones de tragedia, pero como Nikolái Víktorovich en el relato de Grossman: En Kislovodsk, no queremos ser evacuados en vagones de mercancías y optamos por quedarnos sentados en nuestro confortable sillón, aunque la Wehrmacht ya llegó. Y esta ceguera terminará en una tragedia cuando el doctor Víktorovich y su esposa Yelena Petrovna no tengan otra salida que sacrificarse a sí mismos con veneno. Como estos personajes estamos viviendo un instante de peligro que nos conduce a una tragedia, pero aún lo negamos.
Luego de estas breves referencias literarias es ineludible regresar a Nietzsche, mal que nos pese. Para este filósofo, ya lo sugerimos, la tragedia no es una purga, sino un tónico que nos permitiría “reconocer el carácter horrible de las cosas sin una fe final”. Nietzsche no logró ver el triunfo apolíneo de su Superhombre, el siglo XX fue el de los Infrahombres. Dejemos de lado su patético y letal optimismo decimonónico. Y retrocedamos hasta Spinoza quién aporta una aproximación política al concepto de tragedia cuando considera que glorificar las atribuciones salvíficas de un hombre, y permitirle absorber todo el poder en una comunidad, es un error que destruye la paz y la libertad, una tragedia como ha sido demostrado una y otra vez.
Cuando la alteridad se pervierte y genera una oposición que destruye lo colectivo negando la existencia de los otros (ya sea en términos étnicos, religiosos o políticos), ya estamos dentro de un corralito social trágico. Al inaugurarse la Modernidad, si bien el feudalismo (no así el colonialismo) fue un tanto vapuleado, surge una paradoja sorprendente, la burguesía deja de ser una clase revolucionaria y muta como grupo dominante (se perfila el capitalismo), en esta encrucijada podrían encontrarse los lemas reaccionarios que, cíclicamente nos caen sobre el lomo, la oda a la patria ejemplar, la meritocrática, el gobierno insolidario de los más pudientes y, duele decirlo, la muerte del pobre. La tragedia cíclica y perpetua ya anunciada en El matadero de Esteban Echeverría.
Dialogando con el maestro (no de aula académica sino de vida inflexible) Alberto Szretter, este decía que “James Ellroy, un escritor duro y de un humor oscuro, cuyo estilo es despojado y seco, opinó que la literatura policial de hoy es la prolongación de la tragedia griega.” Coincidimos, le respondí: “En este momento la tragedia social es perpetrada por políticas criminales. Nada posee importancia. Hasta el sufrimiento. La gente vota a orates sádicos, y los mezquinos aupados por el sistema, dicen que hay que pasar por este infierno.”
Finalizando el año 2024, la tragedia regresa renovada, ya no como arte escénico griego, Shakesperiano o disputa filosófica, sino como acto político, como “programa” que legitima la violencia económica, el desconocimiento y la supresión del que “no puede o no llega”.
Mientras Szretter y yo despotricábamos sin dejar títere con cabeza (nuestra especialidad), golpearon a la puerta en forma perentoria y brusca. Él preguntó si esperábamos a alguien, le dije que no. Por las dudas, guardamos la botella en una caja con el mantelito para vender libros en las ferias y escapamos por los techos. Soldado que huye, sirve para otra guerra, o algo así.
Para cerrar, valga una digresión socarrona. Cuando el lunfardo y la metáfora bromista de la muchachada se instalaron en el idioma de los argentinos, si algún varón elegante estrenaba un atuendo fino, bien confeccionado por un sastre, chaqueta cruzada con cuatro botones, pantalón con botamanga y chaleco, la barra de la esquina solía corear: “¡Qué flor de tragedia!”.