
Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico. Escritor.
Antes, en un pasado no muy lejano, el poema estaba caracterizado por el empleo de versos. Ahora parece que hay poesía si cualquier escrito tiene un sentimiento o una señal que podría ser caracterizada de emoción poética. Incluso se aplica a todo lo extraliterario capaz de despertar algún tipo de impresión parecida: en primer lugar a las demás artes (“esa música, o esas pinturas, están llenas de poesía”), después al resto de la naturaleza (“ese paisaje, o ese atardecer, es poesía”). La extensión del término ha ido en aumento, incluso a una jugada en el fútbol, a una persona (“esa gambeta o esa mujer, están rebosando poesía”). Limitémonos a lo literario, ciñéndonos a las formas poéticas del lenguaje. Busquemos poesía, allí donde nació: en el poema.
Pero aquí surge un problema, existe la expresión “poema en prosa”. Si el verso gozaba de una forma convencional, aceptada -digamos- codificada, el poema detentaba una especie de existencia jurídica indiscutible. Aquello que estaba versificado era poesía, aquello que estaba en prosa era, sencillamente, prosa. Hasta que se registró lo de “poema en prosa” que parece una contradicción, y que obligó a una nueva definición. A ver si desbrozamos la paja del trigo.
La poesía se diferencia de la prosa por el nivel fónico y el semántico. Se llama “verso” a toda forma del idioma que transmite acústicamente o de modo mental (leyéndolo en voz baja), sonidos de palabras o frases más o menos cortas, que van enlazándose una sobre la otra. Pero este rasgo no es único, porque en el poema existen, también, caracteres semánticos (tomamos esta voz en sentido lexical, o de manera más amplia, en el significado gramatical). A estos caracteres se los ha tratado de estudiar, pero se han presentado como facultativos, mientras que el verso en su parte fónica, es “obligatoria”. Y si no, fijémonos en la oposición entre “retórica” y “poética” que, durante mucho tiempo, designaron las normas de la versificación, prueba del privilegio que se le dio a los medios fónicos del arte poético, al ritmo, a la rima.
Pero hay, o habría, otra diferencia entre poema y prosa. La prosa es el lenguaje corriente, el poema es el lenguaje desviado. ¿Desviado, de qué? Desviado de la norma, de la norma del lenguaje común. Pero el término desviación, además de poseer en nuestro caso, un valor estético, es un concepto muy amplio. Como muchas cosas en literatura quizás podríamos acercarnos diciendo lo que no es. Por ejemplo, lo no corriente, es desviado, lo que no está conforme al estándar usual de la comunicación, lo no normal, ¿el estilo? Para expresarlo de otro modo: el, la poeta, no hablan (no escriben) como los demás. Su anormalidad asegura su estilo poético.
Existe una acepción de estilo que se refiere a alguna característica individual, a un modo de escribir personal, a la forma propia de un autor. “El estilo es el hombre” decía Buffon. Aquí usamos la acepción más amplia (si habría), la que afirma de un lenguaje de todos los y las poetas, que se mantiene más allá de variaciones personales. Aceptando que nos metemos en un berenjenal, decimos que los creadores que son poetas, se alejan más, o se alejan menos, de la norma, pero siempre se alejan, se apartan en el mismo sentido, como si siguieran una tendencia inmanente a la desviación misma. Y aunque los versos fueran sencillos, el conjunto (el poema) se nota descaminado de lo habitual, con el sello del creador. Por eso en el plano semántico existe, como en el fónico, igualmente y de modo paralelo, una remoción del lenguaje frecuente, abandonando los circunloquios, desechando la hojarasca, eliminando las palabras sobrantes, para concentrarse en la esencia de las cosas. En el poema no hay nada de ornamento, ni revestimiento o ropaje exterior. Cuando se vislumbra el cerne de las cosas, y esos versos que lo nombran con armonía, es que estamos en presencia de un poema: forma y contenido, cuando se acoplan, se acercan a (o son) la belleza poética misma.
Lo poético se da entonces con ese lenguaje especial (el creador o la creadora, lo vuelve especial), que transmuta el contenido de una interioridad, donde se teje pensamiento, afectividad e imaginación. El o la poeta produce el poema con la conversión, el izamiento del lenguaje común; tal vez con palabras que se usan en la cocina, la calle, la chacra, la estación espacial o en los burdeles, gracias a la potencialidad del idioma, de un modo indiscernible e inescindible. Y único. Cada decir poético posee su huella digital, su individualidad y su existencia gracias al poeta. Por lo tanto, no es cierto aquello que cantaba Bécquer, “No digáis que, agotado su tesoro, /de asuntos falta, enmudeció la lira;/podrá no haber poetas; pero siempre/habrá poesía. //Mientras el aire en su regazo lleve/ perfumes y armonías, /mientras haya en el mundo primavera/ ¡habrá poesía!”. No es verdad, sin poetas no hay poesía. A pesar de las extensiones del concepto de poesía que mencionamos al principio, si queremos ser rigurosos, no la hay afuera de los versos de los y las poetas. Lo poético es y existe en, y por, el poema.
Un estudio reciente de la Universidad de Pittsburgh reunió a un grupo de participantes no expertos (gente común, bah) para evaluar versos sin saber si habían sido escritos por seres humanos o generados por inteligencia artificial (IA). Utilizaron ChatGPT 3.5 que fue alimentada con poesías de escritores históricos, en su mayoría blancos, anglos, de clase media y media alta (o sea no representaban la diversidad y la riqueza de la poesía universal). Estos poemas se mezclaron con obras de Chaucer, Shakespeare, Butler, Byron, Whitman, Emily Dickinson, Eliot, Allen Ginsberg, Silvia Plath y Dorothea Lasky.
Los lectores (la noticia no dice cuántos fueron) prefirieron la poesía de la IA a la humana, en un 75% de los casos. Además, la mayoría creyó que esos poemas “artificiales” fueron hechos por humanos. Pero, también, dijeron que esos poemas son más “accesibles” y fáciles de entender que los “otros”. Es que hay lectores, sobre todo los que no están habituados a frecuentar libros de poesía, que no están dispuestos a invertir tiempo para captar el poema. Y la poesía se ejercita, se milita, digamos. Los que aman la poesía saben que la “viven”: la leen, la escuchan, la hacen. Así como hay un estado febril, de salud, de deuda, de duelo o de felicidad, hay un estado de poesía.
La poesía demanda un análisis profundo y un tiempo de reflexión y un interés particular por el arte poético. Porque involucra aspectos como el significado, el ejercicio de lectura, la simpatía por determinado estilo o modo de escritura o tema, la revelación, la inversión, la disidencia, la metáfora, la musicalidad, la pasión, la sorpresa. Y porque es estructuración de lo contemplado, amado o sufrido, en los cuartos reducidos de una obra. Es síntesis, no digresión. La poesía no solo es intuición objetivada, es también comunicación. Este detalle es de valor, porque muchos/as poetas escriben tan cerrado, como si sus lectores supiéramos sus cuitas, y pudiéramos descifrar sus versos. Por favor, el poema no es autobiografía, o registro de circunstancias personales. No es catarsis, en sentido clínico. El confesionario no es el sitio de lo poético.
Cada poema ofrece su propia singularidad, a la que los lectores y amantes de la poesía debemos ingresar sin rigidez ni sequedad, más bien con empatía. La poesía (por donde quizás la mayoría de los escritores comenzaron a realizar su obra) es difícil de hacer, por las particularidades que contamos, pero también es difícil de leer (hay que tener gimnasia literaria, estar entrenado). Para cada poema es necesaria una inspiración (sí, una inspiración) determinada, es decir, una luz especial, digamos sensibilidad, el repaso de otras poesías y otros poemas, del mismo o la misma autoría y de terceros, que nos den un guía del conjunto. Por eso cada poema debe ser experimentado, simpatizado, antes del asedio analítico con propósitos de interpretación valorativa.
Las palabras son como los colores puros que vienen en tarros o en pomos. Hay quienes los utilizan según como salen, una vez que sacaron la tapa de sus envases; otros los ensucian; pero hay artistas que los iluminan y los regresan únicos. Con los recursos verbales pasa lo mismo. El o la poeta (qué fastidioso esto de aclarar, cada vez) usa nuestras mismas palabras. Pero cuando las aplica él, ella, ya no son nuestras, ni siquiera de él o de ella, porque la poesía es el resultado del empleo de las palabras de tal forma que se vuelven -más que nunca- de todos los que abren su alma para recibirla.
Fuentes. La estructura del lenguaje poético, de Jean Cohen. Gredos, 1977
Estructura y captación del poema, Edelweis Serra. Huemul, 1967
El poeta en su poema, Ángel Battistessa. Editorial Nova, 1964