
Por NEACONATUS
Han concluido las jornadas durante las cuales se desarrolló la experiencia deliberativa del Foro Terredad. Durante los días 8, 9, 15 y 16 de enero de 2025, se llevó adelante en la ciudad de Posadas una propuesta de investigación escénica cuyo epicentro fue el Centro Cultural Comunitario El Galpón (Pedro Méndez 2260). Este proyecto convocó a la comunidad “a reflexionar sobre la imaginación política de la naturaleza en la construcción histórica de Misiones, como espacio fronterizo y sus implicaciones socioambientales” según indicó el artista e investigador Cristóbal Adam, quien desarrolló este proyecto en la residencia artística “Más allá de El Dorado”, dirigida por Sonia Abián y Carlos Piegari, como parte del programa de intercambio académico entre la Universidad Gastón Dachary (UGD) y la Academia de Bellas Artes de Viena.
El Foro Terredad propuso como punto de partida, la sugerente idea de un tribunal popular que sometiera a juicio el modelo de extractivismo depredador implícito en una determinada forma de imaginar políticamente la naturaleza. Desafío colectivo que supo convocar un nutrido y heterogéneo público durante el mes de enero, período vacacional que con un dólar barato abarrotó las playas de turistas argentinos, y despobló una ciudad de Posadas que soportó días con temperaturas promedio superiores a los cuarenta grados a la sombra. Así y todo, las cuatro sesiones de 19:00 a 22:00 conectaron personas de diferentes edades y ámbitos, que día a día renovaron su compromiso participativo, finalmente llegaron reclamos alentadores: “¿Cuándo nos volvemos a reunir?”, “Ya somos un grupo con intereses comunes”, “hacen falta más de estos encuentros” … Se había apuntado gente con voluntad de actuar espontáneamente, ya, sin esperar el beneplácito o el protocolo oficial. Algo muy arduo en los tiempos que corren y que se dio dentro de un dispositivo artístico.
El proyecto conjuró interrogantes complejos
¿Qué implica un tribunal como idea y forma de justicia? ¿Qué relaciones de poder, espaciales y simbólicas, se articulan en él? ¿Qué formas de justicia quedan fuera de la lógica de un tribunal y cómo dar cuenta de ello? ¿Qué significa poner en escena un tribunal popular sobre la imaginación política de la “naturaleza” en Misiones?
El formato de tribunal popular propuesto se basó en el modelo del Tribunal Russell de 1966 (parlamento de opinión internacional independiente, instaurado por Bertrand Russell y Jean-Paul Sartre para investigar y evaluar crímenes de guerra de los Estados Unidos en Vietnam). Podría, en términos generales, definirse como “un juicio ético organizado por la sociedad civil que, si bien no es legalmente vinculante, busca crear condiciones para la obtención de evidencias y la producción de un veredicto simbólico, con el fin de sentar un precedente y generar mayor conciencia sobre un caso determinado”, como se indicaba en la invitación al Foro. Estos espacios representan un juicio con su magistrado, el fiscal y el abogado defensor. En el caso del Foro Terredad, cada uno de estos roles fue asumido por varias personas a la vez.
Estas prácticas aportan a determinada problemática una dramaturgia mucho más efectiva que la intervención política convencional que, en casi todos los casos, mediante un discurso aparentemente correcto, intenta escamotear intenciones subyacentes. La gente abre sus corazones y saca afuera sus frustraciones sociales sin filtros ni contubernios.
La dinámica de las tres primeras sesiones fue casi similar, una presentación introductoria (a cargo de Adam y Abian), una ronda donde los presentes se dieron a conocer, luego diálogo con invitados especiales alrededor de unas determinadas cuestiones y tiempo final dedicado a la implicación de los asistentes al evento.
Abrió la primera jornada del Foro Terredad, Norma Oviedo, historiadora, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Misiones (FHyCS-UNaM), secretaria de posgrado y directora del Centro de Estudios Históricos y Culturales (CEHyC) en la misma institución. Norma aportó sus reflexiones críticas en torno a la construcción histórica de Misiones como un espacio de frontera y fue acompañada por una acción performativa del equipo de investigadoras/es del CEHyC. Sus intervenciones aportaron claves y disparadores para un posterior e interesante diálogo conjunto en torno a la imaginación política de la “naturaleza” en Misiones.
En la segunda jornada de este espacio de diálogo e investigación escénica destacaron las intervenciones de Roxana Rivas, abogada laboralista y defensora de derechos humanos, quien abordó las luchas actuales de las comunidades mbyá guaraní en Misiones, en especial, por el reconocimiento de la propiedad comunitaria de sus territorios ancestrales. Se sumó Alberto Alcaraz, historiador, docente en la Universidad Nacional de Misiones e investigador asistente del CONICET, quien analizó el impacto del extractivismo yerbatero-maderero, desde los siglos XIX y XX, en la configuración de las relaciones socioeconómicas de la región. Sus intervenciones alentaron el diálogo abierto y la exploración escénica en torno a la pregunta planteada: ¿cómo hacer un tribunal popular sobre la imaginación política de la “naturaleza” en Misiones? Nos acercábamos al núcleo de la convocatoria, crecía la expectativa y el entusiasmo.
Luego de unos días de tregua, el miércoles 15 y jueves 16 de enero el Galpón volvió a invocar el rito de la palabra que circula. El foro reabrió el diálogo sobre imaginarios y políticas relacionadas con la naturaleza a través de las intervenciones de Sergio Alvez, periodista, escritor y colaborador de medios como la revista Anfibia y la agencia de noticias Tierra Viva, y Eduardo Luján, activista ambiental e integrante de la mesa provincial “No a las Represas” y la “Mesa Socioambiental Misionera” (Msam). Ambos compartieron experiencias de organización y movilización popular frente a proyectos extractivistas de gran escala, particularmente en referencia al impacto socioambiental de las represas hidroeléctricas. Cabe destacar la participación y colaboración técnica del director escénico Guille Echenique, quien habló como integrante del grupo de teatro comunitario Murga de la Estación sobre la obra “Sobre llovido… pescados”, que se presentó por primera vez en 2012, y donde un elenco de “peces” del Río Paraná critican en coro la frivolidad y voracidad consumista de los humanos, así como los efectos destructivos que ello tiene en su entorno de vida.
¡Orden en la sala!
Y llegó el último día de encuentro, el espacio fue reorganizado y montado escenográficamente como una sala judicial. Presidiendo jueces, enfrentados acusación y defensa, más un lugar especial para quienes aportarían sus declaraciones. Quedó bien en claro: más allá que desde las áreas de poder político (globalmente) se intente comunicar una sensación de estar haciendo todo de un modo correcto y científico, de que existen planes, expertos y equipos abocados a preservar el futuro del planeta, en la realidad pondera el empuje y la voluntad inquebrantable de la gente de la calle. De los movimientos sociales, de las asociaciones confrontadoras y de la lucha popular. El que todos los días va a trabajar en cualquier negocio expoliador y debe callar, ve degradarse su entorno o morir sus hijos por la insensatez mundial del uso de los agroquímicos, no come vidrio. Los “testimonios”, lapidarios, fueron señalados por testigos que asumieron –mediante el uso de máscaras, “artefactos de citación”– la representación de especies animales y vegetales, algunas protegidas por la ley, voces que aceptaron interpretar las reglas de la situación performativa que se proponía desde el proyecto. Las “acusaciones” inapelables, pero quienes aceptaron jugarse como “defensores” fueron intimidatorios. Advirtieron, si bien las imputaciones al modelo extractivo evidencian una ética infractora multinacional y corporativa, quienes las llevan adelante cuentan con una potencia de fuego muy fuerte, apoyada desde todos los ámbitos de poder. Ya sean imperiales o cipayos. Los jueces culminaron los alegatos exhortando una equidad mundial que evalúe daños, perjuicios y valores en juego, promoviendo un diálogo directo y sincero entre ambas posiciones.
Para Naomi Klein, “La verdad, aunque sea realmente incómoda, es que la culpa no la tiene el dióxido de carbono, la culpa es del capitalismo”. ¿Existe una conspiración corporativista para reducir la población? Es posible, en poco tiempo el agua será más valiosa que el petróleo. Exportar barcos cargados con agua, gran negocio del futuro. ¿Tiene usted un acuífero guaraní? Se lo compro. Y si no me lo vende, le envío mi ejército. Bajo sus camalotales acechan células de activistas terroristas, apoyados por carpinchos kamikazes.
Desde NEACONATUS intuimos que la revolución industrial, más genéricamente, el mecanicismo, terminó con una serie de mitos y abrió preguntas impensadas. Hasta entonces se había representado la naturaleza como un sujeto-agente, tal vez, dios mismo, la Pachamama, la Madre Tierra y otros nombres para designar “eso”. Desde ese momento cero del capitalismo la naturaleza es, esencialmente, un motor fundamental de la economía del sistema.
Para el escritor Alberto Szretter es evidente que cambió la actitud de la humanidad (finales del siglo XVII, inicio del siglo XVIII), la de los pensadores también. Modo de ver que se acentuó en los años iniciales del siglo XIX, cuando la producción se industrializó y se desarrolló la técnica y la relación de las personas con la naturaleza se modificó aún más. Le damos la razón a Marx: los modos de producción alteran los modos del pensamiento.
Esto en tanto ideología, pero también influyó, y de manera brutal, en la economía capitalista. Para decirlo literariamente: el capitalismo desde un principio trató de arrancarle a la naturaleza sus secretos, dirá Szretter. Ese sistema de producción incentivó la curiosidad utilitaria y la curiosidad vana, y despanzurró a la naturaleza, la disecó con el microscopio, la volteó con el serrucho, la alteró con los diques, alumbró la noche con la electricidad, creó la cinta sinfín.
Freud dijo que es seguro que la técnica (que nos ayudó a solucionar muchas cosas, bajo el común denominador de velocidad y economía del esfuerzo), a la vez, nos distanció (entre los seres humanos). Ya Séneca había escrito que el progreso técnico -no el progreso de los conocimientos- era un peligro para la vida moral, puesto que su motor es el lujo y el placer sin límite. Plinio, el Viejo, en Historia Natural, en la segunda mitad del siglo I d.C. había observado que el uso de la técnica (que en ese entonces era de lo más elemental) traía la decadencia de las costumbres, en lugar de satisfacer las necesidades humanas. “Cuán inocente y felices seríamos, cuán refinada sería nuestra vida si no codiciáramos más de lo que está en la superficie de la tierra y junto a nosotros, en vez de andar hurgando en las entrañas de la tierra con nuevos picos y palas, el oro y la plata, y el hierro que solo trae odio y guerras”.
Crédito fotográfico: Joaquín Núñez Abián y Ana Abian