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Solomon y las hijas de Lilith

    Por Paco Mancera Romero. Málaga, España. Escritor

    El siguiente cuento es una transcripción de un texto de 1574 del dominico Tomás de Mercado y encontrado en su camarote, tras su muerte un año después, en extrañas circunstancias durante el viaje a Méjico que tanto anhelaba. He actualizado el castellano del XVI a una versión más amable para el lector actual. Las opiniones expresadas por los personajes son de su propia autoría y no tienen por qué ser compartidas ni por mí, ni por el equipo editor.

    Conocí a Solomon Kane en una soleada tarde de primavera de 1574, en el puerto fluvial de São Salvador do Congo, enclave de la corona de Portugal justo bajo el golfo de Guinea, en África. Lo recuerdo bien, estaba más muerto que vivo: tenía una leve herida en el brazo izquierdo y algunos cortes en el muslo derecho y me batía a muerte con un grupo de cuatro piratas y traficantes de esclavos. Mi posición era más que apurada, desesperada. Los soldados portugueses que intentaron detener a estos indeseables yacían en el suelo muertos o malheridos. Alto, de oscilante zancada, con ropajes negros de puritano, en la diestra un estoque y en la siniestra un puñal, irrumpió en el combate con furia y decisión. Los cuatro piratas retrocedieron permitiendo que me reagrupara con el recién llegado, espalda contra espalda.

    Tras unos segundos de evaluación los cuatro bellacos atacaron más o menos simultáneamente, yo paré ambos ataques con un movimiento circular de mi estoque y de un empujón desequilibré a mi segundo atacante, se trastabilló cayendo al suelo unos metros más allá. Me giré rápidamente para encarar a mi primer oponente, pero huía. Solomon había atravesado de parte a parte al más osado de sus atacantes y desarmado al segundo. Mi nuevo amigo resultaba demasiado habilidoso para estas ratas del mar. También es cierto que se oían llegar refuerzos de la guarnición portuguesa. Los piratas habían sufrido bajas inasumibles: seis de sus camaradas yacían inertes en el suelo y su carga de negros se había desperdigado gracias a la acción inicial de los soldados. Los delincuentes huían perseguidos por los soldados portugueses recién llegados como almas que huyeran del diablo. Y quizás así fuera: mi salvador desprendía fuerza y dominio, pese a su juventud, determinación y un punto de locura que acentúo tras ceñirse el chambergo, que colgó de su cuello durante todo el incidente gracias al barbuquejo. Una sombra negra a plena luz del día podía pasar tanto por un esbirro enviado a la Tierra por un Dios austero, como por un diablo sofisticado.

    -¿A quién debo el honor de seguir vivo?

    -A Solomon Kane.

    -Inglés, lo sospechaba y vuestro acento lo confirma. Muchas gracias por vuestra ayuda.

    -Padre ¿Habláis mi lengua? Mi portugués es muy pobre.

    -Claro hijo –La conversación continuó en inglés- Acompañadme a la guarnición para restañar mis heridas y que os pueda dar las gracias como Dios, nuestro señor me obliga. Me presento soy el dominico Tomás de Mercado.

    -Padre manejáis el estoque con la soltura de un soldado, no de un fraile.

    -No tan bien como vos. Y es cierto, he ejercido muchos oficios: soldado, potenciado real, profesor en la universidad de Salamanca, cronista… De mis cincuenta y una primaveras, sólo llevo tonsurado las últimas veintiuna.

    Nuestro camino atravesaba el mercado que diariamente se ubicaba al pie de la ciudadela. Conformado en su mayoría por negros venidos de las selvas y de la costa, unos pocos musulmanes que cabotean los puertos portugueses y escasos europeos, intercambiaban toda suerte de frutas, ropas y “cosas” que mejor no saber que son.

    -Veo que prestáis interés a las ventas de los puestos.

    -No, no son las ventas, me interesa saber que moneda se usa en los pagos.

    Tal fue mi sorpresa que ni las estatuas de sal de Sodoma y Gomorra quedaron más mudas que yo. Hasta Kane tuvo que volver sobre sus pasos, para interesarse por mi silenciosa inmovilidad. Finalmente pude articular palabra.

    -Hijo ¿No mi digáis que conocéis las teorías de vuestro paisano Thomas Gresham, que si no estoy mal informado vuelve a ser el asesor financiero de vuestra reina Isabel I?

    -Padre, para estar en medio del África negra os veo muy bien informado. No, no conozco que dice Gresham y no es el actual asesor, pero sí el más importante agente financiero de la corona de los Tudor.

    -Vos tampoco andáis falto de información. ¿A qué me habéis dicho que venís a São Salvador?

    -No, no os lo he dicho. Y si me intereso por la moneda con que pagar, es para evitar que me engañen cuando pague las compras que debo realizar.

    -Mi buen amigo, sois pues experto viajero. Sabed que el asunto del uso de las monedas es un tema que me apasiona y que incluso tengo un libro publicado en mi Sevilla natal. Pero no os acongojo más.

    -Padre. Ambos sabemos que me lo vais a contar de todas formas y yo os necesito de buen talante para luego haceros unas preguntas. Contadme pues.

    Con una sonrisa asomando a mis labios, miré al alto puritano y acepté que había mucho más detrás de esa fachada de juventud e integrismo religioso.

    -Sea pues. Vuestro paisano y tocayo mío, afirma algo que ya se venía comentado en las cortes y en academias, pero lo ha sabido sistematizar en un principio: “Cuando dos monedas de curso legal conviven, la considerada como “mala” desplaza en los pagos a la “buena”, que se atesora.” Vaya que cuando tenéis que aceptar ambas monedas por el valor con el que se crearon, es decir aceptar el tipo de cambio entre ellas que se estableció cuando se acuñaron, las personas prefieren ahorrar la que consideran buena (que vale más), y deshacerse de la mala, realizando los pagos con ella.

    -Pero, Padre, en este puerto, no es obligado aceptar ninguna moneda más que el réis portugués y he visto que se usan las monedas usuales: el ducado español y el veneciano, el franco francés, incluso la lira.

    -Cierto, cierto, hijo mío. Sois un avispado observador. Gresham se refiere a las monedas acuñadas por la misma ceca, pero unas en oro, las de más valor, y otras en plata según las distintas leyes[1] de cada una de ellas. Fijado el tipo de cambio entre ellas, por ejemplo, cuatro monedas de plata por una de oro, si los usuarios consideran que la moneda de oro vale más que cuatro de plata; ya que el oro que hay en la moneda vale más que la plata de las otras cuatro: atesoran las monedas de oro y usan en sus pagos las de plata.

    -Padre ¿Qué hace que el tipo de cambio se desajuste?

    -Muy buena pregunta. Mis hermanos y yo en la escuela de Salamanca le hemos dado muchas vueltas a la cuestión. Somos de la opinión que el desajuste se está produciendo por la masiva llegada de plata en mayor medida y en menor proporción de oro, de las posesiones de la corona de España en América. Lo que está originando un fuerte aumento de precios en Castilla, pero también en el resto de Europa. Pero a su vez crea una distinta proporción de las monedas de ambos metales, que el público usuario percibe y tiene en cuenta en sus decisiones, pues el oro y la plata americana no fluyen en la proporción establecida, como la del ejemplo de cuatro a una.

    -Desconcertado quedo y no creo que pueda llegar a entenderlo. Pero padre permítame ahora que os pregunte si habéis tenido noticia de un bellaco francés que se hace llamar Le Loup, tengo asuntos pendientes con él y le sigo la pista desde Europa.

    -Mal bicho es este lobo que me decís. No quiero saber que cuitas os traéis con él, pero las imagino. Sé que se ha unido a una de las tribus de la selva, la del Rey Songa. Desde su llegada, el tráfico de esclavos capturados por esta tribu se ha disparado. Seguro que algunos de los esclavos que hemos liberado hace un momento, puede daros más señas de él. Ahora al llegar a la ciudadela, le pediré al comandante portugués que os facilite el acceso a los negros liberados. Estoy bien seguro que se alegrará sobre manera, de tener la posibilidad de neutralizar semejante espécimen de lobo.

    Este fue mi primer encuentro con el sin par Solomon Kane. Me causo una grata impresión y mejor opinión. Cual no fue mi sorpresa cuando a las tres semanas de nuestro primer encuentro salió de la selva herido, febril, demacrado, asustadizo. Era otro hombre, un hombre roto. Sin recuperar el resuello me pidió una reunión inmediata en privado. Accedí encantado y tras acomodarlo lo mejor posible en mi celda provisional, que ya llevaba visos de convertirse en permanente, pues mi viaje a Méjico no hacía más que retrasarse. Se recostó y tras tomar aire empezó a hablar:

    -Padre, el tal Le Loup no volverá a incomodar estas tierras dejadas de la mano de Dios. –Me persigne y con la mirada le alenté a que continuara–. Padre, desde entonces sufro unas terribles pesadillas, más que pesadillas son alucinaciones… no, no lo son, son vivencias. Padre las vivo, las huelo. Recuerdo como son las pesadillas, esto que me asalta no lo son. Son horrorosas, llevo pidiendo fuerzas a Dios para luchar contra el diablo que me ataca, y trata de hacerme perder mi fe.

    -Hijo, me asustáis. ¿Pero qué tipo de pesadillas sufrís? ¿Con qué os tienta el Enemigo?

    -Padre eso es lo peor. El demonio no me tienta, no me ofrece nada, sólo me enseña cosas que no pueden ser, ni fueron, ni serán en un mundo creado por nuestro buen Dios.

    -Paso a paso, querido hijo. Cuénteme por favor que ve, que siente en esas vivencias.

    -Todo empezó tras ver como N’Longa convertía a un muerto en su siervo vivo. Y no mejoró después de que un enorme gorila empalara a Gulka, el mejor guerrero negro de la selva, mientras que a mí sólo me miró y en esa mirada reconocí inteligencia y su clara intención de no atacarme. A partir de ahí, cualquier momento es bueno para que me asalten las visiones. Cuando llegan van reduciendo la realidad de la selva en la que me encontraba y aumentaba la de las ventanas al averno. Padre, oía conversaciones en distintos idiomas y cuando eran en inglés, no era como el que usted y yo hablamos, era distinto. Pero lo peor son las ventanas, ventanas a un mundo que nuestro Dios no pudo crear. Y no es sólo lo que se veía, sino lo que no se veía. Nada de nuestro entorno, todo era distinto, las ropas, las armas, las comidas, los edificios, incluso los bosques parecían estar encerrados, domesticados.

    -¿Qué le decían? Pues no creo que esas imágenes le hayan alterado tanto, a vos, un hombre de mundo.

    -Padre, hablan de monedas. No entiendo casi nada de lo que dicen, pero se ha repetido tantas veces que por fin voy reconociendo palabras. Padre, las monedas que he visto no tienen metales preciosos en su aleación. Dicen que el valor del dinero es fiduciario, cuestión de tener fe en que los demás aceptarán las monedas como pago por las compras. Y por Dios, que sólo él, merece nuestra fe. Padre ¿Cómo un cristiano puede creer que las monedas valen algo sino es por el oro o la plata que contiene? ¡Qué tipo de locura es esta!

    -Hijo, me aterra, es el mismo diablo quien le induce esas aberraciones. Son locuras demenciales.

    -Pero padre eso no es lo peor. –Se alzó, cogiéndome de ambos brazos y fijando su perturbada mirada en mis ojos. Casi me gritó. –Hay otras monedas, estás son nuevas. Estas ni siquiera se acuñan por ningún reino, sino que cada hijo de Dios, plebeyo o noble lo hace… si quiere. Pero acuñadas y todo: no existen, ni tan siquiera son visibles, están en un tipo de infierno distinto, ciberespacio le llaman. Padre, no entiendo nada y mi cordura escapa entre mis dedos.

    Solomon, tan largo era, metió su cabeza entre las piernas con tal desesperación que no creía que la razón volviera a coronar su testa.

    -Padre, minado lo llaman, no sé qué es. Minando es como las crean, pero sin existir, así son las monedas de Satán. Lo peor es que no hay minas, ni picos, ni mineros, ni tierra, ni cuevas, ni pozos, nada, no hay nada. Cada uno puede hacer nuevas monedas, cada nueva moneda cuesta mucho más que la anterior. Perdón, criptomoneda, pues así se llama este invento de Belcebú. Llegando incluso llega a costar más acuñarla que lo que se puede comprar con ella. Además, una vez acuñada, esta aberración monetaria, que siga existiendo cuesta dinero ¿Qué mala magia es esa? ¿Qué aprendiz de hombre yuyu haría semejante aberración? Padre, es como si fundieran buenas monedas de oro para con sus cenizas crear una criptomoneda que vale menos de lo que valían las que se han fundido y que además hay que seguir alimentado con más buenas monedas de oro, para que sigan existiendo en su no existencia. Padre, son vampiras, son hijas de Lilith.

    Cesó agotado. El esfuerzo de rememorar el combate con el diablo monetario lo sumió en un letargo, perdió la viveza de los ojos y por un momento creí que el buen Dios lo iba a acoger en su seno. Por suerte no fue así.

    Mi puritano amigo ha combatido con el peor demonio posible. El demonio de la avaricia, que aleja a las personas del bien para seducirlas por el camino de la prepotencia, la ignominia del mal y de la codicia sin fin. Mercadear con… nada, para ganar usureramente pingues beneficios gracias a la codicia de otro cegado por el falso brillo a oro del vacío. Brillo áureo que Satanás le inculca a esta nueva Sodoma y Gomorra del interés sin límite, ni moral ni tan siquiera existencia.

    Mi pertenencia a la orden de los Predicadores allá en Méjico, durante mi primera estancia, me permitió conocer las hierbas que utilizaban los indígenas para curar casi todo tipo de mal. Administré una fuerte dosis de brebajes que consiguieron aplacar a Solomon, induciéndole un sueño de varios días. Inspeccioné las heridas que pudiera tener, descubrí algunos cortes originados en un reciente duelo a espada, que presentaban un estado realmente sorprendente y lastimoso. Unos nuevos emplastes medicinales consiguieron que poco a poco retomaran la normal senda de la curación. Estoy seguro que el estoque de Le Loup había sido infectado con algún veneno por el hombre yuyu del Rey Songa, y eso explica tan demoniacas visiones: monedas que no existen y que no se crean en ceca soberana alguna, sino en plebeyas manos, privando al tesoro del reino del derecho de señoreaje de las nuevas monedas acuñadas. Tales engaños del Diablo sólo pueden acabar con la ruina económica y moral de los reinos cristianos y de sus moradores que se acerquen a tal engaño. Dejan de ser buenos cristianos al dejarse dominar por la avaricia que habita en ellos, que habita en todos nosotros, y que para probarnos creo el buen Dios el libre albedrío, para que aprendiéramos a apartar de nosotros las tentaciones demoniacas de las criptomonedas y demás juegos de Ponzi.

    A los quince días Kane volvió a la vida. En la siguiente semana no volvió a sufrir alucinación alguna y olvidó, o eso quiso hacerme creer, aquellas aberraciones. Después fue imposible retenerlo y abandonó el enclave, ya recuperado y con su temple completo. De nuevo un hombre de Dios, con esa mirada aguileña llena de determinación. ¡Qué gran inquisidor de nuestra Iglesia hubiera sido! Siempre tan falta de hombres justos y rectos.

    Hoy he recibido la autorización de mi señor Felipe II ¡Por fin me marcho a Méjico!

    [1] La ley de una moneda es la proporción de metal precioso, oro o plata, respecto del total de su peso. Así la pureza al 100% (realmente es el 99,99% ya que alcanzar el 100% es imposible químicamente hablando) de las monedas de oro equivalía a 24 quilates y las de plata a 12 dineros.

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