
Por NEACONATUS
El premio Nobel de Literatura 2016 fue otorgado al cantante y compositor estadounidense Bob Dylan, por “crear nuevas expresiones poéticas”. Todos y todas, podemos (hoy más que nunca) crear poesía. Es la vacuna que necesitamos para inhibir la parálisis y el aturdimiento. “Los tiempos están cambiando”, escribió el hosco Dylan.
Neaconatus ofrece un espacio gratuito (una sección exclusiva de poesía) a las y los poetas que desean publicar su obra. Todos empezamos a escribir, antes que con prosa, con versos. A veces continuamos en este género tan especial, pero ¿qué es poesía? Indudablemente no es una frase sobre otra, con cierta habilidad de combinación ingeniosa de términos, metáforas y rimas. Es algo más, que sabemos complejo, por eso buscando definirla (que no pudimos) encontramos esta historia que está en el Génesis y que posiblemente sintetice los esfuerzos del poeta.
En cuanto a Neaconatus y su mecanismo de edición, les contamos que 1) los temas son abiertos y libres; 2) que las creaciones que nos manden no deben ser extensas, (pongamos como máximo, 3 o 4 páginas -en total- para uno o varios poemas), con tipo Time New Roman, tamaño 12; 3) unos breves datos personales, anexos, para que los lectores conozcan y reconozcan al artista, donde conste la autorización de publicación, y si son de algún libro del autor o inéditos. El correo electrónico de envío es neaconatus@gmail.com
Había una vez un hombre que, en un viaje por una zona inhóspita, con su familia y ganado, se topó con un riacho. La tarde se iba disolviendo en grises. Logró hacer cruzar casi todo, y cuando volvió a buscar algo, la oscuridad total descendió como un sorpresivo manto oscuro. Se quedó solo en la otra orilla. De pronto apareció una silueta, y comenzó una pelea sin explicación, que duraría la noche entera. Era un combate a ciegas. El viajero creyó que su rival era otro hombre, pero ignoraba quién era, podría ser un ángel o, tal vez, Dios. No conocía a su provocador, solo recibía sus embates, mandobles y fintas nocturnas de un duelo, de abrazos y rechazos, interminable. Batalla de empujes y retrocesos. Cuerpo a cuerpo las dos figuras trenzadas con la negrura, no se daban tregua. Hasta que, despuntando el alba, el peregrino pareció ganar. Sin embargo, mientras el extraño lo hería en el muslo, le indicó que lo suelte, que ya estaba clareando. El ambulante del desierto respondió que lo soltaría, pero primero quería que lo bendijera. ¿Cuál es tu nombre? preguntó el desconocido. El hombre, respondió Jacob ¿Y el tuyo? Entonces la figura enigmática lo bendijo, no reveló su identidad, y desapareció. En ese momento justo, salió el sol.
Esa lucha de Jacob con el ángel, es la misma del poeta (cuando escribo “poeta” debe entenderse en todos los géneros que se deseen) en la hechura del poema. Y al igual que en el Génesis, el resultado del choque -al principio- es incierto. Ponerse a escribir un poema, es tan inexplicable como la pelea del hombre esa noche (la noche, todo un símbolo), y la necesidad de nombrar y el pedido de bendición.
Algún poeta podrá decir que no riñe para nada con los versos, que escribe con la soltura del vuelo placentero de las aves, que las frases le salen solas. Está bien, puede ser que haya genios que andan sueltos por ahí. No hablamos de los afortunados, sino de la inmensa mayoría que combate (disculpen las palabras bélicas) para cachar lo escurridizo, para nombrar lo indecible.
“Aquí estoy, después de veinte años/ tratando de aprender a emplear los términos, y cada tentativa/es un comienzo totalmente nuevo y un tipo diferente de fracaso/ porque uno sólo aprende a dominarlos/ para decir lo que ya no quiere, o quiere decirlo de otro modo. Por eso cada intento es de nuevo un inicio, una excursión a lo inarticulado/ con un mísero equipo cada vez más gastado/ en el desorden general de la inexactitud del sentimiento”. T. S. Eliot.
El pleito entre el ángel (la poesía) y el ser humano (el poeta) consiste en que este debe construir con los tres valores idiomáticos (lo imaginativo, lo conceptual y lo afectivo) un inédito lenguaje: el poema. O sea, una criatura expresiva inexistente hasta entonces.
Para ello utiliza las palabras del diccionario, las comunes, las raras, todas las que cree que “van ahí”, y las erige en poesía gracias a la virtud formante de convertir al lenguaje en una realidad inescindible entre forma y contenido.
¿Por qué es difícil la poesía? Porque en los empujes y fragores de la oscuridad, el hacedor no solo debe objetivar su intuición en una expresión con valor estético, sino además comunicar. Persona, ambiente y circunstancia afectan al poema. No obstante, el poema no es autobiografía, mención de hechos, listado de afectos, predicamento de ideología; porque no se determina por esos factores. A nadie (lector) le interesa los sufrimientos y goces personales del poeta, su divorcio, su éxtasis en un atardecer, su conmoción cuando vio el primer lapacho florecido. Esas cosas son bellas o doloridas por fuera de la poesía. El poema existe por otra realidad autónoma, válida en sí y por sí misma. La orquídea impactante del poema, no es la orquídea colgada en el jardín. Todos los componentes individuales son transformados artísticamente (el poeta es un alquimista) en una unicidad no analizable. Como si fuera un organismo único e indivisible, que escapa a la disección y al microscopio, porque es un nuevo ser verbal. Con suerte y talento, es la esencia de la cosa de la cual nació, y no la cosa. La tristeza del Poema veinte, no es la de Neruda, ni sintetiza algún amor del chileno roto hace tiempo, es la tristeza y la añoranza de todos los enamorados de la Tierra, cuando ya pasó el tiempo y el amor no está, pero tal vez, está; y sin embargo “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
En la colisión con el ángel, el ser humano poeta tiene, en la soledad del universo, una tarea importante, que significa transmutar a espadazos, o como sea, lo contingente del mundo exterior e interior, en algo que lo trascienda, ocultando las vitales fuentes de nutrición, los disparos que desencadenaron la inspiración, la emoción primigenia que precipitó la búsqueda de bendición.
Para ser bendecido, el poeta debe desnudarse (no se preocupen: en la metáfora bíblica, significa decir el nombre). Con suerte y trabajo ganará el litigio, saldrá el sol, o sea, saldrá el poema, que en un principio podrá ser solo polvareda que deba asentarse con el tiempo, es decir, corregirse. Pero puede suceder que la persona sea derrotada, y la noche continúe su victorioso paso inexorable.
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