
Por José Mazzaro. Corrientes. Psicólogo, escritor
El demonio existe, pero no recuerda quién es.
Una de las reminiscencias más vívidas de mi infancia es haber escuchado decir a mi abuelo en su lecho de muerte que Lucifer en persona –el mismo del que todos hablan– le había confesado un secreto.
Mientras esforzaba sus últimos jadeos, me manifestó que el demonio caminaba entre nosotros, pero que se había extraviado. Que no lograba reconocerse y que por ello había perdido su reino. Según él, sin importar lo mucho que lo intentase, se veía a sí mismo como a un extraño. De la misma forma cuando uno se mira al espejo, y se pregunta realmente quien de los dos es el reflejo.
Así también, me comentó que la desgracia del Señor de la Noche había sido producto de uno de los tantos castigos que le fueron impuestos por los fascistas del paraíso. A quien pensase distinto a ellos, le cortaban la cabeza o las alas y le quitaban liderazgo sobre todo lo que reptase, volase o se arrastrase sobre la tierra. Pero no contentos con esa sola sanción, a él le borraron también la memoria. Eones de aventuras y de conquistas, destinadas a los laberintos del olvido.
Justo antes de retirarse, el diablo le aseguró que estaba cerca, y que no pasaría mucho tiempo hasta poder recobrar lo que le habían robado: su sagrada identidad. Pero debía esforzarse, buscar la manera.
Llegado ese momento, sus manos marchitas tomaban las mías, insistiendo en que comprendiese lo que me estaba contando. Al finalizar, su corazón se detuvo y dejó este mundo ordinario luego de un par de sacudidas en el camastro. Su rostro, enjuto, estaba ya entre las sombras incluso antes de perderse en el desierto de la muerte. ¿Habrá estado el demonio esa siesta con nosotros? Tenía entendido –por lo que después me reveló mamá–, que Lucifer nunca abandona a quienes ha confiado un secreto.
Luego de eso, recuerdo los ojos de mi abuelo ya muerto: globulosos y recubiertos de una película viscosa que los ensombrecía, dando la impresión de ser planetas diminutos que resguardaban la receta misma de la desgracia. Su boca quedó abierta y no podía ver nada más allá de sus labios. Se presentaba ante mí como un terrible y fatídico pozo hacia el absoluto infierno, y en algún momento pensé que se tragaría –si no una parte– mi alma entera. Por otro lado, su funeral no tuvo más repercusión que cualquier otro, y su nombre se perdió en el tiempo. Aunque esa narración extraordinaria y secreta resultó ser la herencia más próspera que pudiese haberme legado.
Nunca me cuestioné acerca de cómo era posible que el diablo hubiese entablado conversación con un viejo moribundo. Tampoco sobre la lógica misma de la confesión. La charla de mi abuelo con el demonio, ¿habrá sido durante la noche? ¿Satán en persona, sentado a un costado de su cama? ¿O habrá estado de pie? ¿Será que solamente lo escuchó? ¿Lo habrá visto?
Me llamo Ester Simona Oblondo, vivo frente al Hospital Vidal en la capital de Corrientes y no creo en la suerte. Me gustan las flores, las del ceibo para ser más exacta. Me apasiona el color rojo de sus pétalos que, figurando ser delicadas manos del tártaro, buscan apoderarse de la brisa con sus curvilíneos dedos. Cada pimpollo, perfecto, es sostenido por un pedúnculo firme y marrón de tonalidades oscuras, como los ojos de mamá cuando está triste.
También me agrada el olor de las garrapiñadas que venden en la peatonal Junín, los chipás con forma de rosca y la risa estrepitosa de los chicos, carcajadas desopilantes que aún no han cedido por completo a la censura del vulgo.
Una tarde de otoño, mientras visitaba la vecina ciudad de Resistencia -o la ciudad-museo como también se la conoce-, el destino se cruzó conmigo. Estaba parada en la esquina de la avenida Arturo Illia y Alberdi, observando con atención la obra «Microcosmos», de un tal Geuel.
No sabía mucho de la instalación, salvo que el artista nació en Holanda en 1958, y que la obra fue creada a partir de mármol y hierro durante la Bienal en el 2004. Se asemeja a un meteorito impactando contra la tierra, suspendido para siempre justo antes del impacto. Es la imagen de lo imposible a punto de suceder. Un mensaje proveniente del cielo de la noche que decidió congelarse para que podamos ver su designio. Para que yo pueda ver el designio. Un pedido divino con mi apellido inscripto en secreto. Comprendí que esa escultura no tenía mi nombre, pero que era yo la única destinataria de su mensaje. Me pedía accionar, moverme, buscar y darle forma a mi legado. Ahí entendí que el blanco define la flecha, y no al revés.
Por lo demás, jamás me interesó ningún tipo de arte. Considero las expresiones artísticas, cualesquiera sea su naturaleza, prácticas propias de espíritus errantes que no pueden absorber el mundo como tal y se pierden en sus juegos infantiles de crear cosas que no existen. El arte es un grito al vacío, una pérdida de tiempo.
Una vez en casa, en la tranquilidad del departamento, pensé una y otra vez en lo que debía hacer.
Luego de unos momentos de reflexión, consideré que tenía que hacer lo mismo que hizo ese artista: crear un artefacto. Pero, a diferencia de un producto sin utilidad más que el estético, el mío debía cumplir un objetivo, alcanzar un propósito, aunque el fin último de la máquina no me fuese revelado al inicio de su fabricación. De la misma manera que se comienza a trabajar un cuchillo, sin saber qué vida irá a reclamar su filo.
Al principio me concentré en utilizar piezas mecánicas, eléctricas y electrónicas sin uso, para luego pasar a las que sí funcionaban. Y después de unas semanas de infructuosos intentos, con mi casa en plena oscuridad, la máquina no marchaba. Era más parecida a una montaña de porquerías, acopladas torpemente entre sí queriendo copular sin éxito. Ni uno solo de los focos encendía. No hacía ruidos, no giraba una tuerca. Era un monstruo plástico y metálico sin vida.
Así, perdida en la desazón del fracaso, me di a la pereza, a la gula, a la ira, a la envidia, y otras tantas prácticas recreativas. Hasta que un día, al igual que ocurrió con «Microcosmos», un anuncio profético me fue conferido. En el centro de la penumbra, arrojada en mi habitación a la noche plutónica de Corrientes, Asimov entró maullando incoherencias. No había tenido tiempo de alimentarlo, el gato estaba famélico y desorientado, al punto tal que no podíamos entendernos.
Con su fallecimiento, días después, razoné que el motivo de mi fracaso no era la falta de voluntad, ni el diseño intuitivo con el cual me guiaba. El error eran los componentes que utilizaba para construir mi artilugio. Necesitaba algo con energía, con pasión, con vida. Y Asimov, mi insufrible macota, fue el primero de ellos. El primero de muchos, porque luego necesité otras piezas. Más grandes, más complejas. Requerí de partes que nunca pensé que usaría para cumplir con mi propósito.
La máquina había sido difícil de armar, y además me llevó tiempo. Mucho tiempo.
No tenía instrucciones más que mis emociones interiores y aun así, a diferencia de la anterior, esta sí funciona. Cuando la enciendo, todos sus componentes se comunican entre sí para emitir un cántico espectral de baja frecuencia, una sinfonía maravillosa. Y brilla en la penumbra, como si estuviese palpitando, cubriendo mi cuerpo de un tono cobrizo, tenue y cálido. Cuando conversamos, es como si me estuviese dirigiendo hacia una legión de almas. Todas a mi entera disposición.
El artefacto tiene forma de tótem: es un cilindro macizo compuesto por carne, huesos y piel de unos tres metros de alto y casi dos metros de circunferencia. Está emplazada en el centro del living.
A medida que la fui construyendo –terminándola exactamente en seis meses, seis semanas y seis días– me resultaba de lo más trabajoso sujetar cada parte. Su estructura helicoidal es caprichosa y, en algún punto, única, pero fue agarrando forma a su propio gusto. Tomaba una parte, la recortaba, la limpiaba, y continuaba. Hasta que en algún momento del proceso simplemente me detuve.
Cuando estuvo terminada no podía dejar de verla. Era como estar presente al momento de un parto, y escuchar el grito de la vida. Quedé atónita, deslumbrada y pensativa. La vida, al igual que la desgracia, encuentra siempre su camino.
No todo es regocijo. El gigantesco falo de apariencia neuronal, sangra sin descanso por cada una de sus extremidades. Supura sudor, plasma y otros líquidos. Además, el olor, su intenso y exquisito perfume, es infranqueable, lo cual dificulta mantenerla en el anonimato. Se verá, donde vivo es un dúplex con sus espacios muy bien distribuidos, pero reducido y pegado a otros departamentos de idéntico diseño. Las paredes son delgadas. Y si los muros tienen oídos, las puertas y ventanas tienen ojos. Así que, hasta el día de hoy, he guardado la más absoluta reserva.
La máquina se apuntalada en los extremos por sogas de fibra natural fabricada con intestinos, sujetando con vigor toda la estructura al techo y el suelo. Brilla en su base gracias a los dientes, orejas y uñas que le dan cierto aire de esplendor. Sin embargo, la cúspide, repleta de lenguas, mejillas y dedos es lo que termina de coronarla como una obra maestra.
En algún punto, poco antes de echarla a andar, tuve la curiosidad de saber si habían existido otros de estos dispositivos a lo largo de la historia. Según pude comprobar, se crearon solo dos de ellos: uno fue fabricado en el año 493 a.C. por un sacerdote persa del Imperio aqueménida; un tal Aristóbulo había tenido la dicha de terminarlo. La otra máquina, por más ilógico que parezca, se creó trescientos años en el futuro, aunque no pude indagar quien fue su constructor. A estas alturas, el tejido del tiempo-espacio visto como una línea que se proyecta hacia adelante, me parece no solo una de las mayores ficciones que pueda existir, sino una limitación del intelecto que no alcanza a los iluminados que nos abocamos a estas divinas tareas. No es menester de tibios ni llanos, completar una encomienda como esta. La sangre que hace de lubricante debe mantenerse caliente, los corazones tienen que latir sin descanso y las cuerdas vocales, entre otros mecanismos, tienen que estar afinadas y funcionando a la perfección.
Ahora bien, aún no consigo dilucidar el propósito para llevar a cabo semejante empresa. La enciendo exactamente a las tres de la mañana. Emite un chichillo agudo, como si todas las voces de los órganos que la componen estuviesen entonando una canción de despedida y de veneración al mismo tiempo.
Finalmente, justo antes de que la melodía se detenga, una figura se proyecta a los pies del tótem. Y esa figura es la mía. Tan nítida y precisa en detalles, que logra confundirme hasta la dulce locura.
¿Quién podría llamarme a mí la original y a ella la copia? ¿Cuál es el propósito de este artefacto glorioso que me devuelve sin pistas mi propia imagen? ¿Qué secreto me devela? ¿Quién es esa mujer que, pareciéndose a mí, no puedo reconocerla del todo?
Tal vez el testimonio del viejo tenga algo que ver. Quizás ahí se esconda el misterio de este artefacto. Sin embargo, no tengo dudas de que el demonio existe, y de que mi máquina funciona.