Ir al contenido
Inicio » Aportes a la confusión general, hoy: Mariana Enriquez I

Aportes a la confusión general, hoy: Mariana Enriquez I

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Escritor.

    Ella, nuestra pop star dark de la literatura, está de nuevo en las librerías. ¡Vamos a festejarlo con una apología friki y cruel! Pero esto no termina aquí, habrá segunda parte.

    A Mariana Enriquez (sin acento) hay que quemarla en los cementerios en los que gozaba caminar desde niña, y que ahora nos describe con oscuridad sangrienta, retorcida, gótica. Sacarle la piel y pegarla como estampilla en las esfinges y mausoleos de los camposantos. Punzarla con dedos rígidos de zombis. Azuzarla con duendes de horror entre las tumbas. No permitirle que nos deje preguntas sobre quiénes somos, y erizarnos los pelos; o que nos quedemos crispados pensando que eso que nos cuenta también es el mundo que habitamos. La muerte y sus bemoles está aquí, adentro nuestro, y espera encontrarnos para que el abrazo se sienta como último, inacabable.

    Si coincidimos con ella en que el periodismo gráfico está en extinción, que todo se vuelve digital y lo que más rinde es Internet y los textos cortos, las oraciones cortas, quizás mereceríamos ser liquidados con Mariana. ¿Qué deriva ha tomado la literatura? Los que se arriesgan con que “el papel ya fue”, como opina la escritora, posiblemente deban ser también linchados en público, porque esa certeza merece el escarnio en la plaza 9 de Julio, un paseo a la rastra por la costanera, ser colgados en el mástil de la avenida Mitre. Ella no sabe qué va a pasar con el papel para volúmenes, o en qué se va a reconvertir. Pero los que aman el libro clásico están, estamos, fritos. Y estamos fritos porque Neaconatus, contagiados por la escritora, ya lo dijo en la Feria del Libro pasada: solo es cuestión de tiempo, como la muerte.

    Mariana Enriquez se casó con un outsider, Paul Harper. ¿A quién se le ocurre recorrer el mundo desde Singapur pasando por India, Pakistán, Irán, África y América, durante seis años en bicicleta para protestar contra el FMI y el desguace del planeta por los grupos financieros? La pareja estuvo un tiempo en Buenos Aires hasta que a principio de este año, 2025, se mudaron a Launceston, ciudad de la isla de Tasmania, que es parte del archipiélago de Australia. ¿Atraídos por el Demonio homónimo?

    Hay que fusilarla sin vendarle los ojos, porque escribe sin ningún propósito. ¡Qué atrevimiento! Porque odia a los Beatles desde el fondo del alma (quién es ella para ir contra corriente, contra los héroes del pop, esos íconos de las histeriquitas), y porque es metida con las mujeres. Dice que ha descubierto que son las mujeres las que crean los dioses del rock, y piensa -convencida- que son ellas las que provocan cambios, no solo en la música, sino en todo; o son las que mienten en forma fabulosa, como Millie que inventó a su hermana, en Los pájaros de la noche, (del libro Un lugar soleado para gente sombría) la que vive (si es que vive) una vida podrida en un cuerpo que se va desmenuzando o que deambula como un fantasma. Porque los fantasmas existen, certifica la escritora, ¿Nosotros no seremos fantasmas, también, a veces etéreos, a veces corpóreos? ¿No vamos perdiendo cada día una parte de lo que somos? En ese cuento Enriquez menciona leyendas del litoral, habla de Misiones. Escribe varios mitos en dos o tres renglones, pero no en forma clásica, como lo hacemos aquí, sino que los reinventa desde el lugar del miedo, la fábula popular del castigo por la desobediencia, la mala conducta, o el amor desesperado que transforma los personajes en ave, en cascada, en planta El correctivo es la metamorfosis, el cambio de un destino por otro no querido, sino ejecutado como expiación, como mutación definitiva, merecido escarmiento, por seguir bailando en la festichola del pueblo, por ejemplo, en vez de llevarle el remedio a la madre moribunda.

    Es demasiado que Enriquez busque y encuentre, en el maremágnum de escritores, una forma terrible de escribirnos el miedo, “Nuestra parte de noche”, ni qué hablar de “Las cosas que perdimos con el fuego”. Hay que sacarle los ojos, paralizarle el nervio facial con un arco voltaico, para que se le caiga el labio y babee, amputarle una mano, inducirla con drogas a la esquizofrenia. No podemos dejar pasar esa desenvoltura, esa manera descentrada de relatarnos el mundo, de mostrarnos los trapitos al sol, la hipocresía de la sociedad, la doblez oculta de los bienpensantes. Cómo podemos tolerar que saque un espejo para mostrarnos lo que somos verdaderamente. A los buenos escritores y escritoras, como ella, hay que desparramarlos en ascuas, en carbones prendidos, en pira, no para volverlos cenizas, sino para que contagien su inspiración, para que regresen en llamarada, en fogata que alumbre la literatura.

     

     

     

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *