
Por Marcos Hillebrand. Posadas. Escritor y editor.
Fue un privilegio. El miércoles 9 de julio en la feria provincial del libro de Oberá tuvo lugar el conversatorio Casa de voces, en la que pude hacerle algunas preguntas a Marina Closs.
Una señora nos presentó, habiéndonos preguntado un rato antes qué podía decir. Yo había preparado unas preguntas que organicé en distintos ejes, sobre todo para sortear momentos en los que pudiera quedar en blanco. No fueron necesarias.
Empezamos con su última novela, Casa de agua.
Me dirigí a los presentes, les transmití mis sensaciones como lector respecto de la novela.
Para leer Casa de agua hay que sacarse la ropa y ser nadie. Hay que admitir la vida rigurosa de los acontecimientos sin contigüidad lógica que van dando forma, capa sobre capa, a ese mundo blando y agrio, de colores que se saturan y se opacan.
Rituales y trabajos nunca antes oídos son enunciados por los personajes con la severidad con que se anuncian las conclusiones más irrevocables. Surgen en segundos las tradiciones más perennes. Se susurran los vaticinios más garantizados.
Casa de agua nos desautomatiza como lectores. Lo más interesante es que requiere de nosotros una nueva automatización, casi dolorosa al principio, liberadora después, en la que somos ceñidos, masticados y devueltos por su forma y su lenguaje.
No hay que leer Casa de agua en clave de alegoría.
Hay cruces y rayos. Hay ciénagas. Hay plantaciones, vacas, labor de chacra. Hay correntadas y lluvias que no paran. Hay gritos. Subsuelos. Deseos de huir. Hay hasta el deseo de huir cabalgando la lápida de una yegua (de algún modo pensé en “El jinete del cubo” de Kafka). Pero todo convive como si se estuviese dentro de un sueño interminable plagado de pequeñas pesadillas. Hay movimiento.
Puede parecer poco lo que voy a decir, pero no lo es si tienen en el regazo el libro. Lo que pide Casa de agua es que veamos. Hay que ver lo que se narra. Hay que ver las imágenes que esas palabras son capaces de generar, tomándose de las manos en oraciones que nunca dejan de exhalar el propio aire de la novela. Palabras que, antes de tomarse de las manos, se hacen cortes en las palmas, para que sus sentidos se contagien y circulen como en una gran cadena.
Y entonces tiene lugar el hechizo.
Intenté decir algo de eso.
Hablamos del lugar que ocupa Casa de agua en su obra y en la literatura argentina contemporánea. Marina habló de la casa de su abuela y el modo en que está presente en Casa de agua (que son los modos de la ficción).
Hablamos de los premios que recibió y de las puertas que se abrieron para sus textos después de eso.
Hablamos acerca de cómo se lleva con la crítica.
Hablamos de sus tiempos de escritura, que no son los mismos tiempos que los editoriales.
Hablamos sobre los límites entre Álvar Núñez, trabajos de sed y hambre y La despoblación respecto del dúo publicado por la editorial Bajo la luna (Tres truenos y Monchi Mesa).
No hablamos de sus primeros libros. También se nos pasó hablar de Tascá Skromeda y de las ediciones en otros países de Tres truenos.
Hablamos sobre lo que dijo en un artículo respecto de cómo se infiltra la primera persona en sus textos, sin ser autobiográficos o autoficcionales.
Leyó un fragmento de La doncella aguja.
Una señora, también escritora, hizo numerosos aportes acerca del estilo de Marina, pero le sugirió enfáticamente no abandonarlo.
También hubo confesiones. Como ya dije, hicimos un pacto, entre los que estábamos ahí. Nadie debía grabar nada. Persistan las ideas y las sensaciones.
Dejo dos recomendaciones de lectura sobre Casa de agua:
“Casa de agua”, por Gerardo Tipitto [https://www.revistaotraparte.com/literatura-argentina/casa-de-agua/]
“Casa de agua”: memoria, fantasía y “la primera vez que escribí en primera persona”, por Marina Closs [https://www.infobae.com/cultura/2024/12/26/casa-de-agua-memoria-fantasia-y-la-primera-vez-que-escribi-en-primera-persona/]
Fue gracioso que todo eso haya tenido lugar con un cuadro de Vargas Llosa detrás, colgado como si se tratara de un dictador (hay margen para la imaginación, viviendo como vivimos en una ficción de país).
Crónica
En la primera versión de este texto, la introducción era una crónica sobre el viaje hasta Oberá y otros acontecimientos y dificultades materiales. En la segunda versión del texto, quité esa crónica. Ahora quisiera incluirla, pero nada más que como un anexo.
El miércoles 9 de julio trabajé hasta las 14 hs. Comí unas empanadas mientras atendía clientes, para ahorrar tiempo. Después de cerrar el negocio, fui hasta mi casa. Me bañé, terminamos de juntar las cosas con Flor y salimos en Uber hacia la terminal. Pagamos el Uber, que fue lento. Llegamos a horario para tomar el colectivo de las 15 hs. Como era feriado, ese colectivo no salía. No nos quedaba otra opción más que salir con el colectivo de las 15:40, lo cual habíamos buscado evitar.
Pagamos los boletos e hicimos tiempo en el Hiper Libertad.
Viajamos en un Singer destartalado, rancio y medio celeste ya. Pagamos un taxi desde la terminal de Oberá hasta el lugar que habíamos reservado vía Marketplace para pasar la noche. La taxista, una mujer grande que no mostraba el mínimo reparo por las capas de polvo sobre los asientos, los abrigos de lana hechos un bollo en el asiento del acompañante, la botella de agua y quién sabe qué cosas más, manejaba en paz consigo misma. Sobre el torpedo del auto había un libro grueso, muy maltratado, que si mal no recuerdo se titulaba El gran pacto.
Al llegar a la vereda de la casa–monoambiente, a la cual me referiré a partir de ahora como la cajita, vimos que desde el fondo del vivero al costado de la misma, un rottweiler con una cabeza enorme y el ceño fruncido nos miraba alargando el cuello. Le escribí un mensaje a la dueña de la cajita. Se abrió una puerta detrás del perro, que levantó las orejas. La mujer se acercó atravesando el vivero. El rottweiler la siguió y cuando estuvo cerca vimos que tenía un collar rosado y movía la cola y quería que la acariciáramos. Dije: de lejos parecía que nos iba a comer. La señora dijo: es una gorda preciosa.
La cajita era un lugar tierno, pero también sólido y preparado.
Nos acomodamos, preparamos un mate y nos cambiamos. Salimos sobre la hora. Caminamos muy rápido. Nos quemaban las piernas. Las palabras nos salían de a pedazos, cortadas por el aliento. Marina nos llamó para saber si estábamos bien.
Finalmente, llegamos.
Debo comparar la feria de Oberá con la de Posadas, sin desmerecer ni el trabajo, la seriedad, las ganas, la impronta y el conocimiento de causa con que llevaron a cabo una y otra, ni la importancia que tienen ambas ferias para problematizar y suscitar reflexiones sobre temas tan importantes como: el circuito editorial, las autoediciones, los procesos de edición, las distinciones genéricas o etiquetas impuestas desde el centro, el qué de las literaturas de provincia, los autores, el prestigio, quién sabe cuántos temas más que lamentablemente Stamateas no abordó.
Descripción de las ferias
De lejos, es decir, cuando uno está llegando, la feria de Posadas tiene algo de vacunatorio itinerante, de glamping fuera de lugar. Al entrar a la carpa de las librerías reina cierto caos. Un caos que quiere ser cómodo por los miles de libros pero que solo es bienintencionado, si es aconsejable usar esa palabra. Las luces algo tenues iluminan las cosas como poniéndoles encima telas de araña (o cometí el error de ir cuando ya había caído la tarde). Un pasillo central divide los stands de un lado y de otro, lo que da como resultado una circulación a puro roce, disculpe, permiso, disculpe, permiso, cuidado.
En Oberá la feria del libro está adentro de un polideportivo. Dentro el orden es al mismo tiempo tajante y fluido. Si se ingresa por la puerta que casualmente está frente a la catedral, el recibimiento está a cargo de una Virgen de Itatí (¡la Virgen de Itatí no es!) tamaño real, que primero impacta, pero a la que luego uno se acostumbra. Los stands, que son abundantes, se organizan como una gran isla cuadrada en el medio y una gran circunferencia alrededor; entre ambas figuras, lo suficientemente grande, está el espacio para circular.
Crónica (final)
Cuando entramos al complejo, estaba sonando, en todo el complejo a través de unos altoparlantes, lo que Jorge Lavalle decía en la presentación de su libro, que tenía lugar en la sala destinada a ese tipo de actividades, es decir charlas, presentaciones, talleres, conversatorios…
Buscamos esa sala. Dimos una vuelta, preguntamos, seguimos indicaciones, ¿será acá?, no creo, parece un depósito, ah, ahí hay una puerta. Entonces se acercó Marina. ¡Sí, es ahí! Tomamos unos mates. Nos agradeció por viajar hasta allá. Nos regalamos libros. Mi regalo fue La circunfeérica, de Francisco Alí Brouchoud.
Se acercó la organizadora y nos avisó que, una vez terminara Jorge Lavalle, sería nuestro turno. Me preguntó mi nombre. Hablamos distendidamente hasta que nos dijeron: acérquense, entren, los están esperando.
Nadie grabó nada. Decidimos entre los presentes que lo que habláramos ahí quedaría solo ahí.
La vuelta fue en un Singer oloroso a pata.
Todo valió muchísimo la pena.