
Por NEACONATUS
En este artículo vamos a proponer un criterio (“movimiento” ¿quizás?) que se extiende sobre el planeta, cual dulce de leche derramado sobre el mantel de la mesa en la cocina de nuestra ética cotidiana. El NADAISMO, o sea una observación sobre el avance de la NADA ante la capacidad ontológica del ser humano actual. No es casualidad que nazca desde la Argentina; es reconocido mundialmente, que los argentinos somos capaces de despacharnos con megacircunloquios sin, finalmente decir… nada. Bueno, hay otros ejemplos históricos: los discursos kilométricos de Fidel Castro, para explicar lo que se puede sintetizar en cuatro palabras: el capitalismo es injusto, pero al menos, entre otras cosas, supo recomendar remojar las alubias por la noche para que se reblandezcan y gastar menos gas al cocinarlas, asimismo utilizar la olla a presión. Nosotros somos como la famosa canción de Edith Piaf: “rien de rien” (“nada de nada”).
Se suele vincular el concepto de la nada con especulaciones cercanas a la filosofía y, en menor frecuencia con la literatura, aunque la novela Nada de la barcelonesa Carmen Laforet es muy buena y pueden rescatarse estupendas frases escritas por otros autores/as: Porque no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, lo que es peor es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, esto lleva a dos posibles estados: a) la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor, o b) a la desesperación y al suicidio (Samuel Beckett). Es posible que la nada exista antes que el amor, pero los que hemos amado sabemos muy bien que el amor es un experto en hacerla realidad, incluso en hacerla crecer (Juan Gelman). No sé qué hacer. No tengo nada que hacer. ¿Comprendés? Absolutamente nada. La construcción de algo me decepciona, siento un desánimo total, porque sospecho que todo terminará en nada (Mariana Enríquez). Si una cosa no puede usarse para mentir, tampoco puede usarse para decir la verdad: en realidad, no puede usarse para decir nada de nada (Umberto Eco). Por cuestiones de espacio sólo seleccionamos unas pocas.
Podríamos arriesgarnos y considerar, que dado los tiempos que corren, ya no es una noción aislada del devenir diario, se ha transformado casi en un componente sustancial de nuestras vidas. Paradójico, pues de la nada, nada surge. Entonces estas líneas no estarían siendo escritas pues al denotar ausencia, no existiría el sujeto que las iría objetivando. Pero no es así, el cursor de la computadora va creando, materializando, desde el no ser estas palabras. Aunque todo esto no sea un pensamiento personal y se vaya generando por IA.
Una de las pruebas de legitimación proviene de la cultura popular. ¿Qué decimos en un velorio frente al ataúd donde velamos a la finada/o?, pues, “no somos nada”. Reafirmando, en una severa sentencia, la finitud y lo efímero de nuestra existencia terrenal. Tan instalada se encuentra la idea de la nada que hasta se puede asomar desde un saquito de té. La popular marca La Virginia comercializa la variedad Earl Grey almizclada, tradicionalmente, con aceite de bergamota. Pero hoy la publicita como “aromatizada con suaves notas cítricas”. Veamos un poco, “notas”: no son la cosa en sí misma sino vagas alusiones. “Cítricas”, suena a sofisma. ¿Insinúa naranjas, mandarinas, limones, pomelos? No especifica. Escamotea información, elude asumir taxativamente que se le ha agregado zumo de limón (porque nada de esto ha sucedido), por ejemplo. Entonces nos lleva a pensar que estamos ante “nada. Nada de íntegras frutas con ácido cítrico. Ni que decir cuando en una discusión un contrincante espeta al otro: “Vos no sos nada, calláte”. Doble operación “nadaista” (no confundir con “dadaísta”), la persona es “nada” y también se le niega su voz, la nada total. Pruebas al canto. Por 1924, no queda muy claro si Trotsky o Smirnov definieron a Stalin como “una nulidad incolora”. La nada invisible. También desde el tango se expresa la nada. Julio Sosa cantó “Nada, nada más que tristeza y quietud…” y Gardel y Le Pera inmortalizaron “que 20 años no es nada”.
Ya es hora de filosofar unos párrafos. La filosofía oriental, el taoísmo chino, dice que la nada es un estado primigenio anterior al mundo diferenciado. O sea, plantea una cronología, porque para ese pensamiento, la nada es previa al surgimiento de la generación de las cosas, y del yin y el yang, que son fuerzas fundamentales, opuestas y complementarias, siempre relacionadas. En la Biblia también Dios creó de la nada todas las cosas. Para los hindúes Brahman es la nada y el todo, pero no antes ni después, sino de manera simultánea y sin límites.
Para el budismo, en cambio, la nada es el vacío, y posee varios significados dependiendo si se trata del abordaje ontológico, meditativo o de un análisis fenomenológico de la experiencia. Los griegos especularon con el concepto de nada, pero porque se ocuparon de todo (perdón por el juego de palabras), unos capos estos griegos, tal vez intuían que estaban sentando las bases del mundo que se iba a venir. Lo hicieron sin gran apasionamiento, casi porque no tenían más remedio. El que se destacó en esto fue Parménides. Concluyó que la nada “no es”, y si no es no puede ser pensada, ni hablada, ni concebida. Nada es nada, afirmó muy serio, y era serio lo que decía e importante como concepto filosófico porque de ahí deducía que las cosas no pueden nacer de algo que no existe, no hay vacío, ni cambio, ni multiplicidad. Aristóteles también arriesgó una clasificación: Hay cosas y hay espacio. Ese espacio (que no lo entendió como la nada) no está vacío, sino que sería como una pista donde las cosas pueden moverse, o un receptáculo, digamos una especie de estante, donde se permite exhibir objetos, materia, donde (además) pueden desplazarse como en la pasarela de un desfile de moda.
Vaya uno a saber cuándo nació el horror vacui, que tanto nos exasperó, sobre todo a nosotros, los occidentales (de alguna forma tenemos que nombrarnos) y más aún al capitalismo, que por esencia desea ocupar todos los ámbitos. Puede ser que un inglés loteó una enorme parcela de vacío que los astrónomos descubrieron entre las vueltas espirales de Andrómeda a 2,5 millones de años luz de la Vía Láctea. Siempre que haya un hueco en tu vida llénalo de amor aconsejó Amado Nervo, aunque la galaxia vecina, por más cercana y pegada que estuviese a nosotros, queda un poco lejos. Pero si hay amores infinitos, bien se pueden adquirir unas hectáreas de nada y ocuparlas con la emoción más hermosa y los versos más lustrosos, escribamos “estelares” o “celestiales”.
La muletilla “nada” que se escucha en Internet, en la tele y en la radio, por deportistas, vedettes, comentaristas, periodistas ensobrados (que en realidad son “nadas” públicos) y los honestos (que los hay), políticos y gente de a pie, esa “nada”, repetimos, es una cantinela para resumir el nulo valor de lo que está aconteciendo o relatando. Queda bien, parece, que luego de una frase de pretendida opinión se termine con “nada”. Como si eso por lo que se preguntó en realidad no tiene para él o la que responde trascendencia alguna, ni exhumara una envergadura consistente, digamos cierta jerarquía de pensamiento. Esta construcción semántica, al mejor estilo argentino, es oriunda de la más rancia tilinguería porteña (tirando al barrio de Recoleta, articulada con la papa en la boca) y ha sido importada de España. Como por arte de magia un día se nos pegoteó “pues nada” como relleno, quizás equivalente, al “de acuerdo”.
Heidegger se preguntó por qué hay algo en vez de nada. Fue antes de traicionar a Jaspers y adherir a los nazis, porque después se dio cuenta que cuando los partidos de izquierda y de centro fallan, el pueblo elige la ultraderecha. Cuando se pudrió todo el filósofo (remedando al abuelito de Heidi) se refugió en su cabaña del bosque y no le pasó “nada”.
Los argentinos conocemos este salto de garrocha al vacío (la nada) desde 1810. Nosotros nos atrevemos a sacar conclusiones políticas de un interrogante profundo; pero la filosofía sirve a estas disquisiciones, entre otras cosas. Un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial Jean-Paul Sartre dedicó un libro a este tema. Sartre era de escribir largo, por ejemplo, sus Cartas al Castor (Simone de Beauvoir) forman dos tomos enormes. Un diario le pedía un artículo y él se mandaba un ensayo de doscientas páginas. Lo mismo hizo con el tema de la nada, encarándolo desde la negación del ser.
Lovecraft ideó de la nada uno de sus pilares del horror cósmico, nos degradó hasta la insignificancia existencial frente al poder omnímodo de entidades arcanas. Tal vez, sean sus alumnos aventajados, los actuales genios de las finanzas que manejan países en una simbiosis digna de mejores causas, se contagian del desierto de ideas constructivas para que aquí, en el planeta vivamos mejor, y desaparezca la nada en los bolsillos, la nada en la creatividad, la nada en los platos del almuerzo y la cena. “Nada Personal” cantaba Soda Stereo. De acuerdo, pero hoy la remuneración de un asalariado no vale nada.
¡Viva el NADAISMO! Porque todo es virtual y tiene una existencia aparente pero no real… nada.