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IMPENETRABLES de Francisco Tete Romero

    Por NEACONATUS

    Como plantea el prologuista Daniel Omar Luppo, desde su lugar de lector observa en esta obra “usos de variadas resonancias estilísticas”, referencia el realismo crítico, el diario de guerra, la crónica policial, la ciencia ficción, el post punk, un neo gótico regional (concepto desarrollado por Carlos Piegari desde Neaconatus con el respaldo de Alberto Szretter), se agradece la mención), entre otras formas de escritura que despliega el autor generando una poética distintiva.” Esta polifonía de recursos narrativos pone de manifiesto la perspectiva de cambio y modulaciones que ha sabido construir el autor, a través de su prolífica actividad literaria desarrollada en el NEA argentino. Francisco “Tete” Romero ya forma parte del grupo de escritores regionales que han logrado saltar la tapia del tópico costumbrista y limitado que solía encorsetar las tramas de los textos creados, en general, por estos lares. Si bien es ineludible alejarse demasiado del contexto circundante, la reiteración de temas relacionados con el paisaje, lo rural y una cierta modorra existencial definió una “literatura de provincias”. Como si sólo en Buenos Aires existiera un permiso creativo sin corrales. Pero, lo que nunca puede soslayarse en la cultura federal es la ignominia, cuestión que en el “interior” se manifestó a través del abuso extractivo, de riquezas naturales y de vidas humanas sin controles firmes de los gobiernos que atienden en Buenos Aires. Claro, en las dilatadas, ignoradas y lejanas extensiones de este país, la explotación inmoral tuvo siempre vía libre. Es común hablar en la jerga delictiva de “zonas liberadas” donde el mal puede activarse pues el poder mira para otro lado, pero toda la Argentina (ciertos países limítrofes también) han sido perpetuamente “zonas liberadas” para ejercer la injusticia eco-social.

                El prólogo de Luppo es sustancioso y generoso en el análisis de las historias que componen “Impenetrables”, por lo tanto, nos otorga permiso para construir esta “reseña” abordando otros matices que nos sugiere el libro. Nos arriesgamos a estas digresiones teóricas y eclécticas porque consideramos que la descripción de una obra trasciende sus objetivos narrativos y reclama ciertas, ya no tan noveles, exploraciones. En primer lugar creemos que, aproximadamente, desde los años sesenta del siglo XX, en toda realización artística subyace una idea o concepto que estructura el producto estético final. Una pintura, una música o un relato pueden conmover fibras emocionales intuitivas, pero existe una intención, un proyecto (casi metafísico) que, muchas veces ni el mismo creador, reconoce. En síntesis, todo arte es conceptual. De la misma forma podríamos afirmar que es “político”, los tiempos que hemos vivido, y por los que hoy transitamos, no nos permiten una “romantización” creativa propia de siglos pasados donde “lo bello” maquillaba todo mensaje “artístico”. En la obra de Romero esta convicción la ejercitamos focalizando el título: ¿por qué “impenetrables”? Esta palabra manifiesta un sentido, una toma de posición, un compromiso. Pues vamos a por ella.

                Lo impenetrable es algo cerrado y enigmático. Primera aproximación a las historias de este libro, no son cuentos de fácil acceso y además son salvajes, contingentes. Hay un tiempo para olvidar y otro para recordar sin embargo en estas ficciones se recuerda siempre, no como creemos que sucedieron las cosas, sino de la manera como invadieron nuestras vidas, como un avión a punto de estrellarse que pide pista desesperadamente. Tete Romero narra, no porque quiera, sino porque el “concepto” de su literatura lo interpela. Puede ser que otro le haya dicho las cosas, que escuchó de alguien que refirió esa circunstancia de un personaje que bien pudo haber sido, no hay certeza, de aquellos que perteneciendo a una banda de desarrapados mafiosos se les haya ocurrido traicionar a sus jefes. Sentencia inapelable. Es como una verdad nacida en una pequeña casucha triste y pobre en la isla del Cerrito mientras se rompía el cielo a baldazos de agua sobre el zinc, mientras en la otra pieza una mujer estaba con su bebé que no paraba de llorar, encerrados todos en medio de ese diluvio. Vallejito, en el cuento Chúcara, que casi nunca hablaba, esa noche al no poder salir a pescar, habló, pero los lectores sabemos o sospechamos, que es el mismísimo Romero el que habló y puso en boca del personaje que vació de un solo golpe un vaso de vino tinto, no porque quiso sino por imperativo de fabular historias. Así nos enteramos de la salvajada de las tribus urbanas. La vida es cruel. Más esta vida, digamos esta época impiadosa donde han fracasado las revoluciones, y todo se inclinó hacia una violencia que va desde una joven que trabaja prostituyéndose para un proxeneta que muerde el pene, en una fellatio bien pagada, a un descalabro económico y social de “impenetrables” consecuencias, por ejemplo, que a tres mujeres las liquide el narco o que a uno de los “héroes” de Tete lo cosan a tiros, o en un descuido lo ahorquen con el simple recurso de unas manos de tenaza y lo arrojen a un zanjón de Resistencia, pero bien podría ser en un baldío del barrio Camba Cuá de Corrientes o en un cuchitril del suburbano posadeño, o en la miseria húmeda de Florencio Varela en la provincia de Buenos Aires.

    Tete Romero tiene la habilidad de pasar de la primera persona a todas las otras y de enlazar los tiempos del relato, como quien mezcla naipes. Lo hace fácil porque conoce el truco de contar. Por ejemplo, Sara, una de sus criaturas no tiene mejor idea que huir al futuro. Y ahí nomás inventa una distopía, que si el mundo inmundo sigue así es muy probable que sea premonitoria, y que nuestra sociedad, definitivamente canalla la certifique. Pero no en un mañana distante, sino en un presente demoledor.

    Todos estos tientos de cueros ariscos y ásperos anudan el lazo de lo “impenetrable”. Término polisémico porque podríamos conectarlo espacialmente con la maltratada geografía chaqueña, omnipresente en la obra de Romero, una acepción geofísica vegetal compacta y lacrada, también (como ya sugerimos) una construcción política y extractiva devastada por la empresa La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited), que a finales del siglo XIX deforestó la zona para beneficiarse con la madera del quebracho. Uno de los ecocidios más penosos de los tantos que padeció la región.

    Una mirada filosófica vincula el concepto de impenetrable con el vocablo griego antitipia que significa “resistencia”, “firmeza”, “dureza”. Y que, de algún modo, se funda en la idea de que hay una distinción entre “lo lleno” y “lo vacío”. Que se pueda relacionar lo impenetrable con el vacío, produce una sensación de siniestralidad. Y esto sucede cuando en los relatos de Romero se cambia de los horrores analógicos y carnales (tangibles) a futuribles virtuales y fantasmáticos (intangibles). Esta noción de lo siniestro objetivado se materializa en un mercantilismo (como también advertimos de recursos y seres) neocapilatista y espectral.

    Lo impenetrable nos penetra, si estimamos que la materia se halla compuesta de partículas elementales, la impenetrabilidad afecta entonces a los fragmentos que componen los cuerpos y las vivencias. Lo interpenetrable tiene intersticios. Y por estas grietas se cuela lo oscuro, lo sucio, la domesticación, el sometimiento y el control. Entonces podríamos sospechar que el “orden” de la civilización operó como disciplinamiento opresivo.

                Las escenas históricas y cotidianas de este libro, donde entramos por un campamento militar del siglo XIX y salimos googleando en el siglo XXI, presentan (casi todas) finales abiertos porque nos sobrevuela un “miedo perpetuo” (Daniel Del Percio), ya sea en una acampada, un acuartelamiento o un edificio de oficinas.

    En esta publicación confluyen muchos actores editoriales: Editorial ConTexto (Chaco-Corrientes), la Asociación Cultural Iberoamericana (España) y el proyecto Iberletras. El diseño de tapa pertenece a Cinthia Zeitler, como director de colección ha intervenido Daniel Omar Luppo y la coordinadora editorial ha sido Ana Maldonado.

    Como diría Philip K. Dick, “la realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece.”

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