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En casa había una costumbre

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Escritor y médico

    En casa había una costumbre: nos mordíamos.

             Cada mañana cumplíamos el hábito. Y aunque esto traía inconvenientes, estábamos contentos con el rito. Éramos una familia tipo. Todos adultos, excepto Benjamín. Artistas y científicos. Clase media leída, acomodada. Intelectuales. Nos llevábamos bien con los vecinos del barrio. Y cada uno bien en su lugar de trabajo.

             El mordernos fue una rutina que nació casi sola. Mamá buscaba un do bemol en el piano, y pensó que apretándole los dientes a papá en el cuello podría conseguirlo. Después papá, que es investigador molecular, hizo lo mismo en su oficina. Esto pasó hace años. Luego las cosas se fueron extendiendo. Rita, mi hermana, no obtenía un terracota acorde a sus pinturas y empezó a atacarnos con toda su ortodoncia. Y yo, de periodista, no pude sustraerme al sortilegio de probar incisivos en mis notas de prensa.

             Pero el que inventó la idea de mordisquear las cosas fue en realidad Francisco Benjamín, el niño. Es que mi hermano, nacido de un tarascón nocturno innecesario de mis padres, fue prodigio en todo. En la casa no había pata de mueble que no fuera marcada por su boca. Era fácil seguir su crecimiento por la diferente altura de los bocados en los muros.

             Los problemas comenzaron en un momento de la convivencia.

             En todos se despertó un apetito voraz. Como una angurria. Era una fiebre, un ansia, un deseo instintivo de probar objetos, yesos, aluminios, madera. Mamá, concertista fina de academia, fue internada con una partitura que creían de Schönberg, cruzada en el estómago, y estuvo grave. Cuando pudieron sacarla descubrieron que era una suite de Alan Berg que ella quiso versionarla chacarera. Si se salvó, fue por error de tratamiento: los médicos nunca entienden lo que no pueden ver, y menos si no pueden tocar u oír. Y en ella los estudios daban claves de sol, serialismo de doce tonos, fa sostenidos, trémolos suaves, disonancias…

             Papá se atragantó con probetas de laboratorio, y varias veces tuvo en la garganta los últimos números de la revista Advances Technologies. Ahora es más prudente con el microscopio, dice que no le pone azúcar, que las cosas hay que probarlas con el sabor original, sin colorantes, aditamentos ni lentes convexos, ni fórmulas con derivadas. A las tizas las mastica como chicles.

             Rita pasó de comer témperas a degustar esculturas de cerámica y porcelana fría. Ella misma las hace y las deglute, triturándolas en el intento irrefrenable de aprehender las formas. Y aunque son duras, de granito o de mármol, algunas, no le importa. Es más, les dice a sus alumnas de taller, que el arte usa todos los sentidos, y que es mejor así: amoral, rebelde, transgresor, antojadizo, glotón.

             Yo pasé a la sección policial en el Diario, en base a mi experiencia en la sección Política. Por eso no me cuesta tanto, clavo los dientes en similar materia. Mi problema reside en que a veces es difícil morder sombras, coimas del poder, actitudes perversas, conductas malvadas, trampas de la dirigencia más alta. Los funcionarios dan premios y castigos que son bolos que raspan, duelen, producen flatulencia. ¡Cuántas veces sufrí indigestión! Me han sangrado las encías royendo injusticias, inimaginables matufias contra el pueblo, trapisondas de funcionarios que como bolo alimenticio dan náuseas.

             Y ahora viene Benjamín, que es el problema mayor en la familia. A pesar de su mente esclarecida, el pobre, sufre. Y sufre porque es inteligente, tiene un cociente intelectual muy alto, y todo lo ve, lo intuye, lo analiza. Y come, come. Y está obeso, y es infeliz, porque a medida que sabe, que conoce la sociedad en que vive, se vuelve más y más desgraciado. Como si su peso y las adversidades del mundo corrieran paralelas, alimentándose del desquicio general de la patria.

             Bajo su piel adolescente tiene tantos elementos, tantos algoritmos que no es fácil prever los resultados. Hace un tiempo devoró una PC como si nada y anduvo eructando archivos enormes de memoria. Y ayer nos dijo, sin más trámites que quería de merienda una aldea global. Nos pareció un capricho excesivo, un apetito exagerado. Bulimia sin para qué.

             Las cosas pueden complicarse. Estamos preocupados. Tenemos miedo que un día, con tanto sobrepeso, sin avisar, estalle.

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