
Por NEACONATUS
Un cuentito dice que Sade lo castigaba a un tal Masoch atado a un poste, y cuando el del látigo le preguntaba ¿sigo? Masoch le respondía, sí. El primero era Donatien Alphonse de Sade, más conocido como el marqués de Sade, y que le dio nombre a los pervertidos que gozan atormentando al prójimo. El otro, el fajado, era Leopold von Sacher-Masoch, cuyo apellido sirvió para designar a los que obtienen placer con el propio dolor: masoquismo. La historieta -claro- es mentira Y es mentira no porque ambos fueran escritores, que suelen ser mentirosos, sino porque no se conocieron, vivieron en distintas épocas.
Lo masoquista se ha planteado, al inicio de este texto, como un uso o costumbre dual, a veces algo consensuado, acotado a dos individuos. Se ha definido como la persona que disfruta sufrir, quiere recibir dolor, goza en los estados de sumisión. Y, aunque esta conducta está muy asociada a complejidades de la sexualidad, se puede generalizar ya no a un paciente psiquiátrico, sino a una población entera, sobre todo cuando su comportamiento es la de los sujetos-sujetados. Por ejemplo, los esclavos que cuando se transforman en libertos regresan a su amo, agachan el lomo y continúan cumpliendo las imposiciones.
La dualidad masoquismo-sadismo nos interpela desde otro concepto, la venganza. Que en su versión higiénica podría rozar una cierta noción de “justicia”: el castigo moralista. Aquí las reverberancias religiosas rondan cerca. Alguien, por un motivo punible, debe expiar sus pecados, su culpa. “Expiar” y “culpa”, vaya palabritas, ya regresaremos sobre ellas. Pero antes una digresión literaria ineludible, Dostoyevski en su afamada novela Crimen y castigo recurre a la idea de culpa (ya citada) y también sazonan su drama términos como depravación, conciencia e irracionalidad. ¿Estaríamos ante un misticismo literario siniestro? Puede ser, estamos usando palabras que nos han construido culturalmente e incrustado en nuestro ADN moral. La culpa (¿de qué tiene culpa el pueblo argentino?) circula en una relación comunitaria y forma parte de la dialéctica esquizofrénica de la falta de empatía, la ineluctable culpa y el ilegítimo perdón. O sea, expiar, pagar por nuestra culpa. En una reciente crisis económica por la que transitaron los españoles, se acuñó la frase: “nos lo tenemos merecido porque hemos gastado o vivido más allá de nuestras posibilidades”. Lo que nos sucede hoy a los argentinos (teniendo en cuenta la frase española) tiene algo que ver con una adaptación vernácula del síndrome de Estocolmo, votamos como una reacción psicológica colectiva en la que nos asumimos como víctimas sacrificiales y establecemos una relación afectiva con nuestro verdugo. El poder, dice Michel Foucault, se empeña en hacer sentir culpable a las personas para que acepten el castigo. En nuestro caso, la población debe padecer hambre y desocupación porque la gente es causante de la situación del país. Patología social que semeja la nave de los locos navegando a la deriva saturada de enfermos contagiosos. Que el Sargento Cabral, Rivadavia, Sarmiento, Echeverría, Rosas, Uriburu, Perón, Balbín, Videla, los zurdos, Menem, los Kirchner, Macri, el nono que se empedaba, el sobrino usurero y siguen las firmas… Todos contra todos.
Entonces, ¿somos masoquistas los argentinos? ¿Cómo aceptamos un gobierno que apalea a los jubilados y disminuye lo que malamente perciben, desfinancia la educación, se queda con dinero de los discapacitados, no reparte la comida de sus galpones, organiza estafas con criptomonedas, entrega la soberanía nacional? ¿A quién se le ocurre dar piedra libre a los que cierran pymes y anhelan una ley de despido contra los trabajadores? No hablamos de cuestiones ideológicas, ni siquiera partidistas, hablamos de supervivencia dentro de la sociedad. Cumplimos con la “teoría de los procesos oponentes”, nos martillamos un dedo porque al dejar de hacerlo lograremos sentirnos mejor.
¿Somos un pueblo violento?, puede que si, o no… pero violentos son sus dirigentes. Lo extraño, extrañísimo, es que un 40 % vote a su ejecutor y elija la destrucción de la patria porque los portavoces del megáfono dicen que tenemos que sufrir para salir del pozo. Cómo se puede elegir una motosierra en vez de una caricia, que no otra cosa es la conquista de un derecho.
No demos más vueltas, a un gran porcentaje de nosotros nos satisface el orden de clase y si pinta marcial mejor, no obstante, sea de cementerio, porque derrapamos hacia la derecha, ¿fuimos de izquierdas alguna vez? Hemos elegido, no lo peor de la BUP (Boleta única de Papel), sino de nosotros mismos. Nos apasiona el control y lo predecible (aunque sea un mandato nacido en Washington D.C.), también la pulcritud y asepsia que son extrañas a la vida humana natural. ¿Qué presuponía un sopapo en la nuca? Regresar de jugar a la pelota todo sucio de barro.
Por siempre luciremos en nuestros corazones la “crencha engrasada” del “medio pelo” sin redención histórica. Y, si alguna vez, buscamos el reencuentro: Ni el tiro del final nos va a salir.