
Por Alicia Marina Rossi. Resistencia, Chaco. Escritora de poesía y novela
Hubo una vez una revista literaria llamada Semánticas del desequilibrio, que se publicaba en Resistencia, por el año 2018. Participé con un artículo sobre el Reflejo, en la edición número 9. Por esas cosas azarosas de la vida, hoy, lo encontré entre mis desordenados archivos. Inmediatamente recordé a los creadores de la actual Revista Neaconatus, y los imaginé repetiéndose la misma pregunta ¿qué queremos reflejar?
Desde una ventana de neblinas, en esta mañana de octubre de 2025, nuevamente indago sobre el reflejo y me embarco en el reflejo de una revista, de una realidad cultural, de un decir literario, de una proyección de palabras en un pasillo de papel y espejos cibernéticos infinitos, donde los seres se reflejan para saber qué somos en el otro y con el otro.
Ese otro que nos devuelve la imagen que sacamos a la luz, como un cuerpo que nos recibe, nos retorna y reintegra. Tal vez, la cara más oscura seguirá guardada, allí, en el sótano de la cabeza (diría V. Gassman) donde anidamos y gestamos lo que queremos nacer, entregar, trocar, develar.
¿Qué ausculta la revista cultural “Neaconatus”, en los tiempos que sobrevivimos? ¿Qué son los libros y las palabras sino reflejos del autor/autores y reflejos en los autores y protagonista de un acontecer externo, social? Acaso pueden los genuinos creadores no contar cómo impacta la realidad en ellos, en nosotros.
Ante la repetición del término reflejo siento la necesidad de regresar al enorme ejemplar del diccionario de la RAE.
Reflejo/ja: Dícese de lo que vuelve o muda de dirección, reflejando. Aplícase al conocimiento o consideración que se forma de alguna cosa, para reconocerla mejor.
No es poca cosa el significado de ese sustantivo. No es poco propósito el incorporar conocimiento-mundo, para conocerlo mejor y reflectarlo.
Pero no me puedo quedar solo con el sustantivo, quiero indagar en la acción.
Dicen que la poesía se asienta sobre el sustantivo y el verbo, algunos poetas se inclinan más por uno que por otro, como intento de poeta que soy, andando sobre un puente colgante delgado y frágil, me prendo de las dos barandas.
Reflejar: proyectar un cuerpo la luz o el rayo luminoso que ha recibido de otro. Hacer la luz su reflexión, encontrando algún obstáculo.
La acción de reflejar es cosa seria, me digo. Reflexionar no es elección de muchos. Recibir oscuridad y dar luz, es casi magia en estos tiempos.
Continúo, conozco el poder de las palabras en mí, esa atracción ineludible de hurgarla.
Ahora voy por el adjetivo, que también puede ser útil.
Reflejadora: la revista es una reflejadora, anuncio anticipadamente. Reflejadora no es un adjetivo de uso actual, ¿tendrá que ver con la oscuridad actual?
Sigo. Si bien es cierto que uno puede heredar vicios de sus progenitores, como recurrir al diccionario, también puede adquirir los propios; en mi caso, la lectura de Pessoa se ha vuelto adictiva. ¡Y cómo no!
Si cuando regreso al “Libro del desasosiego” acontece el enamoramiento, el impulso de la libido por el pensamiento creativo, inteligente y agudo, espejado en palabras.
Me inspiran frases simples de Caeiro, el heterónimo que Pessoa reescribe extasiado. Lo hace en referencia al tamaño de su aldea, desde donde podía ver el mundo, para concluir que la aldea es más grande que la ciudad. “Porque yo soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi altura”.
“¡Soy del tamaño de lo que veo!” repite Pessoa, una y otra vez, poseído, en un acto de liberación metafísica.
Entonces concluyo, si el hombre se hace grande por lo que ve y reflexiona, yo, como obstáculo oscuro, sólo soy por lo que puedo ver y reflejar.
Una revista literaria será entonces el reflejo de la realidad que ven de sus creadores y partícipes, de la capacidad de considerar y sentir las emociones del mundo, ser un cuerpo opaco que recibe la luz y las sombras del mundo y las proyecta.
En definitiva, me dije, es lo que hacen o intentan los creadores y partícipes de Neaconatus, espejar el mundo que alcanzan con mente expandida, para irradiar nuevas figuras.
Recrear el mundo, es la misión, como exclama Pessoa: “¡Decir! ¡Saber decir! ¡Saber existir por la voz escrita y la imagen intelectual! No hay nada que valga más en la vida: lo demás son hombres y mujeres, supuestos amores y vanidades ficticias, subterfugio de la digestión y del olvido, gente revolviéndose como bichos cuando se alza una piedra, bajo el gran empedrado abstracto del cielo azul sin sentido.
Pero que no suceda, pido a coro con Pessoa, el placer de elogiarnos a nosotros mismos.
Ahora puedo regresar a mi primera inquietud: ¿La revista Neaconatus, (como revista literaria), es el reflejo de qué, de quiénes? Y para saberlo hay que leerla, esto no es marketing, es cosa seria.
Los ejemplares de esta revista literaria están plenos de cuentos, reseñas, poesías, notas editoriales de autores contemporáneos que escriben la cultura que inspiramos y expiramos. Un decir fresco y actual en sus textos, perfumes coloquiales y decires poéticos se combinan, aconteceres subjetivos y domésticos con experiencias profundas, personales y colectivas, se entremezclan. La expansión intensa, visceral y a cara descubierta de las emociones y de los hechos imaginados y reales toman cuerpo.
La búsqueda incesante de respuestas, la búsqueda del entendimiento de realidades sociales dolorosas e inimaginables se advierte como una figura incorpórea que se inmiscuye entre las páginas para reflejar una luzmundo que no siempre llega como se anhela.
Hay una denuncia colectiva del absurdo de este siglo XXI, donde inesperadamente el absurdo es pan y leche de cada día. Y digo inesperado porque quién podría imaginar que después de tantos siglos no hemos aprendido a no matarnos, y en contrario hemos creado las más sutiles y groseras maneras de hacerlo como artesanos de un veneno autoflagelante.
Pero los escritores y los artistas recrean la luz como pequeñas fogatas de esquimales en el desierto de los glaciares. Desde su contemplación espejan imágenes que enlazan la realidad y la colorean en negro para que en este juego de sobrevivir viendo, no olvidemos las figuras del espanto y del amor, de la fragmentación y la armonía religándose, componiendo la música del llanto en la gestación.
Textos para repensar y reflejar, para ver en definitiva el misterio que habita en todo y en todos, como una develación inasible, tras la cual fueron y seguirán yendo los escritores.
Puede cambiar el modo y las formas de las flechas, pero el hombre sigue lanzándolas al cielo para acariciar una estrella y convertirlas en antorchas. Solo que deberíamos ver con qué materiales construimos las flechas y qué hicimos antes para obtenerlas o no podremos encenderlas y no habrá luz.
El abrazo de los árboles detrás de las miradas de la luz,
la quietud de las hojas como una contemplación mística
el pulso del aire y la plegaria de los pájaros
erigen un mundo
como una iglesia sin paredes.
Las puertas se abren a las calles de agua,
las flores pintan un rosario con cinco misterios
y los troncos reflejan el hálito de los monjes.
En el altar se levantan las voces del poeta
que cae de rodillas
ante las cruces
cruces que construyó después de matar al árbol.
An†es de ser poeta
fue un hombre.