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La pasión según Rosales

    Por Francisco Tete Romero. Resistencia, Chaco. Escritor, docente, director académico del Instituto de Estudios Superiores de la Fundación Mempo Giardinelli.

    Lo primero que Rosales vio fue su propia figura reflejada en la fachada del edificio de oficinas más alto de esa cuadra. Le gustó más su sombra alargada que su rostro y cuerpo envejecidos. Después fue el fuego prendiéndose sobre dos cuerpos de hombres en situación de calle que dormían a mitad de cuadra, en la otra vereda, lo que creció en esa pantalla vidriada de la ochava de la calle Reconquista al mil. Siguió de espaldas a los hechos. Vio a tres jóvenes rodear esos cuerpos que ardían. Los vio extasiados ante la llamarada naranja oscura que ascendía iluminando sus rostros juveniles. Sintió el olor a carne humana quemándose apoderarse e infectar el aire de esa calle. Escuchó alaridos que lo paralizaron de horror y risas e insultos de los jóvenes. Escuchó que alguien clamaba por Dios. Vio enseguida luces que se prendían en distintos pisos de los edificios de esa cuadra. Vio que había gente mirando por las ventanas y balcones que abajo, en la vereda, estaban quemando vivo a dos hombres. Los vio filmar con sus celulares. No escuchó una sola palabra de esa gente. No atinó a hacer nada, ni a decir nada. Permaneció a espaldas de lo que ocurría a pocos metros de donde permanecía clavado como estatua viviente.

    Ya no solo el hambre, ahora el fuego a la madrugada puede matarte pensó. Cuando los incendiarios se marcharon, cruzó la calle, alcanzó la vereda donde todavía ardían los dos cuerpos ya cadáveres y trató de apagar ese fuego con una manta que se había salvado de las llamas. No sirvió de nada porque ya estaban muertos. Uno de los hombres no tendría ni veinte años, el otro tal vez poco más de treinta. Vio pintada en la pared con aerosol negro Fuera los negros nieris. El fuego purifica la ciudad.

    Ese fue el primero de una serie de muchos asesinatos que los integrantes de la liga purificadora perpetrarían en estos últimos dos meses. Siempre contra hombres y mujeres en situación de calle. Siempre de madrugada. Siempre a través del fuego y siempre dejando la misma leyenda pintada con aerosol negro. Sin embargo, la discusión que ganó audiencias era si había que condenar a quienes filmaban y luego subían esos videos a las redes. Las opiniones, como casi siempre ocurría, estaban bien divididas.

    Cuando Rosales volvió a su departamento lo primero que hizo fue ganar rápido la puerta del baño, arrodillarse ante el inodoro y vomitar. Luego se lavó la boca, se miró al espejo y le costó un poco distinguir las sensaciones que surcaban en ese instante sus ojos y boca. Se acostó vestido y enseguida se durmió. Tuvo pesadillas y se levantó varias veces para orinar.

    Por la mañana fue a su trabajo e hizo lo de siempre. Pero cuando regresó sintió renacer un deseo que creía extinguido. Dibujó y pintó al óleo la escena de cuerpos ardiendo que había presenciado a la madrugada. De ese modo las telas vírgenes, los pomos de pintura y el viejo caballete entraron en la acción de lo que parecía una nueva vida.

    Por la noche no cenó porque tuvo un presentimiento. Vivía en la zona del bajo y ciertos rumores en su trabajo y en las redes le hacían pensar que a la madrugada la escena de fuego se repetiría. Decidió entonces salir a caminar. Llevaba lo que luego llamaría cuaderno de notas y un lápiz negro. Una hora antes había anotado las direcciones de donde había visto gente en situación de calle durmiendo en las veredas. Escogió al azar la calle Esmeralda, entre Paraguay y Marcelo T. No se equivocó. Cuando llegó a esa esquina, vio en la esfera de su reloj que ya era la una y media. Encendió un porrito tratando de controlar la ansiedad que iba creciendo en su pecho como presagio y promesa. Y otra vez se desplegó antes sus ojos el mismo espectáculo que había presenciado la madrugada anterior. Lo que cambiaba ahora era que se trataba de dos mujeres durmiendo tapadas con frazadas porque el frío era más intenso en ese primer día de junio. Solo eso y tal vez otros jóvenes, también tres. La misma técnica para prenderles fuego, similares alaridos pero sin clamar a Dios. Idénticas risoteadas y puteadas. Ahora las luces que ya estaban prendidas en los edificios de esa cuadra, ventanas y balcones abiertos, gente expectante y el parpadeo de muchos celulares prestos para filmar el espectáculo que estaba aconteciendo en un pequeño rectángulo de vereda. Idéntico olor a carne quemándose enviciando el aire de la noche. Idéntica también la pintada. Pero ya no hubo horror ni miedo en Rosales, o sí, pero ese no fue el sentimiento que lo dominó esa vez. Fascinado estaba, fascinación sentía. Impaciencia porque todo concluyera, para correr hacia su departamento y pintar esa nueva escena de cuerpos ardiendo, de cuerpos ahora de mujer, que recién descubría que despedía el mismo olor pero con otro matiz que no alcanzaba a describir. Supo después que ese olor era menos una sensación olfativa que un recuerdo que creía provenir de otra persona.

    Meses después Rosales disfrutaba de una nueva vida. Las aventuras de muchas madrugadas como testigo voluntario de cuerpos sistemáticamente ardiendo a manos de los jóvenes de la liga purificadora luego eran sistemáticamente traducidas en pinturas que Rosales llamaba neo figurativas.

     El horror neo gótico, los claro oscuros dominando las telas y los ojos fascinados que acechaban agazapados como fantasmas insomnes.

    Eso leía Rosales que había escrito la curadora prestigiosa que preparada la muestra de las obras que expondría en unas semanas en una galería de arte de la calle Arroyo. 

    Se podría decir que era feliz, o casi, porque ahora lo que iba creciendo de a ráfagas era, por un lado, el recuerdo de la casa de su abuela incendiándose y él afuera niño de ojos olfato y oídos bien abiertos escuchando sus gritos mientras a sus pulmones llegaban los olores que ahora sabía reconocer; y por otro, la primera sensación de fascinación ante la belleza del fuego.

    Ya no se debatía sobre si debía filmarse o no las escenas de cuerpos quemados. Ya no eran noticia. Ahora el arte se ocupaba de ellas.

    Nota de los editores: Teniendo en cuenta la circulación que la obra de Francisco Tete Romero despliega en el NEA argentino y la temática de este relato, para NEACONATUS constituye una oportunidad apuntar algunas consideraciones al respecto. Ciertos factores, muy vigentes, nos interpelan desde la narrativa, no tan ficcional, de este texto: la purificación por el fuego, la aporofobia, la compulsión por registrarlo todo con los celulares sin continencia ética alguna, la responsabilidad (discutida) que implica un ¿supuesto? compromiso de la producción artística actual y la instauración cotidiana de unos miedos (posiblemente) “neogóticos” vinculados con el vigente tecno capitalismo feudal que nos asfixia.

    Desde la Biblia se nos advierte que todo deberá ser pasado por el fuego para purificarse, también para el budismo tibetano el fuego es un método para limpiar impurezas. Quien no recuerda aquellas atroces imágenes de los monjes budistas (también llamados bonzos) que llevó a que ese suicidio ritual fuese conocido como “quemarse a lo bonzo”.

    En la muy vigente aporofobia que consiste en una mezcla letal de odio, miedo y rechazo hacia las personas en entornos de pobreza, desamparo o situación de calle, también entra en acción la expurgación por el fuego. Fue emblemático el asesinato que tuvo lugar en Barcelona por el año 2005 cuando tres jóvenes, uno de ellos menor de edad, prendieron fuego a una mujer sin hogar en el cajero de un banco donde se refugiaba por las noches. 

    Ni que hablar de la tradicional infamia histórica de organizar “ligas” de iluminados ciudadanos purgantes que limpian la ciudad de impudicias sociales (Antecedente vernáculo: La Liga Patriótica Argentina que en la década de 1920 operó como grupo parapolicial de extrema derecha).

    La inmoralidad de asentar todo con los telefonitos ha llegado para quedarse, si alguien está siendo atacado, todos se reunirán para mirar y grabar en lugar de ayudar. Los turistas visitan Auschwitz, en un alto porcentaje, para nada más que lograr una selfi frente a las ruinas de las cámaras de gas y los hornos crematorios. No mucho más.

    Los atroces ajusticiamientos en las hogueras de la Inquisición ya convocaban la participación de artistas (pintores como Rosales), cabe recordar a Fernando Herrera, el Mozo, bocetando sobre un lienzo el cuadro del auto de fe que alborotó Sevilla en abril de 1660 (Summa Baiulus, C. Piegari. Ed. ConTexto).

                Cuando hablamos de la vigencia renovada de los miedos “neogóticos” (tal como refiere Romero a través del comentario de la curadora) apelamos a un tiempo donde debemos convivir y administrar cotidianamente amenazas y riesgos, como espectros fantasmáticos que nos acechan, ya no desde umbrías latitudes, sino en un supermercado o en la farmacia. Lo siniestro en el relato se dispara cuando el protagonista Rosales no hace nada para impedir la ordalía, no denuncia, no defiende los cuerpos vulnerables, no fotografía a los salvajes. Está en idéntica posición que los vecinos que prenden las luces para observar mejor el espectáculo.

    Si hay algo de cruel es esa relación criminal entre los incendiarios, los vecinos y Rosales. Típica reacción de las grandes ciudades, la insolidaridad ha nacido en esas urbes. Alguien cae y nadie ayuda, nadie se quiere comprometer. El vínculo con el Otro es un trance que los ciudadanos no desean asumir. Como cierre consideramos que este cuento habla más bien de la hipocresía de algunos artistas: van y pintan o escriben y lucran, cuando hay que salir aunque sea con una honda a pelear al enemigo. A pesar de la conexión final entre trauma y arte, la narración es un alegato sobre la mórbida relación social que hemos naturalizado.

    *Este relato pertenece al libro, recientemente, publicado por Francisco Tete Romero “Impenetrables”. Editorial ConTexto (Chaco-Corrientes), Asociación Cultural Iberoamericana (España) y proyecto Iberletras.

     

     

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