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Apuntes sobre un texto de E. Blaustein que compartió Osvaldo Mazal

    Por NEACONATUS

    Recientemente el escritor Osvaldo Mazal compartió en su perfil de Facebook unas líneas escritas por Eduardo Blaustein (https://www.facebook.com/eduardo.blaustein), quien vivió algunos años de exilio en Barcelona, donde se manifiesta escéptico ante la frase “batalla cultural”. A partir de esta toma de posición advierte que: “Dejé de leer los medios, decía, estas semanas post derrota. No quiero amargarme más. Soy como las viejas: las noticias me hacen mal, solían decir. Y tenían razón, hacen mal. Hace tiempo escribía sobre eso: literalmente ciertos periodismos enferman el alma y el cuerpo, como las redes.”

    El post de Mazal nos entusiasmó, y pensamos, vamos a darle a las teclas. Porque hoy las teclas son el “arriba” por dónde se sale de los laberintos. No hay otra escapatoria … por ahora.

    Algunos libros deciden quedarse a vivir junto a nosotros de por vida, se aquerencian y jamás nos abandonan, aunque a veces no tengamos ni una porción de idea para compartir o una botella de ilusiones para escanciar. Uno de ellos, en el caso de nuestro coequiper Carlos Piegari, es La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) (Acantilado, Barcelona, 2016). La obra reconoce los orígenes de esta forma de prensa especializada en el feuilleton (suplemento) francés del siglo XIX.

    Dos corresponsales germanos que escribían desde París entre 1820 y 1830, Heinrich Heine (el gran poeta romántico) y Ludwig Börne, fueron los que introdujeron el formato, primero, en periódicos de Berlín y de inmediato con una veloz emulación comercial en Fráncfort, Múnich, Praga y, sobre todo, Viena. Será esta última ciudad austríaca la que obtenga el rango de capital del folletín.

    Muchas personas en el mundo, entre las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado, construyeron imaginarios intelectuales en este período significativo, que hoy casi vuelve a asomarse, a partir de esta prensa vital y creativa. Fueron tiempos en que este tipo de publicaciones subjetivas, cosmopolitas y críticas, construyeron parte de sus personalidades y creencias. Tanto fuera adhiriendo como rechazando las opiniones de los autores. Nombres que, precisamente por aquellos años convulsos, marcaron a fuego las páginas de los periódicos con sus crónicas literarias. Stefan Zweig, Joseph Roth, Thomas Mann, Walter Benjamin, Siegfried Kracauer, Robert Musil, Ernst Bloch. De acuerdo, un club casi exclusivo de señores con muy mal genio, en el que se filtraba alguna que otra mujer, Else Feldmann por ejemplo y, nada menos que Rosa Luxemburgo.

    Los límites entre escritores que hacían periodismo y periodistas con excelentes dotes literarias eran muy difusos. Si bien este libro focaliza un trabajo de escribas especializados en temas culturales, las resonancias sociales y políticas son obligadas. Asimismo, cabe destacar que el estudio universitario del periodismo despunta hacia los años ´30. Hasta ese momento la tropa de las redacciones estaba formada por, casi siempre, personas con habilidades literarias que se ganaban la vida a través del periodismo. Luego la actividad se profesionalizó y la academia, desde los estudios reglados de comunicación social, tomó la delantera.

    Sin embargo, las dos caras de la moneda que fluctuó entre la información objetiva y la infame propaganda, siempre coexistieron. El señor Goebbels, era un reptil hábil, aunque muy eficaz en su trabajo. Casi digno de admiración, mal que nos pese muy buen comunicador social, un maestro. Ingenuos, creímos que sus enseñanzas canallas habían sido anatemizadas y borradas del metabolismo periodístico. Tal es así que hoy egresan catraladas de excelentes jóvenes profesionales de la comunicación para trabajar en los medios. Con óptima formación y renovado vigor articulista, orientados hacia la investigación y el análisis. Mal que nos pese la “goebbelización” renació de las cenizas con innovadas y pérfidas propuestas, las prácticas mediáticas del asco superan hoy todo lo peor de antaño. Es obvio, por aquellos tiempos se agredía desde el papel, las radios y los documentales, hoy contamos con unas tecnologías supinas, universales, al alcance de cualquiera, efectivas, modernizadas y actualizadas cada día.

    Y lo peor, el factor humano. Ya mencionamos la excelencia pedagógica de los jóvenes graduados, no obstante si ayer el payaso criminal atacaba cada tanto, en nuestros días convivimos desde las pantallas con hordas de asesinos seriales que transforman nuestros hogares en campos de concentración y adoctrinamiento. No podemos eludir que cada pueblo tiene el periodismo que se merece. Como los políticos que se merecen o los escritores que se merecen. ¿Por qué? Porque ninguna de esta gente existe separada de la sociedad que los cría. Los que se autodenominan periodistas estrellas (de la tele y los streaming) no son periodistas. Son operadores de los poderes de turno que le pagan millones para que difundan “carne podrida” (histórica frase que circulaba por las redacciones).

    Allá lejos quedó el chequeo de fuentes (si no nos equivocamos había que pasar la noticia por dos o tres controles de verosimilitud), muy atrás quedó el relevo de pruebas y la confiabilidad de los que dan las novedades. En la cabeza de la población queda el escándalo, lo obsceno, lo soez. Cala lo grosero, no importa si es falso mientras se acomode a su pensamiento. Pensamiento que ha sido inoculado por un tiempo indefinido, largo. En muchas culturas “occidentales y cristianas”, los niños, lo primero que aprenden de un idioma son las malas palabras.

    Se suele contar que alguien le dijo a Freud que en la tierra primero tenemos que sufrir para luego conseguir el cielo. Freud respondió que la primera parte podía considerarse, no así la segunda sección. Fue este mismo médico el que advirtió que los avances tecnológicos no colaborarían para unir más a las personas. Es cierto, en una mesita cualquiera de un bar de la ciudad, alrededor de la cual se han sentado cuatro, cinco, seis jóvenes: todos estarán con sus celulares, sin mirar las caras del grupo.

    Quizás el descontento con la política como herramienta de cambio, surgió desde los propios políticos que siempre se han mirado el ombligo. Al desprecio por las palabrotas que dicen los periodistas vedettes, lo promovieron los propios “ensobrados” panqueques. A la (probable) desconfianza en los libros y el achicamiento en el número de lectores, algo de culpa tengan los escritores (y la industria editorial) encapsulada en una campana de cristal, teniendo todo el diccionario a su disposición (y podríamos decir, el oficio) usan la palabra de manera bastarda, comercializan el lenguaje, y lo venden al mejor postor.

    En el posteo de Mazal, que reproduce las palabras de Eduardo Blaustein, este reconoce:” … encuentro buen periodismo en Cenital, El Destape, elDiarioAR, Futurock, parte de Radio con Vos y otros espacios, y buenos periodistas …”. También apunta que se juega “… con un sistema cultural, que se funde con la política misma y con la democracia absolutamente degradada que tenemos…”

    Desde NEACONATUS saludamos que referentes culturales como Osvaldo Mazal utilicen las redes para difundir “pensamiento crítico”, permitan sumar opiniones y abrir diálogos, que buena falta nos hace. Por lo tanto, nos interesaría subrayar un constituyente del actual periodismo sistémico, el desborde histriónico, bufo, la sobreactuación que los italianos llamarían “macchietta” refiriéndose al tenor ridículo e impostado de estos personajes. Supimos tener muy buenos “macchiettas” como la afamada dupla Neustadt-Grondona. Pero los que actúan como “periodistas” hoy, son insuperables. Los de ayer apelaban al recurso pueril de engolar las voces, barnizar todo discurso con pátinas de seriedad y no permitir ninguna contradicción. Podríamos decir que la puesta en escena era “dar cátedra” y el embuste hasta parecía guionado. Los “informadores” que nos machacan hoy, son genios de la improvisación disparatada. Sus peroratas oscilan de la expresividad incontinente al balbuceo soberanamente despistado. Ante cámaras y micrófonos son capaces de asumir el más egregio papelón sin que se les mueva un pelo.

    Como cierre, arriesgaremos dos probabilidades. Ellos, los “opinólogos”, han estudiado al dedillo la dramaturgia escénica del payaso de McDonald’s (Ronald McDonald) y a Pennywise, el siniestro fantoche bailarín de Stephen King (It). Otra. Nosotros somos “Los otros” de la película de Alejandro Amenábar, espíritus espectrales que rondamos esta casa vapuleada, la Argentina.

     

     

     

     

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