
Por Walter Tresols.Misiones, escritor.
Carlos me invita a enviar texto a Neaconatus. Le contesto que estoy escribiendo bastante, pero como supongo siempre, son textos que no creo que le interesen a nadie. De todas formas, agradezco la convocatoria (que es permanente, aunque yo no le corresponda) a participar de un espacio que valoro, respeto y leo. Me comprometo a hacer el intento.
Frontera y entusiasmo
Esta mañana mientras preparaba el mate, dos palabras me habitaron con la misma presencia del monte en los ojos o el amargo de los primeros sorbos en la boca. Me las repetí en silencio varias veces mientras completaba los pequeños rituales de inicio del día.
Pienso ahora que con la repetición lo que quería era convocar más palabras, aquellas que seguramente estaban en el sueño del que me llegaron esas dos.
Frontera enseguida encuentra otras palabras que la acompañan, entusiasmo parece ser menos gregaria.
Entusiasmo
No debería estar tan sola esa palabra, pienso. Ahora mismo estoy de lo más entusiasmado con una especie de pseudo novelita en la que los textos tienen un formato cercano al poema. El personaje central es un mago y a su alrededor se genera un mundito propio de la actividad del personaje. Aparecen y desaparecen ilusionistas, ventrílocuos, equilibristas. Hasta que de pronto como salido de otro texto se infiltra algo del mundo (para mí) real. El monte, el yasí, el pombero, el carau, una niña muerta, una abuela, los huesos de un padre.
Pienso que debería poder escribir algo para mandarle a Carlos que me genere el mismo entusiasmo que el texto del mago.
De pronto siento que entusiasmo ya no está sola, aparece asombro para acompañarla.
Asombro
Releyendo para ver si encuentro ya escrito, eso que podría mandarle a Carlos, me doy cuenta de que hay algo que atraviesa los textos del mago: el asombro. De eso estoy escribiendo cuando escribo sobre el mago.
Podría ser por ahí entonces, intentar escribir de manera más consciente sobre el asombro.
Tal vez la pregunta es: ¿de qué me asombro?
No, la pregunta debería ser: ¿de qué nos asombramos?
El pasado del asombro
Recordé también que, en el año 2018, en un estado de cosas similar y que, tanto en ese momento como ahora se me ocurre nombrar como desasosiego (todos somos Bernardo Soares), comencé a escribir un blog.
La idea en ese momento fue, a partir del viejo y entrañable formato de diario íntimo, escribir algo así como un diario público. No creo que nadie se sorprenda si digo que terminó siendo más íntimo que público. Ya en esa época los blogs estaban en extinción, sin contar además que yo suelo escribir sobre cosas como las que le advertí a Carlos.
Fui a buscarlo e increíblemente encontré que existe. Si a alguien le diera curiosidad o morbo, o quiere jugar a eso de ‘cualquier parecido con la realidad…’, está aquí: https://diariocumpa.blogspot.com/
La frontera
Releerlo me sirvió para ver de qué cosas me asombraba en ese momento y pensar de qué me asombro ahora.
Tal vez como desde la época de la conquista del desierto(?), todo consiste en correr los límites de las fronteras, en este tiempo: la frontera del asombro.
Muñeco roto
Esta mañana despertamos y el muñeco está roto.
Son suyos los restos que se pudren sobre el escenario.
El ventrílocuo lo sabe.
El público lo sabe.
Lo sabe el muñeco.
¿Qué hacer con un muñeco roto?
Consulten al comité supremo de la magia
dice el mago.
Busquen en las enciclopedias del arte de la ilusión
propone el ilusionista.
Pregunten a la abuela de la tercera fila.
Nadie en escena pronuncia estas palabras
todos sabemos
es la voz del ventrílocuo
hablando desde el off al que lo condena la destrucción del muñeco.
¿Y si la abuela está muerta?
Un silencio quebrado recorre la sala.
El público tolera el silencio sólo si es breve
y entero.
Cuando se vuelve insoportable alguien grita desde la platea.
Que el mago la resucite.
Se han retirado los augures.
No se sienten los espíritus, sólo un coro de esporas
atraviesa el dolor.
El olvido cruza a través de un país que no perdona
que el truco haya sido revelado.
El muñeco yace desparramado sobre el escenario
nada ni nadie sabe qué hacer con los pedazos.
La magia no acepta los límites de la razón.
Algo nuevo que aún las voces no pueden pronunciar
recorre el hilo invisible que une al mago y a la abuela
al ilusionista y al conejo, a la niña muerta
al pombero y al carau
al público
y al público.
Sólo el ventrílocuo pierde el hilo y desaparece de la escena.
A veces es necesario partir la realidad en mil pedazos
para que la magia haga aparecer un muñeco roto
allí donde había un muñeco roto.