Ir al contenido
Inicio » El otro cambio

El otro cambio

    Por Alejandro Correa. Buenos Aires. Autor y compositor.

    El cine ya no tiene a Chaplin

    Pero sus luces ahora encandilan

    Toda la gente sigue parada

    Siempre durando

    Como si el ayer los hubiera castigado              

    Si algo ha cambiado, eso es nosotros. El otro cambio, los que se fueron…

    Litto Nebbia 1973

     

    Todos los fenómenos y expresiones de la vida están enmarcados por el paso del tiempo, o dicho de otro modo: todo lo que empieza, termina; todo lo que nace, muere; todo lo que existe se transforma.

    Lo anterior choca de frente con cualquier idea o pretensión de inmortalidad, que es una idea muy simpática para la mitología griega pero muy poco realista a la hora de entender y descifrar, aunque sea en parte, algunos de los hechos que nos suceden.

    Este concepto, el paso del tiempo, corre para todo, desde la existencia de una galaxia hasta en el desarrollo de una ameba. Lo que es diferente es la proporción, las implicancias, los tamaños. Y esto puede llegar a confundir a algún desprevenido, pero tanto la galaxia como la ameba, nacen, se desarrollan y mueren.

    Como no podría ser de otra manera, lo dicho corre también para nosotros, seres humanos viajeros por algún corto tiempo en el devenir del universo. Alguien dijo que una virtud poco apreciada es la de saber cuándo hay que irse. Me parece una excelente reflexión, por eso la tomo, ya que esta virtud no es considerada como tal por un muy importante número de homo sapiens que son absolutamente incapaces de comprender el significado más profundo del concepto “el paso del tiempo” y, fundamentalmente, del alcance de conceptos relacionados, a veces expresados en palabras o frases como ‘ya fue’, ‘fuiste’ o la que recuerda ese magnífico poema de Homero Manzi, “Fuimos”, en el que su autor, en alguno de sus inolvidables párrafos escribe: “Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza, que no puede vislumbrar su tarde mansa”. Y este es el punto: “no poder vislumbrar su tarde mansa”. No poder darse cuenta cuando a cada uno de nosotros nos está llegando, o si es que ya nos ha llegado, “nuestra tarde mansa”. Y aceptarlo. Porque igual va a suceder. Es inevitable. Lo más sano es aceptarlo lo antes posible.

    Esta incapacidad cuasi congénita de poder “vislumbrar nuestra tarde mansa” nos lleva a lugares de los no se vuelven. Como el ridículo, por ejemplo. Y como en la dialéctica de la galaxia y la ameba, citado anteriormente, esto abarca a todos los homo sapiens existentes, sean reyes o vagabundos, liberales o comunistas, cultos o analfabetos, agnósticos o creyentes. Entonces convoco lo que decía aquella recordada canción de Brassens: “…el tiempo no tiene nada que ver / cuando se es boludo, se es boludo…”, que no será una de las creaciones más elegantes de Georges pero, seguramente, una de las más certeras. Al menos en lo que se refiere a la descripción y análisis de nuestra especie, autodenominada grotescamente como “homo sapiens”.

    Siempre he pensado en que “homo ridiculus” hubiera sido una categoría mucho más descriptiva y apropiada para el citado bípedo, pero resulta que algunos de los miembros más prominentes de la citada especie son los que ponen los nombres para todas las cosas desde tiempos remotos, y no han aparecido otros seres que pudieran hacer estas cosas, al menos que nosotros sepamos. Como, a saber, poner nombres a las cosas …. Y tal vez por eso así estamos.

    Pero aparecen los resultados: gente que habla con perros muertos; cómicos de televisión devenidos en jefes de estado metidos en guerras perdidas; viejas glorias musicales intentando resucitar de entre los muertos; gente incoherente explicando lo que no necesita explicación, tal vez sólo un buen geriátrico o una silla de ruedas más cómoda o alguna ayuda humanitaria en serio, en fin, nada más y nada menos que lo que vemos todos los días, en cualquier horario, en cualquier lugar del mundo.

    Sin embargo, tanteo una esperanza: nada de lo que vemos es nuevo, son solo los “homo ridiculus” profesionales, adaptando su eterno espectáculo de siempre, en el ir y venir del tiempo, con el mismo aburrimiento y la misma rutina de siempre. Pues como ya dijo alguien, “si algo ha cambiado, eso es nosotros. El otro cambio, los que se fueron”.

     

    N. del E. Alejandro Correa incursiona en la narración reflexiva e irónica luego de una extensa carrera como autor y compositor de culto. Para nuestros lectores cabe mencionar que él fue, en tanto proyecto colectivo, uno de los fundadores del grupo Sui Generis y la primera persona que trabajó creativamente junto con Charly García en plena adolescencia.

     

     

     

     

     

     

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *