
Por Neaconatus
Hoy toca esto: “en menos de 15 minutos, la Cámara de Senadores debatió y votó la reforma laboral que quita decenas de derechos de los trabajadores y borra décadas de luchas obreras.” No da tregua la realidad, cada día nos aparta del camino literario y cultural, para despeñarnos hacia la charca pantanosa del suceso infame.
Recurrimos, al menos, a un relato, narramos una historia, escribimos un exorcismo. En China han inventado un pequeño robot, tan humano (si es que puede decirse así) que come y bebe, hace pis y caca, y duerme (bah, carga la batería). Lo diseñaron como un niño de dos años. O sea, nació de golpe con veinticuatro meses de vida. Y aprende porque tiene sensores mediante los cuales va acumulando aplicaciones. Posee una ventaja sobre las criaturas realmente humanas: en una semana controla esfínteres, en diez días camina, en un mes habla, en otro tiempo igual puede expresarse en inglés, francés, alemán, argentino.
Su maduración no se mide en años, como los infantes, sino en días, y en algunos temas, en horas. Calculan que para julio de este año Han Gah, que así lo bautizaron, será un perfecto niño adulto, y para el 2027, sin haber crecido un centímetro, será un profesional hecho y derecho; ¿cuál? La que quieran sus padres: la empresa Chu Lin, de Shangai. Pero la elección de una rama científica o artística es un detalle menor: el robotito podrá ser ingeniero, bioquímico, técnico electricista o experto en astronomía, buscador de tesoros o agente de bolsa, animador de televisión o presidente de una república.
Nosotros, aquí un grupo de amigos argentinos, le mandamos un correo electrónico a la empresa que hizo el muñeco, una especie de carta documento, exigiendo que pague el copyright al país, porque aquí ya actúa un títere dirigiendo millones de robots. Aunque el pequeño androide chino posee una ventaja foránea, es capaz de abandonar los pañales muy tempranamente, carece de la picardía, digamos la fullería del autóctono.
Creemos, la verdad, que nos copiaron. Ellos alegan que la polichinela informática asiática es distinta, no hace papelones, es coherente en sus decisiones, su educación, mansedumbre y sosiego es un ejemplo para las generaciones de autómatas inteligentes. Nos contestaron eso, los muy caraduras. Y nosotros devolvimos el golpe sin eufemismos tecnológicos, “eliminamos multas por trabajo en negro, blanqueamos delitos previos, aumentamos el período de prueba, cambiamos el sistema de indemnizaciones, avalamos la tercerización y legalizamos la precarización laboral”
Hoy pensamos que las similitudes entre nosotros y ese robot chino son palmarias, ya somos sólo, en vez de aturdidos seres humanos de carne y hueso, una terminal de circuitos integrados. O quizás nos estamos convirtiendo en algo más atroz: un /una híbrido con porcentajes de circuitos integrados, gusanos de seda y persona.
Leemos a la escritora Karen Russell quien nos cuenta la triste historia de las devanadoras de seda que se transforman a sí mismas en un capullo, ovillando hilos sobre sus cuerpos, “en torno a su barbilla, sus pómulos, caderas”. Lo último que verán, antes de que sus ojos también se cubran, será el reflejo de los rostros de los legisladores/as que aprobaron la Reforma Laboral. Legisladores no solo del partido gobernante, sino chupamedias de partidos provinciales que traicionaron el mandato de las urnas y las promesas de proponer y votar leyes justas. Con estos textos se espantan subvenciones, publicidad del medio, y prebendas. Sabemos lo que NEACONATUS se juega, el ostracismo y la invisibilidad. Tenemos muchos amigos y amigas trabajando dentro del sistema, pensamos en ellos, en sus hijos/as y nietos/tas. Pero al menos dormimos en calma con nuestras conciencias y moriremos con las botas puestas. Y, quizás, muchos lectores/as se sientan interpretados en nuestros artículos. No sabemos, vaya a saber, puede que si, puede que no…
A la humanidad le costó darse cuenta que sus acciones habían roto para siempre el estancamiento del tiempo. El tiempo no era, no había prisas. Se hacía, sí, pero no con la urgencia del que llega tarde.
Fue la Revolución Industrial, la vertiginosa acumulación de innovaciones y su efecto en la vida cotidiana la que despertó el cambio de percepción.
El tiempo no era un lago, sino una cascada, avanzaba y cada porción nos traía un grupo de nuevas innovaciones en un proceso acelerado.
Una vez instaurada la nueva concepción del tiempo; como portador del futuro, los humanos comenzaron a reflexionar sobre el cambiante mañana, sobre la innovación y sus consecuencias. Fue una mujer, Mary Shelley la que primero lo dejó por escrito. El hombre construirá a un nuevo Prometeo… o un robot chiquito Han Gah y le tendrá preparado un porvenir de trabajo y esfuerzo para liberal del vil trabajo a sus creadores.
Mary pensó sobre ello y decidió que eso no estaba bien. Así, el nuevo Prometeo, ese monstruo de Frankenstein se reveló contra su creador. Han Gah no será ingeniero, bioquímico, técnico electricista o experto en astronomía, buscador de tesoros o agente de bolsa, animador de televisión o presidente de una república. No, no lo será. Como otros hermanitos suyos, no corpóreos, previos se convertirá en un profesional del odio, un neonazi cibernético que vendremos en llamar Skynet. Y sí, si le dejamos, destruirá la Tierra tal y como la tenemos los humanos (bastante sucia, todo hay que decirlo).