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El gelatinoso chancho de Palermo

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico, Misiones. Escritor

    Un chancho cayó en un desfiladero de Palermo, en Sicilia, Italia, y quedó atrapado allá abajo en la estrechez rocosa del fondo por donde salían al mar los desperdicios y la comida sobrante de una feria. Podía comer y defecar, lo que no podía era moverse, salir del atolladero. El tiempo fue pasando y el animal, en los meses que siguieron, llegó a adquirir una forma cúbica. Las patas se atrofiaron, igual que el hocico, las orejas y la cola. Sin actividad, engordó porque solo tragaba alimentos por un orificio de arriba, que sería la boca, y eliminaba la materia fecal por otro orificio de abajo. Las salientes, quedaron incluidas dentro de su cuerpo que cada día se transformaba más y más en pura grasa pálida, algo lechosa, semitransparente, que terminó siendo como una gelatina.

    Este cuento de Werner Herzog está en El futuro de la verdad, su último libro. Se publicó en español, en Chile, en noviembre de 2025. La historia del cerdo es empleada por el autor como analogía para referirse a uno de los métodos para implantar la verdad. El poder usa los sistemas de propaganda para bombardear a la población con determinados temas hasta que, vaciados los cerebros, instalan un programa, un producto, una idea, una compulsión, un concepto, como si fueran ciertos, genuinos; un régimen de verdad, opinaría Foucault. Podemos mencionar de ejemplo, la cantidad de centímetros (ya metros) en los diarios, o de minutos (ya horas) en las radios y la televisión acerca del supuesto latrocinio de una fuerza política argentina y de su lideresa, sin que haya una sola prueba. O el caso Nisman, pero hay otros. Irak fue atacada porque estaba desarrollando armas de destrucción masiva, según la publicidad ad nauseam norteamericana. Nunca se encontraron esas armas, todo era falso. 

    El 30 de octubre de 1938, un domingo, en víspera de Halloween, Orson Welles emitió a través de la radio CBS (que tenía repetidoras por todo EE. UU) una adaptación de La guerra de los mundos, de George Wells; una invasión de alienígenas. La hizo tan intensa y vívidamente, transmitiendo el caos, explosiones, luces inexplicables, gritos y sirenas, que los oyentes entraron en pánico. Las rutas se llenaron de desesperados, los almacenes fueron desabastecidos, las centrales telefónicas saturadas. El terror fue contagioso. A pesar de que el mismo Welles aclaró por micrófono que todo era ficción, la gente asustada solo escuchaba lo que reforzaba su creencia: los extraterrestres estaban invadiendo la Tierra.

    En Argentina hubo y hay un plan de saturación de la ciudadanía, a través de los Medios, por parte de las fuerzas conservadoras, que consiste en negar el genocidio del golpe cívico-militar 1976-1983. Miente, miente diría Joseph Goebbels que algo quedará.

    Werner Herzog desafía las estructuras convencionales de la narración, y como buen escritor no distingue la ficción de la realidad. Además ¿qué es la realidad? Mezcla a Pipino el Breve con Mike Tyson; nos cuenta, por ejemplo, la anécdota que tuvo como actor vestido de cura, en un aeropuerto. Fue durante el rodaje de Mr. Lonely. Él había notado que había un hombre todos los días, en el límite alambrado, por fuera del set, que tenía un ramo de flores. Ya estaban cerrando los equipos y se retiraban. Herzog se acercó al señor y comenzaron a hablar. El hombre esperaba cada jornada a su esposa, que se había ido dos años atrás. Creía que en cualquier vuelo podía regresar. Al verlo como sacerdote le pidió que lo confesara. Herzog le explicó que estaba disfrazado. No importa, replicó el desconocido. El escritor y cineasta le solicitó permiso para filmar la confesión. No hubo problemas. Volvieron a sacar las cámaras y sin saber en qué iba a resultar la experiencia documentaron ese momento. “¿Has sido infiel?” preguntó Herzog. “No, no” contestó el señor. “Tus ojos me dicen que has sido infiel más de una vez”, aventuró el falso religioso. “Sí, es cierto”, reconoció el otro, “soy culpable y pido perdón”. Entonces el fingido cura le dijo “Si estás verdaderamente arrepentido, estás perdonado. Hazle saber a tu esposa y ella volverá”. Y dijo unas palabras en un latín inventado. El hombre se sintió feliz, liberado. No quiso que le pagaran por la escena. “Se fue radiante. Era más feliz que todos nosotros”. ¿Cómo una mentira -ahí todos sabían que Werner no era un párroco, incluso el hombre que esperaba con un ramo de flores- puede servir como mecanismo de expiación?

    En otra parte cuenta sobre La donación de Constantino (que fue falsa y sirvió para la formación de los Estados Pontificios); Las aldeas de Potemkin (en tiempos de Catalina de Rusia, cuando la zarina navegó hacia Crimea por el Dnieper, y a la vera del río se levantaban casas ficticias, puro cartón pintado, como los pueblos en las películas de cow boys de Hollywood, incluso con felices granjeros y niños, todos actores); el cuento de la terrible batalla de Kadesh, de Ramsés II (quizás la primera fake news de la historia, 1274 a. C. Ese enfrentamiento no lo ganó en forma aplastante el faraón contra los hititas. Ni hubo carros de guerra inmensos que atropellaron a los guerreros invasores, como los papiros egipcios dicen, ni Ramsés se paseó con un león amaestrado decapitando soldados enemigos. Se descubrieron descripciones bien detalladas en piedra, que el choque fue mínimo y a lo sumo hubo un empate, y hasta firmaron un pacto. Nada trascendente).

    Pero ¿dónde está la verdad? Se pregunta el autor. Nadie lo sabe. No podemos decir que la verdad está en los hechos, porque los hechos no explican todo. Ni en los datos, la pesquisa, los sondeos, porque los relevamientos siempre tienen el sesgo humano, que selecciona un testimonio o descarta una filiación o acentúa una circunstancia. Ni en la ciencia que posee una fiabilidad acotada a su época, sus certezas duran hasta la próxima revolución científica (Thomas Kuhn). “Hay consenso entre los científicos en que nuestro cerebro solo crea un modelo de realidad, o sea que no reproduce la realidad misma” escribe Herzog.

    El arco narrativo del escritor pasa por divagaciones, incluso por contradicciones (que no le interesa aclarar o justificar) y citas adulteradas o apócrifas. Dicho sin vueltas parece, a veces, que se burla del lector. Pero es un libro maravilloso que nos habla de internet, la postverdad, el mundo y el hartazgo de información, la hiperconexión, los mensajes cada vez más resumidos, los diálogos que se acortaron, la pobreza del léxico, el alejamiento de la lectura “Hoy no lee casi nadie”, la inteligencia artificial, la prácticamente inexistencia de límites reconocibles para el deepfake. O cómo se levantó El Chaltén, en la Patagonia, y de paso menciona, también, su amor por Argentina…

    Al cerrar el libro nos queda entre muchas imágenes que nos brinda, la del puerco que solo comía y comía, sin que nada pasara por su cerebro, era solo un aparato digestivo lleno de basura. Esa basura trasplantada a las neuronas es útil al Poder cuando la gente va a votar.

    Entonces volvemos al volumen y lo abrimos al principio donde hay un epígrafe que él dice que es de una leyenda persa, pero no tenemos por qué creerle; no importa: es hermosa.

    “Dios tenía un gran espejo, y al mirarse, veía la verdad. Un día el espejo se cayó y estalló en mil pedazos. Los humanos se abalanzaron para conseguir un fragmento. Cada cual miró el suyo, se vio a sí mismo y creyó que había encontrado la verdad”.

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