
Por Carlos Piegari. Bs. As./Posadas/Barcelona/Posadas. ¿Escriba nómade?
Auschwitz, 1940.
Muletas, anteojos, sillas de rueda, piernas ortopédicas, muñecas de porcelana, relojes, medallitas, samovares, tazas de loza, peines, cepillos para el pelo, enaguas, levitas, roscas polacas, botellas de coñac, cucharones, peinetas, pijamas, cochecitos de bebé, frasquitos con quinina, pulseras, estetoscopios, libros Sidur de rezos, fajas para hernias, enaguas de satén, bufandas, gorros para la nieve, sombreros de ala ancha, sobretodos, pilotos, paraguas, libros de Spinoza y Kafka, anillos de compromiso, cucharitas para el té, bastones, manteles bordados, platos de níquel para el matzá, calendarios de Shanghái, cornetas para sordos, mandolinas, lápices, cajas con pomos de óleo, pinceles, zapatos, botas, kilos de mechones de pelo, un gramófono, bolsas de yute, juegos de ajedrez, escarpines, juguetes de madera, arcones, maletas de cartón, cinturones, candelabros, estuches de madera para lapiceras, tapices, una alfombra, cámaras de fotos, libros de anatomía, pipas, monóculos, zapatillas de bailarina, compases de arquitecto, violines, jarras de peltre, relicarios con fotografías, calcetines de lana, cuadernos del colegio, capotes de franela, collares con dijes, medallas de guerra, servilletas de tela, acordeones, rollos de pianola, bandanas para la cabeza, liras italianas, jarrones de cerámica, camisas de hilo, cuadros pequeños de Friedrich, varias Biblias, masbahas, licores de ciruela, pelotas de cuero, periódicos de Viena, planos de ingenieros, metrónomos, castañuelas…
—¿Había un depósito para todo esto?
—Sí, se llamaban los barracones Canadá o Kanada.
—¿Por qué?
—Canadá era una tierra lejana, rica, una fantasía evasiva, plena de abundancia como esos almacenes.
—Y ¿para qué guardaban todo eso allí? ¿Lo revendían?
—En esos galpones almacenaban los bienes robados de los prisioneros que transportaban a Auschwitz. Había de todo, judíos, gitanos, gays, polacos, lo que se les antojaba. Al toque, apenas llegar, iban directo a las cámaras de gas o a trabajos forzados hasta morir.
*
Argentina, 1976.
Tres pares de anteojos para leer de cerca, un libro de Mario Benedetti, uno de Walt Whitman y otro de Roberto Arlt, un camioncito de juguete a pilas, dos muñecas de trapo y una bicicleta, tres guitarras, long plays de Mercedes Sosa, Let it be de los Beatles y ninguno de Palito Ortega, muchos televisores, varias radios de onda corta, que se yo cuantos tocadiscos Wincofón, una lampara de pie, la heladera Siam, un cajón de sifones, una caja de sidra, un juego de ajedrez con el tablero de madera, la estatuita del Gauchito Gil, el pisapapeles de la Torre Eiffel, la hamaca paraguaya, la lapicera Parker, los cuadros de Alonso, Van Gogh y Kokocinski, los álbumes de fotos, el triciclo, la máquina para hacer fideos Pastalinda, llantas de autos, una bolsita con marihuana, los audífonos de la abuela, una botella de Caña Legui, el traje de casamiento y el vestido de novia, la colección completa de Mafalda, el crucifijo de oro, el candelabro judío de plata y el tapiz con los poemas de Jalil Yibrán, las pizzeras de aluminio, la pelota Nº 5, los blísteres de rohypnol, el termotanque de agua caliente, el gato para cambiar ruedas, el grabador Geloso, la lupa del abuelo, el gamulán, la silla de ruedas, los bastones, las revistas de historietas, el amplificador Audinac y la batería CAF, las camisas Perfecta Lew, los trompos, las pelucas Kanekalon, las dentaduras postizas, el toco de figuritas difíciles, los poemarios escritos en francés con flores secas entre sus páginas, los relojes, una azada y tres palas, un secador de pelo, la caña de pescar, la batidora multiuso Yelmo, la valija con las revistas Playboy y las de fotonovelas, bebés recién nacidos, pañoletas…
—¿Y este otro listado?
—Son algunas de las cosas que las patotas se llevaban de las casas cuando chupaban gente que luego desaparecía.
—¿Adónde iban a parar?
—¿Las personas o las cosas?
—Las cosas…
—Puede que fueran regalos para sus familias, o las vendían, no sé, a lo mejor eran trofeos de guerra, berretines, codicia de chorros y nada más.
—¿Y si estaban rotas?
—Algunos presos las arreglaban en un tallercito.
—Le pregunto lo mismo, ¿tenían un depósito especial?
—Parece que no, las amontonaban en sus lugares de trabajo, a lo mejor en un garaje al lado de la sala donde te freían con la picana, violaban o te molían a patadas.
—Pero nadie llegó nunca a Canadá ¿verdad?
—Y no, porque antes te quemaban en un horno o te tiraban al mar desde un avión.
Compro todo lo que está en la lista. Incluso el bebé.
Tan espeluznante como cruel, cobarde y criminal… Muy buena comparación. MEMORIA.VERDAD.JUSTICIA